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Premios Puertos de Las Palmas Reconocimiento a la vida profesional en el entorno portuario

El hombre de los 'containers'

Manolo González comenzó a trabajar en la década de 1950 y vivió en primera persona la descarga de los primeros contenedores del Puerto

El hombre de los 'containers'

El hombre de los 'containers'

Manolo González nació en la calle Taliarte de La Isleta, el barrio más porteño que uno se puede imaginar, pero nada en su infancia hacía prever que dedicaría toda su vida profesional al Puerto. Había pasado la infancia en el grupo del Carmen, aquellos bloques cercanos a El Confital que aún se mantienen en pie como símbolos del pasado de la zona, pero cuando a los 14 años decidió dejar los estudios todo cambió. "Ahora también pasa, le dices a tu padre que no quieres estudiar y te pone a trabajar", recuerda ahora, más de 50 años después.

Por aquel entonces su padre le ofreció las dos opciones que un amigo que trabajaba en la Junta del Puerto le había comentado. Podía irse inmediatamente a trabajar en las casetas del Muelle Santa Catalina o esperar medio año y comenzar como botones en la oficina que el Banco Central estaba a punto de abrir en la calle Princesa Guayarmina con Juan Rejón, aunque él lo tenía claro: "Yo no quería esperar seis meses y me fui a Santa Catalina". El futuro ya estaba escrito.

Aquel Puerto se parecía muy poco al de 2018. A falta de ordenadores, telecomunicaciones y sistemas digitales, la mayoría de los trámites se realizaban a mano y no siempre era sencillo completarlos. González lo recuerda bien, porque su primer trabajo fue en la caseta de Francisco Aragón del Muelle Santa Catalina despachando los barcos de Antonio Armas -navíos como el Rápido, el Astelena o el Diana, cuyos nombres aún se sabe al dedillo- y para hacerlo tenía que surcar las aguas que separan Santa Catalina del Muelle de La Luz, donde atracaban: "Yo cogía un bote que lo llevaba el nieto de los Zacarías e iba a recoger los papeles, porque era más cerca que dar toda la vuelta por la calle".

Oferta de Antonio Armas

González era bueno haciendo su trabajo; tanto, que cuando llevaba dos años recibió un ofrecimiento que no podía rechazar: "Manolo, ¿te quieres venir conmigo a trabajar?" Quien se lo propuso no era otro que el naviero Antonio Armas Curbelo, "una buena persona, una persona con carácter", como lo describe quien fue su empleado durante 12 años. Aquellos eran tiempos en los que barcos de Armas como los legendarios Diana o Astelena traían a Gran Canaria cal desde Fuerteventura o sandías y sal desde Lanzarote.

Tras más de una década trabajando con Antonio Armas, González tuvo un déjà vu cuando los responsables de la Contenemar le hicieron la misma propuesta que el lanzaroteño le había hecho unos años antes: ir a trabajar con la naviera. "Yo tenía toda la relación con ellos, era el que les despachaba los barcos y por aquel entonces el consignatario era el representante del armador", rememora.

No le resulta difícil recordar aquellos primeros tiempos de la naviera en Gran Canaria: "El primer barco que trajo aquí fue el Tatiana del Mar, que traía piedras". Contenemar, de todos modos, había llegado para cambiar el modo de hacer las cosas y González vivió en primera persona un momento histórico para el acontecer del Puerto de La Luz, la llegada de los dos primeros contenedores que recibió el recinto y que anticiparon un negocio que hoy resulta fundamental en los tráficos portuarios. "Eran dos contenedores isotérmicos -entonces los llamábamos containers, la palabra contenedores no existía- para llevarse pescado para la Península y hacer una prueba", asegura.

Por aquel entonces, a finales de la década de 1960 y comienzos de la siguiente, los contenedores ya estaban en Gran Canaria, pero Gran Canaria aún no estaba lista para los contenedores. El Puerto carecía de instalaciones para aquellos grandes armatostes a los que la gente en la calle llamaba simplemente cajones y había que ingeniárselas para estibarlos cogiendo "dos grúas que tenía la Junta del Puerto". La naviera estaba instalada en el Sanapú, aunque las descargas había que realizarlas en el Muelle Grande, donde se encontraban ingenios como la Titán, que en pleno 2018 permanece en las inmediaciones de Santa Catalina como icono del progreso portuario.

Al tiempo de estar en Contenemar, González recibió el ofrecimiento de pasarse a la empresa Grupamar, que formaba parte del mismo grupo empresarial, pero él no las tenía todas consigo. "Realmente desde los 15 años he trabajado en lo mío, en el muelle, y yo no soy una persona que quiera estar en el despacho", reconoce. Le propusieron trasladarse a las oficinas de la empresa en El Sebadal, aunque él prefería quedarse cerca del cantil.

En la carrera profesional de González también hubo momentos complicados, como las huelgas de portuarios de la década de 1980 o aquella ocasión en la que le enviaron al paro. Aun así, el tiempo ha dejado en su memoria un recuerdo suavizado de estas circunstancias: "En el paro cobré un buen dinero, hoy en día no se pagan estas cantidades", reconoce.

Durante décadas había trabajado como asalariado, pero tras comenzar en la transitaria Medatlantic Management su socio le ofreció hacerse cargo de la empresa. González, que llevaba toda la vida demostrando un tesón inagotable, decidió convertirse en empresario y aún continúa al frente de la empresa.

González vivió durante décadas entregado a su trabajo -"En todos los sitios tenía un horario flexible, yo no era una persona que quisiera estar siempre sujeta a un horario"- pero al gestionar su propia compañía decidió llevarse con él a los suyos, tanto a su mujer como a sus hijos y de hecho, varios de ellos aún continúan trabajando con él.

De su esposa, que también se esforzó por levantar la transitaria, reconoce que años antes había tenido que "aguantar mucho", en referencia a su dedicación profesional. La próxima semana, cuando recoja el reconocimiento a la vida profesional en el entorno portuario en la entrega de los Premios Puertos de Las Palmas, todos le apoyarán: al fin y al cabo, aunque él no venía de una familia vinculada con La Luz ha logrado crear una saga sin la que ya no se entiende el Puerto.

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