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Patrimonio Nuevo Bien de Interés Cultural

El Atlante, entre tierra y mar

Tony Gallardo quiso plasmar en su escultura de la variante de El Rincón la conjunción entre los volcanes isleños y el Atlántico

"Tiene los brazos, unos brazos apenas insinuados, levantados hacia el cielo, en actitud implorante; como un vigía, como un dios tutelar, como un mascarón de proa, contempla el legendario Atlántico", así describió el crítico de arte Juan Manuel Bonet la escultura de El Atlante, obra culmen del artista grancanaria Tony Gallardo, en el libro del mismo nombre. El coloso, de una piedra volcánica de color intenso, la cual se mimetiza a ciertas horas con el paisaje circundante, ha sido reconocida como Bien de Interés Cultural por parte del Gobierno de Canarias. La estatua y la terraza pétrea que lo circundan pasan a la ya extensa lista de patrimonio con la que cuenta el Archipiélago.

Gallardo (1929 - 1996) era un amante incondicional de Las Canteras, según relata Bonet, no es de extrañar que el autor eligiera este espacio para una de sus obras más destacables. El Atlante se erige sobre un promontorio rocoso al pie de los escarpes del Rincón, en un punto desde el que se puede observar toda la bahía de la playa capitalina. Es más, la escultura mira cara a La Isleta, el paraje volcánico del que proceden las rocas que conforman esta obra de arte.

Desde su inauguración en mayo de 1986, su silueta ha dominado la entrada al noroeste de Las Palmas de Gran Canaria. La pequeña terraza rocosa sobre la que se asienta, al pie de la autovía GC- 2 supone un destacable punto de encuentro de decenas de lugareños cada día. No obstante, el espacio cuenta con una cafetería y con un mirador abierto al Atlántico con unas vistas inmejorables de la bahía de Las Canteras y de La Isleta.

La obra tiene a sus espaldas algunos hitos en la historia reciente del Archipiélago. Se trata de uno de los primeros encargos escultóricos que realizó el primer Gobierno de Canarias, presidido por Jerónimo Saavedra. La idea era lavar la cara de la entrada norte de la capital grancanaria, de tal manera que se creaba un lugar de esparcimiento en una pequeña terraza natural junto a la nueva variante del Rincón. La estatua pasaba a contrastar con un entorno muy degradado, pues en las inmediaciones se sucedían viejas fábricas y almacenes, además de importantes focos de chabolismo y marginalidad.

Gallardo, quien en los setenta se centró en trabajos en metal, perfeccionó su técnica sobre la piedra durante diez años. El Atlante supone "el culmen de esa década ejemplar", según Bonet. Para su construcción el autor cinceló la piedra basáltica con diversos materiales, con la intención de conseguir un acabado pétreo que pudiera evocar la unión entre la tierra y el mar.

Los atlantes fueron los habitantes mitológicos de la Atlántida. Durante siglos, marineros de medio mundo pensaron que Canarias y otros archipiélagos de la Macaronesia eran pedazos de aquella isla mítica que menciona el filósofo griego Platón en varios de sus textos. Un cataclismo hundiría aquel territorio bajo las profundidades del océano, el mismo que ahora se extiende a los pies de la escultura del artista grancanario.

Los acantilados del Rincón, a la espalda del ser mitológico, son otra referencia de esa unión entre el vulcanismo isleño y el mar. En sus diversos estratos se superponen diversas coladas con varios millones de años. Lugar donde se pueden apreciar desde bancos sedimentarios marinos hasta otros tipos de materiales volcánicos. La erosión de los elementos ha terminado por cincelar este lugar.

Frente al acantilado, los ocho metros y medio de alto de El Atlante se alzan sobre una explanada cubierta de picón negro y delimitada por un muro también de roca volcánica. Para su construcción el escultor necesitó ayuda del ingeniero de caminos Julio Molo Zabaleta, el mismo que proyectó la variante del Rincón. Hasta ese entonces la vía era una carretera congestionada al pie del acantilado, por lo que se cortaba con cierta frecuencia por desprendimientos.

Para elegir el material Gallardo visitó coladas lávicas de La Isleta, principalmente. La idea era escoger los trozos más adecuados para la cabeza, el cabello o, incluso, las nalgas de este ser mitológico. El autor quería plasmar en un " collage de lava" su infancia. "Quise que naciera de la misma roca que pisé de niño y construirlo con el material volcánico de los primeros juegos", apunta en el libro Anotaciones en torno a la piedra, la identidad y el paisaje.

Según el propio Gobierno de Canarias, tras declarar BIC el conjunto escultórico, se trata de una reivindicación de las raíces y la tradición insular, que también se apoyaba en la nueva cultura de la España de las autonomías. No obstante, Gallardo intentó captar la esencia del canario.

Pero Gallardo no solo proyectó una escultura pétrea en este enclave. Había que adecentar todo un espacio degradado en la misma entrada de la capital. Para ello utilizó diversos materiales. Fragmentos de lava, cimentados con mezcla de cal y ceniza; piedra seca; basalto negro; cantos rodados deformados por la erosión; morteros de hormigón, pobres en cemento y ricos en cal y picón; según enumera el propio Gallardo. "Los muros llevan impresa en su propia estructura las señas de identidad".

También ideó vías peatonales, miradores, lugares de descanso y escaleras para "acercar al paseante al mar". Precisamente, esa conjunción y continuidad espacial entre la escultura y su entorno es la característica que aporta un significado simbólico. Un enclave armonioso que inauguraron por todo lo alto multitud de autoridades, entre ellos los reyes don Juan Carlos y doña Sofía. Un espacio simbólico que también sirvió para decir adiós en forma de homenaje a Tony Gallardo a los pocos días de su fallecimiento en 1996, diez años después de la inauguración de su obra.

El Atlante no fue la única escultura que creó el artista basándose en el paisaje volcánico. A finales de los setenta organizó una exposición, Magmas, donde presentó una serie de obras realizadas con material basáltico y dejó patente una "dimensión pictoricista en su trabajo", según Bonet, un camino que continuaría en obras como la de El Rincón. Estas rocas negras volvieron a cobrar protagonismo en 1990. En esa ocasión, Gallardo recreó en Maspalomas una escena con los padres de la Constitución de 1978 como un homenaje a la actual carta magna española.

Antes de esta etapa en democracia, Gallardo tuvo un largo recorrido. Según relata Bonet, comenzó a interesarse por la escultura en los años cuarenta, cuando apenas pasaba la adolescencia. Estudió en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando y pronto colaboró con otros autores de renombre de las Islas. Emigró a Venezuela, país del que no volvió hasta 1961. Comienza así una etapa turbulenta, en la que alterna la implicación política con el arte en su máxima expresión. Su militancia en el Partido Comunista de España le llevó a la cárcel en plena dictadura franquista. El crítico resalta que, fue la Transición, la que le permitió dedicarse "enteramente a su obra, para poder encontrarse a sí mismo".

Sin duda, El Atlante supuso un antes y un después en la carrera artística de Tony Gallardo. Pues, el escultura se convirtió en algo más que un collage de pedazos de piedras volcánicas extraídas de un malpaís. La obra iba más allá por su profunda carga simbólica. Con el reconocimiento del Gobierno de Canarias, Las Palmas de Gran Canaria pasa a albergar un total de 31 bienes de interés cultural dentro de sus límites. La obra pétrea, la primera en protegerse circunscrita al arte moderno y contemporáneo, se une así a iglesias, fortificaciones, edificios públicos, conjuntos históricos o espacios arqueológicos.

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