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aquí la tierra

Invitación a la amnesia

Un estanque vacío, emplazado entre las urbanizaciones Divina Pastora y Copherfam y el Guiniguada, se sitúa como un cuerpo desconcertante entre mundos sin concordancia formal ni funcional

El estanque, entre el barranco Guiniguada y las urbanizaciones Divina Pastora y Copherfam.

El estanque, entre el barranco Guiniguada y las urbanizaciones Divina Pastora y Copherfam.

Fue alguna vez algo lleno, pero en la memoria de generaciones que, puntual o habitualmente, se han topado o se topan con él ha sido desde siempre algo vacío. Vacío y residual. Este algo ahora vacío es un estanque y está emplazado en la calle Juan Saraza Ortiz, entre las urbanizaciones Divina Pastora y Copherfam, en el borde superior de la margen izquierda del Guiniguada, en la periferia compacta de Las Palmas.

¿Por qué ocuparse de un modesto estanque olvidado o ignorado por la mayoría de la población? Justamente por lo que la ignorancia y el olvido develan sobre la percepción que los habitantes tienen de esta ciudad.

Vestigio del uso agrícola del territorio hoy urbano, que pervive aún en las últimas fincas de plataneras del fondo del barranco, los muros de piedra y cal y la escalera de esta construcción hidráulica acusan huellas de erosión y abandono. Su lecho está cubierto de escombros, latas de refresco y cristales que refractan la luz solar. El flanco que no colinda con el barranco lo hace con la calle.

Extraño en un tiempo que, sin embargo también es el suyo, la visión de este depósito produce melancolía: no ha sobrevivido porque se le otorgue valor cultural. Simplemente es que no coincidió con el plano sobre el que se proyectaron las urbanizaciones colindantes. Desde el fondo hacia arriba, se suceden en el Guiniguada las plataneras, los bancales abandonados, las pistas agrícolas y el terreno cubierto de escombros hasta concluir en esta construcción, un cuerpo desconcertante en el límite de dos mundos sin concordancia formal ni funcional. En el lado opuesto, el estanque coexiste con Divina Pastora y Copherfam, urbanizaciones erigidas con raseros desarrollistas, con bloques de viviendas carentes en su entorno inmediato de espacio público de calidad. Ni siquiera una mínima intervención para posibilitar el uso y disfrute del barranco.

Una mirada satelital, la que facilita Google Earth, complementa la experiencia de la visita en el espacio real con saltos de perspectivas multiescalares en la pantalla del ordenador. Con el estanque marcado con una chincheta digital para no perder su referencia, se constata como su condición dislocada resume de manera emblemática el crecimiento urbano de Las Palmas desde los años sesenta: subordinación absoluta a la lógica del beneficio económico, incapacidad para comprender que la ciudad también es un paisaje y desprecio absoluto por los sedimentos antropológicos que el mundo rural dejó en lo que hoy es suelo urbano. Basta con desplazarse con el ratón a través por la pantalla de plasma hacia de Siete Palmas, para comprobar que el rumbo se ha mantenido igual.

No se trata de entonar una ridícula elegía por la extinción de la vida rural, pues aquella estaba plagada de servidumbres que, en buena medida, los usos y costumbres urbanos contribuyeron a disipar -bien es verdad que con frecuencia para reemplazarlas por otras-. Tampoco de reducir la cultura popular a la cultura rural y obviar la existencia de una cultura popular urbana viva. Por último, tampoco procede tematizar ni convertir este estanque en un fósil encapsulado en una noción estrecha de patrimonio etnográfico. La nostalgia es una enfermedad.

Con su forma ortogonal, este pequeño estanque genera orden no solo en el espacio que contiene sino en el que está en torno suyo, especialmente el de esta parte del borde del barranco al que la suciedad, el abandono y el desinterés por ligarlo estructural y sensorialmente a los barrios aledaños han convertido en un vacío urbano. El estanque vacío podría ser un elemento configurador de una nueva manera de hacer ciudad. No solo un vestigio del pasado sino el contenedor de una promesa.

Entender Las Palmas, y con ella este estanque y su entorno, como un paisaje, reconciliarla con sus barrancos y, en general, con su poderoso soporte natural. Ensamblar en la urbe los vestigios del pasado agrícola como frágiles manifestaciones cargadas de sugerencias para que convoquen no una memoria única al servicio de la industria turística y de las políticas de identidad de las élites, sino una memoria múltiple, abierta a las asociaciones repentinas. Esto, o dejar este estanque de la calle Juan Saraza Ortiz en su condición actual, cuando no llevarla al paroxismo y promocionar este recinto vacío en medio del vacío urbano como una extraordinaria invitación a la amnesia.

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