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Recuerdos de La Moderna

La heladería regentada por José Verdú Sanjuán en Las Acaravaneras fue uno de los últimos negocios artesanales de la ciudad del siglo XX

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Recuerdos de La Moderna

La muerte hace unas semanas de Francisco Álvarez González, más conocido como Panchito el heladero, ha destapado la historia de la heladería La Moderna, fundada por el alicantino Ramón Verdú Beltrá y renovada por su hijo José Verdú Sanjuan en el barrio de Las Alcaravaneras que funcionó desde los años 30 hasta los 60 y que posteriormene se llamaría La Nueva Moderna, en una nueva ubicación cerca de los institutos. La hija del propietario y de uno de los últimos artesanos del helado del siglo XX, Elsa Verdú, contactó con LA PROVINCIA para desenredar un entuerto que casi se ha convertido en leyenda del popular personaje. Según Verdú, Panchito no era heladero, sino que compraba los helados en el negocio familiar para venderlos luego por su cuenta.

La familia Ramón Verdú Beltrá y Josefa Sanjuan Gisbert, de origen alicantino, llegaron a Las Palmas de Gran Canaria a principios de los años veinte con sus hijos Amparo y Antonio. "Mi abuela venía embarazada de tres meses de mi padre, que nació el 29 de agosto de 1923 así que fue el único canario de los tres hijos", dice Elsa. La familia se instaló en Venegas, en el inmueble que luego se conoció como heladería Los Alicantinos. "Fue el primero de la familia que se instaló en la ciudad como heladero. Luego llamó a sus primos hermanos. Y llegaron Evelio Beltrá, que fue el posterior dueño de Los Alicantinos; Normando Beltrá, que tuvo la heladería frente al cine Cuyas y Abecinio Beltrá con la heladora frente a la plaza de Las Ranas".

El abuelo de Elsa trabajó durante un tiempo con Evelio pero de repente tomó la decisión de irse a Lanzarote pensando que allí había futuro. Al poco tiempo regresó como era previsible y compra un local en la calle ingeniero Manuel Becerra de Las Alcaravaneras -hoy Manuel González Martín- donde instala su heladería. Y ahí empieza la andadura de La Moderna.

La fecha exacta la desconoce su nieta Elsa, que determina que sería a mediados de los años 20. El artesano alicantino se instaló frente al cine Goya, que se abrió en 1930 y que estaría operativo hasta 1966, según las memorias del proyeccionista Rafael Hernández Marrero en La Sofía Loren de Arenales y otras historias, editada por el Cabildo de Gran Canaria. Y es que entonces no había mejor clientela para una heladora, como se llamaba entonces al negocio, que la que salía y entraba de las salas cinematográficas, uno de los espacios de diversión de la sociedad española de entonces.

Ramón Verdú Beltrá fallece de un infarto en una cacería en 1949 y es su hijo José quien se hace cargo del negocio familiar, así como de su madre y una hermana y tía solteras. Su hermano Antonio también se dedica al negocio pero ya funciona por su cuenta en la calle Pamochamoso, donde curiosamente también había una sala -cine Colón-.

"Él abuelo era un buen heladero pero nunca llegó a la altura de mi padre", comenta Elsa, que señala que "fue un gran creador" dentro del sector además de un "hombre bueno y que amaba su oficio".

¿Pero dónde se encontraba el secreto? Según su hija "tenía un paladar exquisito" y lo cuidaba no bebiendo nada más que agua. A José además le gustaba crear continuamente. "No hay nada que se haga actualmente que me resulte novedoso. Hizo los quesitos, unos helados que se cortaban y se envolvían a mano en un papel parafinado con el membrete de La Moderna, como todo lo que se hacía allí. También los bombones; los bombones imperiales que eran alargados; los cortes, los polos". Sin olvidar la leche rizada, la granizada y la horchata.

Otro de sus secretos fue siempre trabajar con productos naturales y de calidad, tanto las frutas como los huevos y la leche, materias primas con las que elaboraba sus helados. "Las coberturas de chocolate eran del mejor chocolate que se podía encontrar entonces como el Cadbury, el inglés, el belga". Tanto es así que traía bidones de turrón de Jijona para hacer el helado de turrón y esencias naturales de Italia para mejorar el producto que le costaban una fortuna.

Elsa recuerda que su padre fue un heladero artesanal y que en el verano a él y a los empleados les podían dar las tres y las cuatro de la mañana haciendo mercancía de todos los gustos, incluidos barquillos y galletas. Su variedad abarcaba desde los tradicionales sabores a especialidades de albericoque, melocotón, piña y moka. "Era un goloso empedernido y le veías todo el día probando el producto". Pero el oficio era sacrificado. "Los polos estaban en grandes tanques que había que mover de vez en cuando para que cogieran la consistencia. La horchata era muy trabajosa, había que colocar los sacos de chufa a remojo y después triturarla en una especie de embudo. Después, en unos paños de estameña inmaculados se echaba la chufa y se retorcía para sacar la leche", puntualiza.

José Verdú era artesano pero no ponía trabas a la innovación tecnológica en el sector para facilitar la fabricación de los helados, que requería no solo tino, sino mucha dedicación por las características del producto. Y fue transformando con el tiempo la vieja heladería de su padre en una más moderna y actual, mientras la familia -Elsa y sus hermanos José Ramón e Inmaculada- crecían en la casa que habitaban encima del negocio. "Era un chiflado de los avances tecnológicos", rememora con cariño su hija. "Trajo una máquina para cortar los bombones, mojarlos en leche, para facilitar el trabajo a los empleados que costó un millón de pesetas de la época porque la cantidad de mercancía que salía era importante". Pese a los avances técnicos que instaló, la maquinaria no era como la de hoy. El aparato de refrigerar, que era enorme, debía estar día y noche funcionando para enfriar y hacia tanto ruido que la familia, que vivía en el piso superior, se acostumbró a dormir con el soniquete.

El heladero José Verdú incorporó al negocio la furgoneta Volkswagen alemana con cámara frigoríficas para distribuir su mercancía por los pueblos de la Isla. En ese contexto, alrededor de los años 50, surgió Panchito, que era un hombre que compraba los helados a su padre y luego los vendía por la ciudad con su carrito. "Compraba la mercancía que creía que podía vender y se la llevaba; incluido el hielo y la sal gorda que era lo que servía entonces para enfriar el tanque del helado. Eso es todo. Nunca se asoció con mi padre, ni fue empleado. Era un hombre sencillo y bueno", añade.

Su hija asegura que por el negocio pasaron heladeros para conocer el negocio y que su padre siempre "fue generoso a la hora de indicar cómo era el oficio, aunque imagino que no diría nada de sus recetas". También le hicieron alguna propuesta para que se embarcará en la futura Kalise pero su padre no aceptó la propuesta del fundador Delfín Suárez. Y, por su puesto, numerosa clientela, incluidos los jugadores de la Unión Deportiva ya que la sede y el viejo estadio estaban a escasos metros. "En verano la fila de coches podía llegar hasta la avenida porque la moda de entonces era irse a tomar un helado por la tarde-noche. Podían dar las dos de la madrugada y mi padre siempre estaba al frente".

Curiosamente, las recetas las tuvo siempre en la cabeza porque, tras su defunción, entre los papeles no apareció ningún dietario, tan solo una pequeña libretita con algunas fórmulas difíciles de detectar para un profano en la materia. "Una de sus grandes especialidades fue su espuma de limón que jamás la he vuelto a encontrar. Era algo excepcional, a base de clara, limón y ralladura de limón que se deshacía en boca. Era espectacular y difícil de imitar".

A principios de los años 70, José decide asociarse con Luis García, natural de Teror "y una gran persona", y montaron juntos una heladora en el municipio cumbrero. Y ahí comenzó la andadura de La Nueva Moderna. Tiempo después, la sociedad se instala con una sucursal con el mismo membrete frente a los institutos Pérez Galdós e Isabel de España, cerca del cine Rex. Para entonces ya se había cerrado La Moderna.

José continuaría trabajando en La Nueva Moderna hasta su jubilación, a los 65 años. Corría 1988 y traspasó el negocio porque ninguno de sus hijos heredó el oficio. Tres meses después de cumplirlos falleció tras un derrame cerebral la madruga del Día de Reyes. "Murió el día que más adoraba", concreta su hija emocionada. Con él se iba uno de los últimos artesanos del helado.

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