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Puerto La vida en el Muelle Deportivo

Un despertar con olor a salitre

Nino vive en el Muelle Deportivo, junto al mar donde pescó y al que dedicó toda su existencia

El marinero Benigno Marrero, alias Nino, junto a su perro Thor en su barco del Muelle Deportivo.

El marinero Benigno Marrero, alias Nino, junto a su perro Thor en su barco del Muelle Deportivo. TONY HERNÁNDEZ

Cada mañana las vistas le recuerdan una cosa. Nada más levantarse respira un aire cargado de humedad y olor a mar. Cuando repasa su vida le viene un pensamiento a la cabeza, ha pasado toda ese tiempo rodeado de agua salada. A Benigno Marrero, aunque lo conocen por Nino, lleva desde que era un chiquillo ligado a la costa, a las nobles artes de la pesca. Comenzó cuando era un adolescente entre las barquillas de La Puntilla en lo que era su barrio natal, donde se curtió antes de partir rumbo a los caladeros del Sáhara. Ahora, ya retirado de aquellos periplos en alta mar, toca reposar y descansar en el Muelle Deportivo junto a su dicharachero perro Thor.

Entre los pantalanes de la dársena deportiva de Las Palmas de Gran Canaria se guardan miles de anécdotas. Ciudadanos de medio mundo que deciden dejarlo todo atrás y cruzar el Atlántico, con el único objetivo de recalar en un nuevo puerto cada cierto tiempo. Pero, entre tanta historia foránea, también hay cientos de canarios que eligen este lugar para matar el tiempo a diario.

Nino lleva algo más de seis años frecuentando el muelle. El Artejeves, el pequeño barco de un amigo, se ha convertido en su refugio, pues allí pasa días y días desde que se separó. "Aquí se está muy tranquilo, la gente es estupenda y haces muchos amigos", recalca. En el interior del navío no le falta de nada, o al menos eso es lo que asegura. Dos camarotes más o menos cómodos y una cocina equipada con nevera, microhondas y fogones.

En estos años, Nino ha puesto a su gusto los casi ocho metros de eslora del Artejeves. Como buen colchonero, la bandera del Club Atlético de Madrid ondea en una de sus ventanas. También ha colocado un cartel "aupando" a su equipo. Aunque, se sincera, en el fútbol siempre va primero con la UD Las Palmas, "como si bajan a regional". Una bandera de España, descolorida y raída por efecto de las inclemencias marinas ondea casi en el techo.

En la cubierta del barco tiene una piragua roja y blanca con sus palas correspondientes. "Lo cierto es que no la uso", reconoce. La pequeña embarcación funciona a modo de adorno en lo alto del Artejeves. No obstante, Nino se retiró de los mares hace tiempo o al menos ya no es el protagonista, puesto que no sale por su cuenta a pescar como lo hacía de joven.

"Aquí nadie se mete con nadie", repite. Su perro, de año y medio, es muy desinquieto y no para de ir de un lado para otro. "Me lo trajo mi hija desde muy pequeño, ella no podía cuidarlo", señala. En el pantalán todos lo conocen. Es más, la gente cuando pasa por delante del Artejeves dedica unos minutos de conversación a Nino.

Entre sus amistades conserva a algunos de los pescadores que quedan con barca en el Muelle Deportivo, junto a la playa de Las Alcaravaneras. Cuando salen a la mar, el isletero ya no pesca, pero al menos observa y está atento para ver si uno de sus camaradas alcanza pillar una cabrilla, una sama o unas brecas. Al final siempre caerá alguna en su sartén.

Su vida comenzó de joven entre las barquillas de La Puntilla. Allí lo aprendió todo. Pronto se embarcó como marinero profesional. Partían desde el Muelle Pesquero rumbo a los caladeros saharianos en periodos de dos o tres meses. Pulpos, calamares y sepias acababan entre sus redes.

Cuando empezó a tener hijos pensó que había que encontrar otro sustento. "Dejé la pesca para que me viera la familia", explica. Hasta siete chiquillos ha llegado a tener. Entró en el mundo de la construcción trabajando el hierro. En los noventa participó en las obras del Centro Comercial La Ballena y el Auditorio. Precisamente, los muros del Lloret ya los conocía de antaño. Largas tardes pasó allí esperando que algún animal picara en su anzuelo.

Este pescador nato se hizo querer entre los vecinos de Guanarteme, donde vivió hasta hace poco. En aquellas calles cercanas a La Cícer lo conocen como "el Cantora" por su arte en la pesca. "Es el barrio donde mejor me conocen", subraya. Pero aquellos tiempos junto a la caña y los cebos los dejó atrás y ahora prefiere ver a los demás alongarse a la mar.

Lejos de alejarse del agua salada, cada día es uno de los tantos protagonistas del Muelle Deportivo. Vive solo, pero Thor y unas plantitas en la puerta del Artejeves le hacen la mejor de las compañías.

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