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El nido de amor de los duques de Windsor

El yate 'Nahlin', en el que comenzó el viaje a la abdicación de Eduardo VIII, visita el Puerto

Las amistades peligrosas.

Las amistades peligrosas. LP/DLP

En agosto de 1936, Eduardo VIII del Reino Unido llevaba apenas medio año convertido en titular de la Corona británica. Sus primeros meses en el trono estaban siendo convulsos, por lo que al llegar el verano decidió irse de vacaciones en una travesía marítima con la que, sin querer, también emprendía su propio viaje hacia la renuncia al trono, algo que llegaría en diciembre de ese mismo año. Lo hizo en compañía de su pareja, la socialite estadounidense Wallis Simpson, a bordo del yate Nahlin, una joya marítima que en 2018, 88 años después de su construcción, continúa surcando los océanos. Ayer llegó a Las Palmas de Gran Canaria consignado por Intercruises en una escala de avituallamiento aún envuelto en un halo de leyenda en el que se suceden las peripecias de una rica heredera que invertía en caballos de raza y estudios de cine, un rey filonazi y su amante, un dictador comunista en decadencia y hasta un multimillonario inventor de ingeniosos electrodomésticos. Vayamos por partes.

El Nahlin había sido comisionado en 1929 por Lady Annie Henrietta Yule, hija única del fundador de un conglomerado empresarial que durante el dominio británico sobre la India tejió intereses en la agricultura, el textil o la minería. Lady Yule se había casado con su primo, David Yule, pero a su muerte en 1928 se vio con más dinero del que podría gastar en varias vidas y decidió dedicar parte de él a inversiones más o menos extravagantes. Destinó algo a financiar los estudios Pinewood -los mismos donde décadas después cobrarían vida las aventuras de James Bond- o a criar yeguadas de caballos árabes, pero en cuanto recibió el Nahlin de los astilleros John Brown and Company decidió embarcarse en él con su hija y navegar sin mayor destino que el de disfrutar del dolce far niente.

El barco -en realidad, el Nahlin era solo uno de los tres yates gemelos comisionados por Lady Yule- se convirtió desde el principio en objeto de admiración entre la alta sociedad británica y no pasó inadvertido en 1935 para Eduardo VIII -entonces aún heredero al trono- durante una exhibición naval organizada para conmemorar el jubileo de plata de Jorge VI. Un año después, ya como rey, decidió fletarlo y zarpó del puerto de Southampton el 1 de agosto. "Aunque el rey viaja usando el título de conde de Lancaster, no hay pretensión de mantenerlo en secreto", explicaba ese mismo día el diario australiano the Mail al hablar del viaje.

En efecto, Eduardo viajaba sin demasiada ansias de discreción, pero además lo hacía en compañía de Wallis Simpson, un dato que la prensa del imperio ocultaba en crónicas como las del Mail para centrarse en detalles como la tecnología que permitía al monarca mantenerse en contacto con Londres en todo momento: "La ciencia moderna permite al rey mantenerse en contacto directo con los asuntos, por lo que no resulta necesario crear una comisión que ejerza las funciones de la Corona durante su ausencia".

Del viaje de la pareja sí hubo profuso seguimiento en las revistas extranjeras, en las que aparecieron pruebas gráficas de sus escalas. El viaje comenzó a llenarse de leyendas con cierto grado de verosimilitud, como la que aseguraba que Eduardo VIII había mandado quitar las estanterías con libros para hacer más hueco al abundante cargamento de licores que amenizaban sus fiestas -aunque también es posible que simplemente se retiraran para crear más camarotes de invitados- o que había lanzado al mar más de 3.000 pelotas de golf mientras practicaba.

Más allá de las excentricidades -y de oficializar la relación amorosa de un gobernador supremo de la Iglesia de Inglaterra con una mujer divorciada de su primer marido y que en aquel momento aún permanecía casada con su segundo esposo-, lo que en Londres activó todas las alarmas fue la lista de invitados de la pareja, entre los que figuraban nombres relacionados con la jerarquía nazi. Las simpatías del rey hacia Hitler no eran desconocidas y Eduardo había dado en alguna ocasión muestras del mismo desprecio que el dictador alemán mostraba hacia lo diferente, pero aquella fue una señal que no se dejó escapar. Ignorantes de las críticas que arreciaban, completaron su viaje hasta Estambul, pero a los pocos meses Eduardo acabó por abdicar.

Lady Yule acabó vendiendo el yate un año más tarde a otro rey, Carlos II de Rumanía, que también embarcó en él a su amante. Su disfrute del Nahlin -por entonces rebautizado como Luceafarul- duró lo mismo que su reinado, es decir, poco. En 1940 abdicó y tras el final de la Segunda Guerra Mundial el país se convirtió en un estado socialista en la órbita de Moscú cuyas autoridades cambiaron una vez más el nombre del barco, ahora por el de Libertatea. Con el paso de las décadas acabó convertido en un restaurante flotante en el puerto de Galati, a orillas del Danubio. Para cuando Ceaucescu fue ejecutado en la Navidad de 1989, el barco era ya una nave decrépita que parecía no tener otro destino que el desguace.

Por entonces ya había quien había descubierto el paradero del legendario Nahil. William Collier tardó 10 años en hacerse con la propiedad del barco y en circunstancias no del todo aclaradas -Rumanía había declarado la nave patrimonio nacional- la trasladó en 1999 de vuelta al Reino Unido, donde fue sometido a un laborioso proceso de restauración cuyo coste ascendió a unos 30 millones de euros, según la revista Vanity Fair.

Su rehabilitación corrió por cuenta de quien desde entonces es su propietario, el multimillonario británico James Dyson, un diseñador industrial que ha amasado una fortuna gracias a sus aspiradoras sin bolsa. Como dignos sucesores de Lady Yule y su hija, el inventor y su familia suelen pasar largas temporadas a bordo entregándose al placer de no hacer nada.

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