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análisis

Enigma en el parterre

Un sillón construido con materiales de desecho e instalado en un espacio público de Lomo Blanco irradia incógnita

Sillón en el parterre de Lomo Blanco.

Sillón en el parterre de Lomo Blanco. mariano de santa ana

En el mito clásico, la esfinge de Tebas destaca por dos atributos: detenta un enigma y domina un lugar de paso. Poco más o menos lo que este sillón, que alguien construyó en un parterre de Lomo Blanco, en el giro de la calle Antonio Pildain y Zapiain hacia la calle San José Artesano, ante una señal de stop en la calzada. ¿A qué responde este asiento en tan insólito emplazamiento de Las Palmas? Obviamente a nada. No puede responder a nada porque los sillones no hablan. A quien corresponde responder, como en el mito de la esfinge, es a los transeúntes impelidos a detenerse ante su presencia, junto a la señal de stop, perplejos ante el emplazamiento del sillón. Por lo que toca al transeúnte que es este reportero, ha de confesar que no puede ofrecer una respuesta concluyente al enigma del sillón. Todo lo más puede realizar tentativas como las que expone a continuación.

Detenido en este lugar de paso, en este sitio que llama a pararse con la señal de stop y que se diría presidido por el sillón, el reportero se acuerda de la incógnita contenida en aquella magnífica greguería de Ramón Gómez de la Serna: "¿Las sillas están sentadas o de pie?". Si se cambia sillas por sillones en la pregunta, y si la respuesta es que los sillones no están de pie sino sentados, hay que añadir entonces, inmediatamente, que este mueble comparte un tercer atributo con la esfinge de Tebas, pues, como bien sabe el lector, Hesíodo, Apolodoro, Higinio, Pausanias y hasta Aristófanes el gramático dicen que en el desfiladero entre Tebas y Delfos, donde aguardaba a los viajeros, la esfinge estaba sentada.

Quizá esta intervención desconcertante no sea sino el fruto de la maquinación de un artista que, en la estela de Ian Hamilton Finlay, Joan Brossa, Jirí Kolár o Marcel Broodthaers, decidió hacer un poema objetual conjugando el sillón con el emplazamiento específico del parterre y con la señal de stop, para provocar una interferencia en la percepción del contemplador, confrontarlo con los estereotipos que gobiernan su visión. Para hacer de éste, en definitiva, un lugar dislocado.

Cabe la posibilidad, igualmente, de que el sillón haya sido construido no por un artista, sino por un ciudadano comprometido con la defensa del espacio público, que en Las Palmas, como se sabe, es notoriamente insuficiente y con harta frecuencia de mala calidad. Quién sabe, quizá, entonces, con el gesto de fijar solemnemente con cimentación vista, este sillón, de manera incógnita en un punto perpendicular al bordillo del parterre municipal, dicho ciudadano quiso proclamar que el espacio público es sede de la soberanía popular.

En fin, como el lector ya habrá concluido, hay que recordar lo que Claude Lévi-Strauss señala en El pensamiento salvaje: "Como las unidades constitutivas del mito, cuyas combinaciones posibles son limitadas por el hecho de que se han tomado en préstamo al lenguaje, en el que poseen ya un sentido que restringe la libertad de maniobra, los elementos que colecciona y utiliza el bricoleur están preconstreñidos". ¡Vaya usted a saber! Tal vez el autor de este sillón sea ante todo y sobre todo un lector atento de la obra del antropólogo francés, y quizá con su sillón, construido con materiales de desecho, se propuso volver sobre el asunto de la esfinge, para manifestar, justamente aquí, en este punto exacto de Lomo Blanco, que sea un mito, sea un artefacto fabricado con lo que se tiene a mano, las operaciones de la cultura tienen una insoslayable dimensión de bricolage.

Por lo demás, los autores clásicos citados, lo mismo que Estasio, Sófocles y Diodoro Sículo, transmitieron el enigma de la esfinge como un enunciado nítido: ¿Cuál es la criatura que en la mañana camina en cuatro patas, al medio día en dos y en la noche en tres? En cambio, del enigma de este sillón hay que decir que, al contrario que el de la esfinge, no solo, en principio, tiene que ver más con sentarse y detenerse que con estar en marcha, sino que ni siquiera tiene una enunciación clara. Quizá, entonces, este y no otro sea su precisamente enigma: un enigma que no se sabe qué enigma es. O, a lo mejor, y esto es lo más enigmático de todo, es que este es, simplemente, un sillón para sentarse.

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