Érase una vez... Unas hadas madrinas que revivieron de un toque de varita mágica a las Meninas. Flora y Primavera decidieron salirse durante unas horas del cuento de la Bella Durmiente para traer con sus embrujos y hechizos a la Gran Cabalgata de Las Palmas de Gran Canaria a las Meninas, que cogieron vuelo desde el Museo del Prado de Madrid para... "Que venimos de los Caideros de Gáldar", disculpe usted. Dispuestas y acicaladas para celebrar ayer el último fin de semana del Carnaval.

Al trío original de la princesa de los Hermanos Grimm le faltó el tutú y tocado verde de Fauna, pero, en vez de estar de parranda, estaba trabajando en eso que le llaman vida real mientras la ciudad se engalanaba para el recorrido más querido por los carnavaleros. De rosa y azul, las jóvenes veinteañeras Ivi y Sara venían desde las calles aledañas para "ir encantando por ahí". Amantes de las hadas antes que de las princesas, esta fue la primera idea que les vino a la cabeza.

Por la autopista del norte llegaron Rosario y Pepa López en el carruaje que conducía el marido de la primera para transportar a las dos Meninas hasta su destino. Sin hacer uso de gasas o terciopelos, las mujeres cogieron sacos de papas canarias, de café brasileño y varios periódicos para tejer y tejer los vestidos de época sostenibles y hacer las pelucas. "Mi hermana me ha hecho pasar por toda la calle con la gente diciéndome ¡qué bonita!", dijo presumida Pepa. No es para menos, "el trabajito que nos ha dado en estos dos días para venir, ¡yo voy a lucirlo!", sostuvo Rosario. Y con una destreza sin igual, guardaba en la cintura varias agujas para ir remendando lo que surgiera. Cuidado que no se enteren Flora y Primavera. "Esto es un disfraz sostenible, pero nosotras no sabemos si vamos a ser capaces de sostenerlo hasta el final", coincidieron. Con pinceladas de medioambiente, interculturalidad y colaboración seguro que Velázquez hubiera dado un sí rotundo a la adaptación.

Toda realeza necesita de su corte. Pongamos que en este caso las Meninas no pudieron traerse el séquito de Felipe IV, pero para eso estaban las cartas de picas y diamantes de la Reina de Corazones. Apostando por las garrafas como tocados de última generación, la familia de Alberto, Pilar, Silvia, que viene en silla de ruedas como trono en fiestas, y Eva venían de Arucas para cortar cabezas, "hasta que aguantemos", querían decir, "llevamos preparándolo desde hace casi dos meses el disfraz y aprovechamos los fines de semana, que ha tenido su trabajo". Por ahora, están tranquilos, no hay amenaza de Alicia aunque al fondo del Castillo de La Luz unas gatas de Cheshire iban maullando. "Venimos en grupo siempre y preferimos que pasen todos para luego ya seguir con la fiesta", asintió Pilar. Una sabia decisión, sobre todo para no dejar ningún as bajo la manga desprevenido atrás.

Y entre tanta película y fábula se vinieron, como ellos se llaman, el grupo De buen rollo, quienes cogieron cintas de vídeo, se las anudaron y como bolso trajeron las VHS de La Sirenita, Mulán o Fantasía. El grupo de amigos se reía y con elegancia sostenían la copa a la vez que se arreglaban los tocados para seguir filmando. De repente, unas motas amarillas inundaron la calle al sonido de la papaya. Unos minion se colaron en la Cabalgata en la voz cantante de Alejandra, que "con 9 para 10 años" venía diciendo que quería bailar ya porque estaba cansada de estar de pie mientras Montse, Mari Luz, Guayarmina y María Jesús se colocaban bien las gafas azules de los pequeños personajes. Venían de Jinámar, La Feria y, por supuesto, de la Isleta "en donde empezó el Carnaval", sentenció Montse, "estamos aquí desde el número cero". Sabido es que el ingrediente secreto de tal conservación es el salitre y el buen humor.

Otras que bajaron a demostrar su salud de hierro desde el Risco de San Nicolás para celebrar su décimo aniversario vendiendo queso y cebollas fueron Antonia Suárez, su hermana Francisca y Leli Ruiz, cuya sabiduría las llevó a bajar al carnaval a pesar de los años, junto a su vecino José Juan Díaz. "Mi niña, esto que ves aquí no se estropea, ¡lo vendemos todo!", dicen. Ayer fue su agosto. Ataviadas con sus pañuelos negros, medias y trajes a la antigua usanza, "venimos a hacerle un homenaje a nuestras abuelas y así seguimos después de diez años". Lo dicho, pese a quien le pese, y más a la edad, aguantaron hasta San Telmo, donde seguro que unas hadas de cuento las esperaron para que de un plisplás las llevaran a su casa, que ya no son horas, pero para el Carnaval siempre se guarda un minutito más.