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CRISIS DEL CORONAVIRUS El confinamiento en los barrios

La vida en 50 metros cuadrados

Cuatro de los seis miembros de la familia Farías viven el confinamiento en un piso de Las Rehoyas - Afirman que lo peor es resolver el día a día

Pilar, Raquel, Noemi, Tony y el perro Blacky, en su casa de Las Rehoyas.

Pilar, Raquel, Noemi, Tony y el perro Blacky, en su casa de Las Rehoyas. ANDRÉS CRUZ

Llevan 52 días encerrados en una casa de apenas 50 metros cuadrados, pero aseguran que no lo llevan tan mal, que es más una cuestión psicológica que de espacio. "Lo que sí es un sinvivir es pensar como resuelves el día a día, porque todavía no me han ingresado la mensualidad de marzo, pero hacemos de tripas corazón y tiramos para adelante", sostiene Tony Farías, conductor de una guagua turística de Viajes Tara y afectado por un ERTE, pues la pandemia ha partido por el eje la industria turística y se ha llevado por delante su trabajo.

Vive en Las Rehoyas-Arapiles con su esposa Pilar Pérez, su hija Raquel Farías y su nieta Noemi y ninguno de los cuatro se queja de este trance, que afrontan con mucho aguante porque es lo que toca ahora. Son supervivientes natos, verdaderos especialistas en salir p'alante en las condiciones más adversas, como lo son la mayoría de los vecinos y vecinas de Las Rehoyas y de los otros barrios de gente humilde de la capital grancanaria.

El sueldo no ha llegado aún, pero hay que pagar la hipoteca que pidieron hace unos años para pagar la reforma de la casa y hacer frente al recibo del agua, la luz, la comida y los gastos que genera la vida, con los ahorros y la ayuda de alimentos que le han dado a Raquel . Confían, pese a ello, en que todo se arreglará de una manera u otra. "Si no llega el sueldo, tendremos que pedir alguna ayuda para comer", admite.

"Hay que estar preparado para vivir situaciones como estas, es una cuestión de preparación psicológica porque aquí vivimos, pese al reducido espacio, una familia de seis personas. Ahora somos cuatro porque otra hija mía, Cathaisa y su hija Aileen están con la suegra, porque el confinamiento las cogió allí, así que ahora nos hemos aliviado un poco", bromea Tony, que las echa de menos y las tiene todo el tiempo en la boca.

El que está encantado es el perro Blacky, entusiasmado de ver a toda la familia metida en casa. Y aunque el "futuro es incierto y todo pinta un poco negro", Farías no pierde su optimismo y prefiere pensar que las cosas mejorarán y el turismo volverá a Canarias, mientras asegura que con todo, a nivel personal, esta pandemia no ha sido ni de lejos el peor golpe que le ha dado la vida, después de que un cáncer estuviera a punto de arrebatarle una hija. "No tengo miedo. Yo soy una persona positiva, vivo pensando más en el presente que en el futuro, porque de todo se sale, ya he pasado por situaciones aún peores que esta. He tenido a una hija mía que ha pasado un cáncer y estuvimos varios años luchando con la enfermedad, pero sigue viva porque es una luchadora, porque ni los médicos se lo creen de que esté aquí viviendo con nosotros".

La superviviente es Raquel Farías, que a sus 33 años debe haber heredado de su padre la positividad que derrocha. Recuerda que lo de no poder salir de casa ahora es un chiste comparado con los meses que pasó en un habitación de hospital luchando con la enfermedad. Está estudiando en la UNED el último año del grado de Psicopatología, busca trabajo y explica que el confinamiento le ha servido para retomar actividades que había dejado, como el deporte o la escritura.

Después de escribir un primer libro, titulado Bilebion, se quedó "un poco apalancada". Y ahora, añade, "he empezado a escribir un segundo libro" que también cuenta historias a caballo entre la ciencia-ficción y la magia y el miedo que da vivir.

Está pendiente de que una editorial española le publique el primer libro y sostiene que la unidad de la familia ha salido reforzada de esta experiencia. La que peor lo lleva es la madre, Pilar Pérez, que padece tiroides y ha sufrido depresión. El hecho de no poder salir a la calle le genera ansiedad.

Raquel y , sobre todo, su madre tienen problemas para dormir y muchas veces les dan las claras del día asomada a la ventana. Tanto Pilar como Tony creyeron revivir una antigua pesadilla, cuando apenas dos semanas después de iniciado el confinamiento, Raquel y Noemi empezaron con sospechosos síntomas de fiebre y tos. "Vinieron por la noche del hospital en una ambulancia con los trajes especiales para evitar el contagio y se llevaron a mi hija para hacerle las pruebas del coronavirus, pero al día siguiente volvió. Lo que tenía era gripe parece. Eso ha sido lo peor del confinamiento", recuerda Tony.

La cuarentena ha servido para unir más a la familia. "Hacía mucho tiempo que no estábamos tanto tiempo juntos y ahora hacemos cosas que antes no hacíamos. Le corto el pelo a mi padre. Mi madre se ríe ya más que antes. Nos hacemos reír el uno al otro a pesar del miedo que podamos sentir por lo que está ocurriendo, ese miedo que en mis padres, después de mi enfermedad, les hace temer por mi salud. El miedo de un padre o una madre por su hijo nunca se va y esta pandemia les hace revivir el pánico que sufrieron cuando yo estuve enferma. Pero, sin duda, lo que nos hace más fuerte es la forma de llevarlo", subraya Raquel, para quien lo más duro es no poder ver o abrazar al resto de su familia y amigos. Y es que en su opinión, "la unidad familiar es lo que más cuenta, estés en un espacio grande, pequeño o regular. Eso y el apoyo que nos damos".

Raquel comenta que, contrariamente a lo que se cree, la salida de nuevo a la calle puede provocar ataques de pánico a muchas personas. "Mucha gente va a necesitar volver otra vez a casa, en busca de un lugar de apoyo y de seguridad, ese sitio donde no nos va a pasar nada. Realmente, a lo que le tiene miedo la gente es a luchar contra sí mismos, contra sus propios miedos, las cosas que puede pensar en un lugar tan cerrado. Preferimos pensar qué va a pasar después de todo esto aunque deberíamos aprovechar el confinamiento para conocernos a nosotros mismos".

Tony, que quiere agradecer a sus vecinos del barrio que "siempre estén ahí, echando una mano cuando alguien los necesita", señala que la niña de siete años "no lo lleva muy mal, porque la ponemos a hacer ejercicios de la escuela, a hacer baile y a dibujar. Tampoco es una niña de mucha calle. Echa de menos el colegio, pero no lo lleva tan mal".

La sensación de estar en una cárcel, considera Tony, "empieza cuando el confinamiento se va alargando. Al principio, es soportable. Pero cuando en vez de días son semanas o meses, parece que el techo se te va a caer encima. Tenemos tres habitaciones y cada uno tiene su habitación pero el espacio para moverte no es el mismo. No tiene esa amplitud para poderte mover. Es difícil, pero llevadero".

Todos en la casa, recalcan, han respetado el confinamiento y sólo han salido el tiempo indispensable para sacar al perro o ir a comprar. "Mi mujer ha ido hoy a acompañar a su madre al médico", aclara y destaca la paz que reina en casa. "Somos una familia unida. A la niña hay que decirle que se esté quieta alguna vez, pero eso de pelearnos o discutir, no. No en mi casa". A Raquel le gustaría que la gente aprovechara esta cuarentena para "dar ese clic que necesitas en tu vida, ese que solo das cuando pasas por una grave enfermedad, y pararte a pensar. Vivimos muy rápido y nos escuchamos muy poco".

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