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Opinión

El niñote

Don Diego se nos jubila. Llegada la hora de la despedida, aquel niño de barrio que fue, entusiasta del fútbol y luego maestro en el amplio sentido de la palabra, no sabe muy bien qué hacer ni qué decir. Desde hace una temporada, se le veía pensativo, por momentos eufórico, aunque siempre contenido. No quería que los compañeros, en primer lugar, ni los chicos, después, supieran nada de su marcha, porque, en realidad, y como tantos otros profesores por vocación, no entiende la vida sin la proximidad de los alumnos y el roce diario con ellos. De alguna manera, le reconcome la idea de que, con su definitiva partida de lo que ha sido su profesión durante tantos años, está traicionando a aquellos que han sido el objeto expreso de su compromiso y la apuesta de una vida. Sin embargo, nuestro niñote, así le gusta llamar a los muchachos a su llegada al centro, quizás con el recuerdo vivo de su pasado en los ojos, nunca abandonará la misión que emprendió cuando apenas era un adolescente. Todavía guardo en la memoria el relato de su bautizo en la docencia, en un colegio privado de la década de los 80, y cómo, desde aquellos instantes, ya sintió algo especial al llevar al aula los entresijos de la lengua española. Y hasta la fecha.

El amigo y compañero jamás ha quebrantado el compromiso que selló al comenzar la andadura en el ejercicio profesional. Una de las cosas que más le gustaría que recordaran, si alguna vez se presentase la oportunidad, es, precisamente, la voluntad de entrega hacia los menores en el momento del examen final. Y justo hoy es el día en que llega la justa recompensa. Voy a describir a la persona que hay detrás de Don Diego, el "niñote del Batán", y sólo así se entenderá al maestro, o, aún mejor, al Maestro, como debe escribirse con toda justicia. Su figura campechana, alegre y jovial, es la viva estampa de un hombre que va por derecho, leal hasta decir basta, en el que la palabra resulta el refrendo de una actitud juiciosa y responsable. Y bien que lo saben los alumnos que han pasado por su magisterio, ahora convertidos en hombres y mujeres de provecho. A través de sus palabras, se termina por perfilar el semblante de un caballero de la enseñanza, uno de los que ya escasean en las aulas. Exigente en lo académico, ecuánime en lo personal y, sobre todo, comprensivo con la realidad de cada muchacho, a los que atendía sin descanso ni desmayo.

Mi amigo Diego, mi compañero de fatigas, conversador infatigable, inteligente en el verbo y astuto en el argumento, con quién podré debatir ahora de lo divino y lo humano. Me alegro por tu familia, por tus sobrinos, a los que tratas como hijos, pero dejas en la más absoluta orfandad a esos otros hijos de la docencia. Que ellos te recuerden y premien con una sonrisa cómplice, aunque sea en la distancia. De mí, y creo que de todos los compañeros, un último mensaje, el que te mereces por una vida de entrega y sacrificio, gracias por enseñarnos que esto que hacemos, pese a las dificultades y sinsabores, vale la pena.

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