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CRISIS DEL CORONAVIRUS Balance de la pandemia en la capital

Las Palmas de Gran Canaria tras el confinamiento

Cuando unos pocos casos de Covid-19 pusieron en cuarentena un hotel de Tenerife nadie presagiaba la hecatombe que vendría después

Los días 22 y 23 de febrero una tormenta de arena engulló Las Palmas de Gran Canaria. El siroco dejó las calles desiertas, puso en vilo los carnavales, provocó un incendio en la localidad aldeana de Tasarte y dejó varados a miles de turistas en todos los aeropuertos del Archipiélago. A pesar de ese escenario, el cual rozaba lo apocalíptico en boca de muchos parroquianos, la ciudad desconocía la verdadera hecatombe que padecería tan solo dos semanas después. Cuando los vientos empezaron a sacudir el polvo sahariano un hotel del sur de Tenerife daba la voz de alarma. Un huésped de nacionalidad italiana daba positivo del nuevo y desconocido coronavirus de Wuhan. Y aunque dicho establecimiento entrara en cuarentena con clientes y trabajadores dentro, la ciudadanía siguió viendo la enfermedad como algo lejano. Aquel confinamiento terminaría el 12 de marzo pero ya por ese entonces se vaticinaba la llegada de una situación sin precedentes en la historia reciente de las Islas.

El 14 de marzo de 2020 será una fecha que pocos olvidarán. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, declaró el estado de alarma para todo el conjunto de España, pues el número de contagiados por Covid-19 se había disparado en los últimos días y su expansión ya era incontrolable. La actividad educativa clausuró dos días antes a todos los niveles, los aeropuertos se llenaban de turistas dispuestos a ser repatriados a sus lugares de origen y los comercios bajaban la persiana ante la incertidumbre de cuándo podrían volver a subirlas. La movilidad por las calles quedaba restringida a casos muy específicos y las playas clausuradas. Los expertos vaticinaban ya una crisis económica brutal que golpearía con fuerza a los más necesitados. Comenzaba así un periodo que duraría la friolera de 98 días hasta la llegada, hoy, de la bautizada como "nueva normalidad".

Aquel primer fin de semana bajo el estado de alarma Las Palmas de Gran Canaria se dibujó como una ciudad fantasma. Bares, restaurantes, tiendas y centros comerciales bajaron la persiana a lo largo del sábado. Miles de personas quedaron entonces en la incertidumbre económica, muchos sin percibir ingresos. Unos pocos imprudentes se atrevieron a bajar a la arena de Las Canteras antes de ser desalojados por la Policía Nacional. Incluso miembros de la Unidad Militar de Emergencias (UME) comenzaron a patrullar a diario Triana y las principales calles de la ciudad.

Lejos quedaron incluso las aglomeraciones en los supermercados de los días previos a la declaración del estado de alarma, cuando la población se lanzó en masa dispuesta a llenar la nevera y la despensa. Cual fenómeno paranormal e inexplicable, el papel higiénico se convirtió en el artículo estrella. Días más tarde le tocaría el turno a la lejía y la harina para hacer repostería.

El 15 de marzo, primer día bajo el estado de alarma, Canarias registraba 101 casos de Covid-19 y solo una muerte, la de una señora mayor vecina de la capital grancanaria. Un centenar de días más tarde las cifras se han disparado. Ayer, último día bajo la situación de excepcionalidad constitucional, las Islas contabilizaron 2.409 casos y 162 defunciones; de estos datos, 603 y 39 personas, respectivamente, corresponden a la isla redonda. Pero, después de tres meses de confinamiento, la mayor parte de estos ya se han recuperado.

Mientras los dos grandes hospitales públicos de la ciudad, el Negrín y el Insular, vivían aquellas primeras semanas una actividad frenética para intentar salvar el mayor número posible de vidas, la ciudadanía se vio obligada a estar confinada. Las casas de miles de personas se convirtieron de pronto en oficinas y aulas improvisadas. De hecho, las clases no volverán hasta el próximo curso escolar.

Y aunque muchas empresas cambiaron el trabajo presencial por el telemático, los dependientes del textil o los camareros y cocineros de cientos de bares y restaurantes lo tenían más difícil. La crisis sanitaria derivó en una económica. Los ERTEs se multiplicaron y miles de personas pasaron a engrosar las listas del paro. La falta de ingresos ha provocado que miles de personas se hayan visto abocadas a recurrir a Cáritas o Cruz Roja en busca de alimentos.

A principios de junio Cáritas anunció que el número de personas sin hogar que atienden se ha triplicado en los últimos meses. Cruz Roja, por su parte, señaló a mitad de mayo que las peticiones de paquetes de alimentos o para pagar el agua y la luz se habían disparado en un 60%. De hecho, el Ayuntamiento abrió de manera provisional el Centro de Emergencias de El Polvorín, aún sin inaugurar oficialmente, y también el centro de día de la Fábrica de Hielo. Es más, el Consistorio ha liberado a pymes y autónomos de la fiscalidad sobre la basura, terrazas, quioscos y licencias de apertura.

Los feriantes es otro de los colectivos más afectados, pues el comercio ambulante suele ser su único medio de vida. Será hoy cuando el rastro de la capital vuelva a desplegar sus puestos en la rambla Juan Rodríguez Doreste, más conocida como Parque Blanco, después de tres meses sin hacerlo. También abrirán hoy los parques infantiles, precintados un día antes del estado de alarma.

Pero hay actos que ya no volverán. De hecho, se canceló la vigésima edición del Festival de Cine, cita que tendría que haber tenido lugar del 17 al 26 de abril. Las históricas tallas de la Semana Santa capitalina tampoco salieron en procesión por las calles de Vegueta y Triana. Es más, este año no habrá ni hogueras de San Juan, ni fuegos de San Lorenzo, ni fiestas del Carmen en La Isleta.

El pasado 27 de abril los niños fueron los primeros en poder salir acompañados a dar paseos cortos. Empezaba así una desescalada que se ha prolongado en diferentes fases hasta hoy, con la apertura paulatina de establecimientos y lugares de ocio, playas incluidas. En estos dos últimos meses la población ha tenido que adaptarse a las distancias de seguridad y al uso de mascarillas de manera obligatoria. Un escenario este último que todavía no tiene fecha de caducidad a la vista y del que dependerá la llegada o no de una nueva oleada del virus y de la ansiada recuperación económica.

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