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El puro, de la tripa a la capa

La cubana Mercedes Martínez, con un taller en la capital, lleva 27 años torciendo tabaco a mano

Las manos de Mercedes Martínez llevan 27 años torciendo hojas de tabaco. Comenzó en su Cuba natal, cuando ingresó por primera vez en la fábrica de Miguel Fernández Roig en La Habana, aunque conocida popularmente como La Corona. Tras aquellos primeros pasos terminó en Gran Canaria, concretamente en el barrio capitalino de Schamann, donde tiene ubicado uno de los pocos talleres artesanales de este oficio en el Archipiélago bajo su propia marca, Doble M. Cada mañana se afana en liar decenas de puros con la misma técnica que llevan usando en la isla caribeña durante generaciones; un proceso que comienza con la confección de la tripa, el interior del cigarro, a la capa, el envoltorio final.

"El secreto de un buen puro está en mantener bien recta la tripa", apunta Martínez mientras sus manos no paran de trabajar de una manera casi mecánica después de tantos años, aunque con mucho detalle y empeño. "Con una tiras y con la otra tuerces", detalla al tiempo que termina de envolver el corazón del habanero con el denominado capote. Y es que cada hoja de tabaco que conforma este artículo considerado de lujo por muchos tienen nombre y características específicas.

"La tripa está formada por tres tipos de hoja y cada una tiene su propia función", señala la torcedora de puros. Por un lado, el seco aporta la capacidad de combustión al producto final; el volado, que otorga suavidad y aroma; y, por último, el ligero, que le da fortaleza, el cual siempre coloca en el centro de la tripa. "Según el resultado que quieras añades más o menos de una o de otra; de manera estándar pongo una de cada, pero si quisiera hacerlo más robusto utilizaría dos de ligero, por ejemplo", especifica.

Una vez tiene lista la tripa la envuelve con el capote haciendo uso de resina vegetal para fijar cada una de las piezas en su sitio. Este proceso lo puede llegar a hacer en un minuto, señala. Entonces el puro pasa a la fase de prensado, "lo tienes ahí unos 20 minutos y después le das la vuelta y otros tantos para evitar imperfecciones". A estas alturas el puro está ya prácticamente listo.

A continuación, Martínez prepara la capa, que será el envoltorio final del puro. Guarda en una bolsa las hojas que ha humedecido durante la última semana, por lo que estas tienen una textura completamente diferente a las que conforman la tripa. "Primero tenemos que despalillar", señala mientras pone en práctica la técnica. Finalmente, toca unir ambas piezas. Para ello las manos vuelven a torcer para estirar y desvenar. "Dan amargor y quedan feas", indica en relación a estas últimas.

La particular guinda del pastel la pone el pañuelo, la pieza que irá donde la boquilla. Por último, a falta del anillado, Martínez corta a medida el puro, en este caso para el más estándar unos 14,7 centímetros de longitud. Para ello utiliza una guillotina que heredó en su Cuba natal. Y es que tanto esta pieza como la chaveta, la cuchilla que usa para dar los detalles a las hojas del tabaco, y la tabla donde trabaja llevan con ella desde que comenzara en el oficio de tabaquera.

Lo cierto es que Martínez nunca pensó de niña que acabaría durante casi tres décadas torciendo puros. "Estudié construcción civil, pero me vi sin trabajo y un día fui a una fábrica de tabaco, me dijeron que iba a comenzar un curso y me apunté", relata. Tras nueve meses aprendiendo a confeccionar los habaneros en las plantaciones de Cuba entró en plantilla.

"Entonces me seleccionaron para trabajar en hoteles, cara al público, donde tendría que hacer a mano todo el proceso del puro de principio a fin", señala la artesana. Ahí comenzaría su periplo. En un momento dado un cliente la contrató para viajar a Grecia y hacer lo mismo que hacía en el Caribe pero en los establecimientos turísticos que este tenía en el Mediterráneo. Empacó una maleta de tan solo 10 kilos -que todavía guarda en casa- con todas las herramientas que la habían acompañado desde un principio en la fábrica. "Imagina cuánta ropa me llevé", apunta riendo.

A los pocos meses acabó en España y, tras pasar por varias ciudades, le hablaron de Canarias. "Me dijeron que aquí se hacían puros y que era parecido a Cuba", señala. Probó suerte y hasta la fecha. Desde entonces han pasado ya 17 años. En un principio trabajó para una fábrica de la Isla, pero hace tres años decidió que era hora de montar su propio negocio. "Sabía hacer todo el proceso, ¿por qué no iba a poder montar mi propia tienda?", indica.

Formó entonces la marca Doble M, cuya enseña no tiene origen en las iniciales de su nombre. "Esto se le ocurrió a mi esposo, si se fijan la forma de las manos al torcer un puro forman dos emes, y decidimos que era una buena idea", apunta. Y aunque su taller lo tiene en la calle Voluntad del capitalino barrio de Schamann, Martínez se recorre multitud de ferias artesanales de Gran Canaria y Tenerife en busca de nuevos clientes.

Después de tres años ha logrado fidelizar clientes tanto isleños como peninsulares y de otras nacionalidades. Vende hasta siete tipos de habaneros y también picadura de tabaco para fumar en pipa -la cual realiza a base del sobrante de las hojas que conforman el cigarro-. Pero "el secreto de Doble M", como lo llama ella, es el puro aromatizado en Brandy, con un grosor robusto. Su guinda final.

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