La Semana Santa está a la vuelta de la esquina. La agenda de la población grancanaria se diversifica entre quienes optan por irse de vacaciones a las playas del Sur, coger un avión o un barco para disfrutar de nuevos ambientes dentro y fuera del Archipiélago, pero también muchas personas asistirán a las procesiones y actos religiosos que se celebran por las calles de Vegueta y en el resto de municipio.

Sin embargo, muy pocos hogares canarios pueden echar en falta su producto estrella durante estas celebraciones festivas. El consumo de pescado salado está asociado estrechamente a la Semana Santa, siguiendo una tradición histórica ligada al catolicismo.

Los empresarios del sector aseguran que en estos días la demanda se duplica en términos generales, pese a la evolución social que ha experimentado la población. Aunque con el tiempo se han incorporado al pescado salado otras variedades como el bacalao, hablar de pescado salado en la isla es casi lo mismo que mencionar el cherne y también la corvina y hasta el corvinato.

La práctica totalidad del cherne y corvina que se somete a este proceso procede de los caladeros africanos. Se trata de pescado congelado, que luego se prepara en las plantas de elaboración y transformación existentes en la ciudad, salvo pequeñas partidas de fresco, que son ocasionales y casi insignificantes en cuanto a su volumen.

Elaboración

El proceso de preparación es sencillo, aunque requiere cierto tiempo en las industrias especializadas existentes en torno al Puerto de Las Palmas.

El pescado, procedente de caladeros africanos, se descongela previamente y se deja luego dos días en salmuera. Una vez acabada esta fase, se somete a un nuevo proceso de salado. En estas condiciones pasa entre cua-tro y cinco días que, una vez acabado, estará listo para llevarse a los mercados para su posterior venta y consumo. Precisamente, en estos días es tradición que estas especies ocupen un lugar privilegiado en los mostradores de las pescaderías.

El pescado salado adquiere mayor protagonismo en las Islas, ya que es habitual en Semana Santa que se consuma con alimentos típicos como las papas arrugadas y el puño de gofio.

Todo esto es posible gracias a una industria que ha sobrevivido gracias, entre otras razones, a la presencia de la flota de terceros países, que ha sido estigmatizada pese al impacto económico y laboral que genera.