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Ataque pirata en el Museo Canario

El centro organiza dos visitas en familia para divulgar entre las nuevas generaciones la historia del infructuoso ataque del británico Francis Drake en octubre de 1595

Ataque pirata en el Museo Canario

Ataque pirata en el Museo Canario

La incursión de Francis Drake en la ciudad sigue estando de actualidad 425 años después, convertida ahora en parte de la Historia de Canarias. El Museo Canario organizó ayer dos visitas en familia con una yincana para que niños y niñas puedan conocer lo que ocurrió en Las Palmas de Gran Canaria en octubre de 1595.

“A por ellos, grumetes, demostremos lo que valemos”. Las palabras resuenan con fuerza en el Museo Canario un domingo por la mañana. Algo desconcertados, quienes se encuentran en ese momento en la sala Chil miran hacia el lugar de donde proviene la voz, la primera planta, donde un hombre permanece mirándoles fijamente junto a la barandilla. Hierático con su casco y su armadura, parece salido de una película de aventuras históricas, y algo así ocurre. No es un visitante habitual de estas salas, sino Francis Drake redivivo. El corsario inglés que hace ahora 425 años atacó Las Palmas de Gran Canaria es protagonista de la última visita en familia organizada por el museo para acercar el espacio al público de todas las edades a través de actividades culturales.

Mientras este Drake resucitado brama desde las alturas, Abel Galindo, responsable de la empresa Arkeós Arqueología y guía de esta yincana, traslada a los jóvenes participantes hasta una época en la que los buscavidas de la mar, con o sin patente de corso (es decir, bajo comando de alguna corona europea o por libre), eran un peligro constante tanto en el agua como en tierra firme. “A este piratilla le interesaba lo que España sacaba de América”, explica Galindo.

Ataque pirata en el Museo Canario

¿Quién es ese pirata que los más pequeños aún no conocen? En el suelo de la sala, unos grandes rompecabezas de madera les ayudan a descubrir su nombre. Uno a uno van juntando las piezas sin cruzarse entre ellos -el protocolo contra el coronavirus obliga a reducir los aforos y la distancia física se respeta durante todo el recorrido, recalca el director del Museo Canario, Daniel Pérez- hasta dar con las cinco fatídicas letras: D-R-A-K-E. De repente, otro rugido del inglés desde las alturas: “¿Alguien dijo mi nombreee?”. Descubierto el malhechor, toca hablar de sus fechorías en las Islas.

Drake, sir para los británicos y pirata para los españoles, quería “quedarse con las Islas para controlar el Atlántico”, continúa Galindo en la hemeroteca del museo, el segundo espacio que visitan los participantes en la yincana. No fue el único que lo intentó, ya que el territorio del Archipiélago era pieza codiciada por las potencias europeas que en aquellos momentos competían por hacerse con las riquezas de los territorios al otro lado del Atlántico. Gran Canaria fue objeto de varias de aquellas rapiñas de tierra y oro, como la que poco tiempo después ejecutaría el neerlandés Pieter van der Does, aunque solo la del inglés fue incluida en la gran epopeya La Dragontea de Lope de Vega, que precisamente versa sobre sus últimos años de vida.

La población de la Isla, que se armó en milicias, fue fundamental para evitar la victoria de Drake, como explicaban el poema de Lope y los versos del canario Cairasco de Figueroa, que también convirtió en literatura aquel episodio. “Drake atacó a personas que casi no tenían defensas”, explica Galindo. Los “humildes canarios”, agrega, se enfrentaron al “ego y la prepotencia” del hombre de mar y su tripulación: “Eran arcabuceros y piqueros,/ y jinetes de costa valerosos./ Cuarenta ingleses mataron los primeros,/ retirando los otros temerosos”, narró Lope.

Ataque pirata en el Museo Canario

Ataque pirata en el Museo Canario

Suena a película de aventuras, pero la realidad tiene poco que ver con las superproducciones de Hollywood. En una visita didáctica como esta, Galindo recuerda a su joven audiencia que “los hechos que estamos contando no fueron divertidos”. Aunque a la mente les vengan aventuras de piratas como Jack Sparrow, esa picaresca encaja mal con la verdad: “Ser pirata significa ser un malhechor, un ladrón, esta era una época histórica de personas que hacían la guerra, pero eso no es correcto”, insiste.

En 1595, la población de la ciudad se defendió de Drake desde sus principales baluartes, las torres defensivas ubicadas en primera línea de la bahía. En esta visita al Museo Canario, niños y niñas se ponen manos a la obra para construir en menos de cinco minutos los cañones con los que librarse del ataque pirata. No son armas reales, claro, sino “un tetris lógico”, avisa Galindo mientras comienzan a montarlos. A continuación llega el turno del refuerzo de las murallas y de torreones como el de Santa Ana, ubicado por entonces donde hoy se encuentra San Telmo: los participantes van engarzando varias alcayatas en unos ladrillos y por turnos, para no cruzarse entre ellos, los colocan unos encima de otros a través de un sistema de cuerdas.

La ciudad ya está casi salvada del ataque, pero aún queda un último paso en esta visita: conocer las historias de otros piratas, como Van der Does o el canario Alí Arráez Romero, un pescador nacido en Triana a mediados del siglo XVII que tras ser capturado y vendido como esclavo acabaría comprando su propia libertad y haciéndose corsario en Argel. En cualquier caso, como insiste una y otra vez antes de despedirse, “ser pirata no es bueno”.

Ataque pirata en el Museo Canario

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