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El Rastro reabre tras meses de agonía e incertidumbre para los puesteros

Controles de temperatura y de aforo a la hora de acceder al mercadillo del Parque Blanco | La apertura ha sido posible ante la bajada de los casos de Covid-19

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“Camisetas, sudaderas, tenemos precios de risa oiga”. El Rastro de Las Palmas de Gran Canaria volvió este domingo a la vida después dos meses de parón por culpa del elevado número de casos de Covid-19 que ha soportado la capital desde principios de agosto. Para las 400 familias de puesteros que viven de este negocio supone todo un alivio tras un periodo de agonía e incertidumbre en el que han tenido que recurrir, en muchos de los casos, a las ayudas de los servicios sociales.

Los mercadillos del Parque Blanco y Vegueta arrancaron este domingo aunque con una afluencia de público más bien discreta. En ambos casos se han impuesto una serie de medidas de seguridad sanitarias con el objetivo de evitar posibles contagios de la Covid-19. Y es que para acceder al Rastro hay que hacerlo desde su extremo norte, cerca del edificio Miller, donde se ha organizado un punto de control con un tótem dispensador de gel hidroalcohólico, cámaras térmicas y un contabilizador de aforo. Mientras, la única salida del recinto está situada en la parte más cercana a la Base Naval.

De esta manera, en el interior del rastrillo tan solo pueden estar un máximo de 900 personas al mismo tiempo. Mientras, en el mercadillo de artesanía de la plaza del Pilar Nuevo, en Vegueta, no se ha puesto un control de aforo al ser menor el número de puestos, pero en cada uno de estos deberá de haber como mucho 10 personas, según han detallado desde el Ayuntamiento. Igualmente, habrá gel hidroalcohólico en cada uno de los stands. Además, la presencia policial se ha visto reforzada en ambos casos para evitar así posibles aglomeraciones.

La apertura de los mercadillos en la ciudad ha sido posible gracias a la mejoría de la situación sanitaria en Gran Canaria en los últimos días. De hecho, la consejería de Sanidad rebajó el semáforo de riesgos de rojo a verde el pasado viernes. El Ayuntamiento capitalino decidió ese mismo día autorizar la reapertura de estos espacios, aunque en el caso del Rastro se determinaron una serie de medidas adicionales para controlar el aforo.

Precisamente, numerosos puesteros señalaron que el hecho de que la autorización por parte de la concejalía municipal que dirige Pedro Quevedo no fuera efectiva hasta el viernes impidió que mucha gente supiera que el Rastro había vuelto a su actividad habitual en el Parque Blanco. Ahora confían que en las próximas semanas la afluencia de público crezca. “Esta la cosa muy foja, esperemos que vaya a mejor”, indicó uno de los vendedores mientras colocaba un cartel de “ofertón, todo a 0,50 euros”. Muchos han optado por rebajas y promociones para intentar sacar algo de dinero con mayor agilidad tras un largo parón.

El Rastro reabre tras meses de agonía e incertidumbre para los puesteros Andrés Cruz

“Estamos en las últimas”, indicó ayer Josefa Cortés Carmona, quien a sus 84 años aún permanece al frente de un puesto de ropa de cama. Lleva toda una vida dedicándose a vender en mercadillos, “desde que me salieron los dientes”, recalcó, y no recuerda una situación como esta. “Ya estábamos mal de antes, este negocio ya no da dinero”, señaló resignada junto a su botella de alcohol y mientras veía pasar a los pocos curiosos que se acercaron hasta el rastrillo de la capital. Mientras, en la mesa a tiro de piedra de la suya, su sobrino Francisco Carmona corroboraba el mismo testimonio. “Al final esto es un complemento, tenemos que tener otro sustento”, apuntó por su parte.

Y es que buena parte de las familias que viven del Rastro han tenido que apretarse el cinturón estos meses y recurrir a los pocos ahorros que tenían y a la ayuda de conocidos o instituciones. “Mi mujer tenía trabajo antes de la pandemia, pero lo perdió y ahora solo con el paro no nos llegaba si no teníamos esto”, relataba Carmona. Este puestero se mostraba ayer resignado, al igual que su tía, “los centros comerciales nos han quitado todo, encima, ¿Cómo es que ellos sí podían abrir y nosotros no?”, se preguntaba la anciana. De ahí que intente inculcarle a sus hijos que estudien para lograr una alternativa laboral.

Lo cierto es que muchas de estas familias gastaron los pocos ahorros que tenían durante el confinamiento, cuando llegaron a estar cuatro meses sin poder abrir, por lo que el periodo que ha ido desde el cierre de agosto hasta ahora ha sido peor. “Cuando estábamos recuperándonos y había ya más movimiento volvieron a cerrar”, indicó por su parte Luz Divina Heredia, quien lleva 15 años con un puesto en el rastro. “Ha sido muy duro lo que hemos pasado en este tiempo”, añadió.

Las ventas iban “flojas” y tan solo algunos transeúntes “picaban” entre puesto y puesto, según Heredia. “Así es imposible recuperarte”, añadió. Pero lo cierto es que en este primer domingo de Rastro tras dos meses y medio parados fueron varios los curiosos que se llevaron a casa un par de gangas. De hecho, los que más clientes aglutinaban a su alrededor eran los especializados en objetos de segunda mano, vajillas, libros, películas o figuras de decoración.

“Nos llevamos un par de gangas, cosas para el hogar”, señalaron Inmaculada y Cristina con varias bolsas en las manos; “y mascarillas claro”, añadieron. De hecho los tapabocas se han convertido en una de las grandes atracciones en multitud de puestos. En el de Daniel Fernández Martín y Sandra Arce las tienen para todos los gustos, colores y edades. “Ahora mismo es de lo que más se vende”, indicaron ambos mientras terminaban de despachar a varios clientes. “Aún así la cosa va despacito, como la otra vez”, recalcaron, no sin antes sincerarse y reconocer que la situación que han vivido en los últimos meses sin poder trabajar ha sido “fatal”.

El miedo al contagio y la falta de visitantes se palpaba en el ambiente. De hecho, el rastro vive en parte de los cruceristas que cada domingo recalan en Santa Catalina y suelen acercarse hasta la rambla del Parque Blanco con miradas curiosas. Mientras tanto, a los puesteros siempre les quedará el turismo interior. Es el caso de Gonzalo Ramírez y Blanca Sanginés. “Salimos del hotel a dar una vuelta y nos llamó la atención”, indicaron estos lanzaroteños de fin de semana por la capital grancanaria.

Es más, la pareja de conejeros paró y compró en uno de esos puestos con “de todo un poco”, donde compraron varios objetos de decoración. “Esto pertenece a una obra social de una iglesia evangélica de San José del Álamo, por eso vendemos muchas cosas distintas”, indicó José María Suárez de la Hoz. Pero a pesar de reconocer que algo de caja había hecho a media mañana, aseguraba que la cosa estaba “floja”, pues la afluencia de público era más bien escasa. “A esta hora suele estar que no se puede ni pasar por los pasillos”, recalcó. “Muchos no se han enterado de que hoy abríamos y otros tantos están asustados por el virus”, señaló.

El dispositivo de control y aforo que ha establecido en esta ocasión el Ayuntamiento capitalino no existía en la anterior reapertura tras la desescalada, por lo que los comerciantes esperan ahora no volver a vivir un cierre gracias a esta medida. También lo expresaron así tanto la portavoz de los populares, Pepa Luzardo, como los ediles de CC-UxGC, Francis Candil y David Suárez, quienes visitaron ayer el Rastro para conocer la situación de primera mano.

"Lo hemos pasado muy mal, sobrevivimos con este negocio, gracias al Banco de Alimentos muchas familias han salido adelante", indica José María Suárez de la Hoz, uno de los puesteros.

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Mientras tanto, los otros mercadillos de los que viven habitualmente gran parte de estas familias -Vecindario o Jinámar- todavía no tienen fecha de reapertura, por lo que ese grado de incertidumbre que han vivido durante estos meses no lo pueden dejar atrás.

“Lo hemos pasado muy mal, sobrevivimos con este negocio, gracias al Banco de Alimentos muchas familias han salido adelante”, señaló Suárez de la Hoz. De hecho, una decena de puesteros se manifestaron ante las puertas de las Oficinas Municipales del Metropole el pasado 5 de octubre para exigir la reapertura del rastro. Entonces Pedro Quevedo, concejal de Comercio, señaló que no sabían cómo controlar el aforo y evitar aglomeraciones que superaran las mil personas. De ahí que ahora hayan diseñado el citado dispositivo de control.

Algunos puesteros se mostraron ayer optimistas, precisamente, con respecto a este dispositivo para evitar las aglomeraciones de antaño. “Lo veo bien, está todo bien organizado, la cosa es adaptarse”, indicó Miguel Santana Melián. “El primer día es duro, falta que la gente se vaya animando”, señaló este vendedor de libros, vinilos y otros objetos.

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