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Tras las huellas del capitán del último barco en el que navegó Joseph Conrad

Una ruta guiada de tres horas a bordo de la guagua turística desvela detalles poco conocidos sobre la influencia británica en Las Palmas de Gran Canaria

Tras las huellas del capitán del último barco en el que navegó Joseph Conrad

Tras las huellas del capitán del último barco en el que navegó Joseph Conrad

La tumba pasa desapercibida en el cementerio más desconocido de Las Palmas de Gran Canaria. La lápida, algo desvencijada, indica que allí se encuentran los restos de Henry Robert Angel, “capitán durante muchos años del Torrens”. El navegante inglés que comandó el último barco en el que navegó Joseph Conrad -aunque nunca llegara a coincidir a bordo con el escritor- fue enterrado, como muchos otros compatriotas suyos, en una ciudad en la que la influencia británica ha sido constante desde su fundación cinco siglos atrás. Durante estos días, una ruta guiada de tres horas a bordo de la guagua turística recupera esta y otras huellas de su presencia.

Tras las huellas del capitán del último barco en el que navegó Joseph Conrad

El punto de encuentro del grupo -que no supera las 25 personas repartidas entre las dos plantas de la guagua- es el hotel Santa Catalina, nacido a finales del siglo XIX también a partir de la iniciativa inglesa. Fueron los británicos quienes en aquellos momentos impulsaron la primera planta alojativa de calidad de la urbe con establecimientos como este o el Rayo, junto al muelle de Santa Catalina. Buscaban “una ciudad donde se pudiera respirar más allá de las fábricas”, explica el guía de la ruta, Francisco Guerra de la Torre, mientras la guagua gira en la avenida de Juan XXIII para enfilar la Avenida Marítima en dirección al Puerto de La Luz.

Los casi 20 kilómetros de muelles que lo conforman en la actualidad también nacieron de la actividad empresarial de origen británico, como explica Guerra mientras la guagua se va acercando al istmo. El proyecto, agrega el guía, fue adjudicado a la Swanston & Company “a través de Juan Bautista Ripoche, que era su apoderado”, y supuso la consolidación de los negocios carboneros que décadas atrás habían comenzado dos primos, James Swanston y Thomas Miller, llegados a las islas casi por casualidad.

Swanston había salido de Escocia con 14 años rumbo a las Antillas, pero su barco fue atacado en una refriega de la Guerra de la Independencia española y acabó en Canarias. Al cabo de algún tiempo también llegó su primo y juntos empezaron a comerciar con algunas exportaciones de las Islas como la cochinilla, la orchilla o el vino y trayendo carbón de Cardiff, en Gales, aunque las mareas solían dificultar su descarga en el antiguo muelle de Las Palmas. Su negocio se ubicaba cerca de San Telmo, próximo al antiguo y poco abrigado muelle. “Allí empezaron con el carbón y el suministro a buques fue lo que fomentó la construcción del puerto, la necesidad de tener uno con más estabilidad que el pequeño muelle de Las Palmas”, continúa Guerra.

La llegada de trabajadores británicos y la multiplicación de compañías en el floreciente puerto supuso el establecimiento de instituciones y servicios de atención a la comunidad, alguno de los cuales aún continúan en activo aunque hayan podido cambiar de ubicación o función. Mientras la guagua atraviesa la calle Albareda, el guía señala hacia el hotel Cristina y explica que en sus proximidades se ubicó el primer hospital inglés de la ciudad. “Fue la enfermera miss Hudson quien empezó a atender a los ingleses en su propia casa”, aunque pronto se crearían el Seamen’s Institute y el hospital Queen Victoria.

La guagua turística continúa su ruta hacia el barrio de San José, donde descansan los restos del capitán Angel. El cementerio inglés, ubicado en el momento de su construcción al otro lado de las murallas de la ciudad, fue más una necesidad que un deseo. La prohibición de enterrar en los camposantos católicos a cristianos protestantes les llevó a buscar un emplazamiento en las afueras que poco a poco se fue llenando de tumbas. Las primeras datan de mediados del siglo XIX; las últimas, de hace una década.

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Ruta histórica sobre la influencia inglesa en la capital Juan Carlos Castro

El camposanto, declarado Bien de Interés Cultural por el Gobierno de Canarias en 2010, cuenta con unas 300 tumbas con monumentos funerarios llegados en muchos casos desde el Reino Unido. Algunas de ellas aún conservan las inscripciones de sus creadores, como Lindley en Birmingham o Fraser en Edimburgo. Las lápidas señalan el emplazamiento de nombres que forman parte de la historia de la ciudad y la Isla, como Carlos Mauricio Blandy, Ian Kendall Park o Leonard Hamaton Pilcher, además de varios miembros de la familia Miller como Mary Vasconcellos, pero también personas anónimas, como Donald Robert Hammond, fallecido en 1964 y que “descansa en la isla que amó”, como reza la losa.

En uno de los pasillos del cementerio, Guerra dirige la mirada de los asistentes a la visita hacia una de las tumbas. En la parcela yace una pareja: Dennis Edward Bingham, fallecido en 1974, y Joan Doreen Bingham. En el suelo, junto a las lápidas con sus nombres y un sencillo epitafio -“Inolvidable”- llaman la atención varias decenas de boliches que se confunden entre la grava y las hojas secas caídas de los árboles. El guía explica que la familia los envió desde el Reino Unido para que fueran depositados allí.

Quien mejor conoce los secretos del cementerio inglés -y de la comunidad británica en Las Palmas de Gran Canaria- es Betty Burgess, que espera a la comitiva en una de las últimas paradas del recorrido, la iglesia anglicana de Ciudad Jardín. El edificio, diseñado por Norman Wright, comenzó a ser construido en 1891 y en su origen tuvieron mucho que ver una vez más las mismas familias y empresas, como los Miller o la Elder Dempster, que habían impulsado otros centros sociales para los expatriados británicos. “Aquí están dos de las mejores vidrieras de Canarias, cedidas por Alfred L. Jones”, destaca Burgess.

La luz atraviesa los cristales de las vidrieras generando juegos de color en el interior del templo, aunque entre los elementos que más sorprenden a los visitantes se encuentra una sencilla placa junto a la pila bautismal. En ella aparecen los nombres de 15 hombres “británicos, anglocanarios, que murieron en la I o la II Guerra Mundial”, desvela Burgess, que atiende a los visitantes poco después de una misa dominical a la que han asistido unas 25 personas. “No tenemos subvenciones ni del Gobierno ni de la Iglesia anglicana”, explica Burgess, por lo que suelen organizar ventas de libros con títulos en inglés y español y mercadillos.

Tras recorrer la iglesia, la ruta para descubrir las huellas británicas en la historia de la capital enfila su recorrido final. Cerca del templo, en un elegante caserón de Ciudad Jardín, se levanta desde hace décadas el Club Inglés, que a comienzos del siglo XX había tenido su primera sede en el hotel Rayo, por donde todos pasan antes de regresar al hotel Santa Catalina. Para muchos, el colofón de esta visita guiada también es la primera ocasión en la que pueden ver el establecimiento, diseñado por Miguel Martín Fernández de la Torre siguiendo las líneas del anterior inmueble concebido también por Norman Wright, tras la última reforma.

UN PUENTE DE ACTIVIDADES

Las visitas guiadas por las huellas de la presencia británica en Las Palmas de Gran Canaria -las dos restantes ya tienen las plazas agotadas- son solo una de las experiencias impulsadas por la Concejalía de Turismo del consistorio capitalino para fomentar el ‘turismo interior’ durante el puente de la Constitución. El programa está diseñado en torno a varios hoteles que se convierten en ‘estaciones’ donde tienen lugar distintas experiencias organizadas por varias empresas e instituciones de la capital. Durante los últimos días se han sucedido catas de chocolate, sesiones de yoga al amanecer con desayuno incluido, talleres gastronómicos a cargo de chefs de reconocido prestigio o rutas de senderismo con visitas a bodegas. Las pocas actividades para las que aún quedan plazas libres concluyen mañana. | J. C. G.

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