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Temor a que el teletrabajo se instale

Los hosteleros de Vegueta añaden a las restricciones por la covid la falta de clientela

Gachi Rojo en la puerta de su establecimiento.

Gachi Rojo en la puerta de su establecimiento.

“Por favor, tengan consideración con el tiempo de consumo. Gracias”. Es lo que reza en el cartel del menú del día de la cafetería Rompeolas, en la plaza Santa Isabel. Es la manera que ha ideado Borja Robaina, propietario del local, para concienciar a los clientes de que la sobremesa no facilita que la hostelería salga adelante con esta crisis sanitaria al no haber movilidad de comensales. Con solo cuatro mesas en el exterior para atender a la clientela, que además se ha visto reducida por el teletrabajo, no queda otra que animar al cliente a que colabore con el establecimiento, que ha visto caer la caja en un 40% desde que el coronavirus hizo su aparición.

El local, que tiene inhabilitada la barra y las once mesas del interior, es un ejemplo del esfuerzo de los hosteleros de la capital para salvar sus negocios. Más si cabe en los alrededores de la calle Reyes Católicos, una zona frecuentada por funcionarios y abogados, entre otros profesionales, y que tras la aparición de la covid-19 han visto mermada su clientela al irse los empleados a trabajar a casa. Los empresarios temen que el teletrabajo se imponga.

En esta parte del barrio de Vegueta se encuentran el Palacio de Justicia, la consejería de Educación además de las sedes de Cecapyme, el Colegio de Abogados de Las Palmas y numerosos despachos de letrados y notarios, entre otras instituciones y negocios privados. La estructura del entramado urbano, calles en una sola dirección y aceras estrechas, impide a los establecimientos ampliar el negocio en el espacio urbano por lo que las reducciones de aforo por la pandemia reducen su facturación.

Mesas en el exterior de la calle Reyes Católicos, ayer al mediodía.

A las medidas ya impuestas para contener la expansión del coronavirus en el sector, se suma desde hace una semana la reducción del número de comensales por mesa a 4 personas en el exterior, la prohibición de usar el interior para servir y el cierre a las 22.00 horas dado que la Isla se encuentra en nivel de alerta 3. “La solución es que nos dejen poner más mesas y que nos reduzcan los impuestos”, pide el joven Robaina, con 17 años en el sector, para escapar de esta crisis, que está haciendo mella en el sector de la hostelería.

En el local de al lado, la situación es muy similar. Con cuatro mesas en el exterior, han pasado de ofrecer unos 40 menús diarios a apenas 10 en el mejor de los días. Así lo indica Sergio Santana Roldán, propietario de la cafetería Hermanos Santana, en la que trabajan hoy tres empleados tras ser despedidos dos tras la pandemia. “Desde que apareció el coronavirus las ventas se han reducido a un 70% y desde que estamos en nivel 3 al 50%”, cuenta Santana, que después de cuatro décadas trabajando en el sector asegura que solo espera “aguantar el tirón” que ha impuesto el coronavirus.

El establecimiento lleva 40 años abierto y en su época dorada llegó a repartir 100 menús diario y a contar con 11 empleados.

El tirón está siendo, sin embargo, duro con las restricciones en la hostelería y con el teletrabajo en la administración y numerosas empresas. “El que haya teletrabajo significa que los funcionarios de Educación no aparecen; que los abogados no vienen; que no haya nadie por la zona”, puntualiza el dueño del establecimiento, conocido por la fama de sus bocadillos de pata asada y por sus zumos de tunos. “No somos los responsables de los contagios”, puntualiza Santana, que se queja de la inquina que hay contra el sector.

Según una encuesta del Instituto Nacional de Estadística (Ine), solo un 14,8% de los establecimientos a nivel nacional usaba el teletrabajo antes de la llegada del covid-19. Tras la llegada de la misma, este sistema se impuso como la mejor medida para frenar los contagios y el 48,8% se sumó a ello gracias a las tecnologías.

Con la desescalada, tanto la administración como numerosas empresas han facilitado a sus trabajadores que continúen teletrabajando para evitar riesgos dado que la pandemia sanitaria parece que no tiene fin. Una situación, que unida al temor de los contagios, hace mella en el sector.

Sergio Santana limpia una de las cuatro mesas del exterior de su negocio, en la plaza Santa Isabel, ayer a la hora del almuerzo.

Los hosteleros temen que el teletrabajo llegue para quedarse. No solo porque la pandemia va para largo, sino también porque trabajar a distancia resulta cómodo tanto para el empleado como para la empresa o la administración. Así al menos lo ve Carlos Trujillo, propietario del café Adra’s en Granadera Canaria. “Si hay teletrabajo, la rueda no gira”, dice Trujillo, un venezolano que adquirió el negocio tras un traspaso hace tres años y que ha tenido que mandar al Erte (Expediente de Regulación Temporal de Empleo) a dos de sus empleadas dado que solo puede tener tres mesas en la calle para mantener la distancia de seguridad entre comensales, mientras que las 20 del interior están inutilizadas.

De una veintena de menús diarios ha pasado a unos cuatro con “mucha suerte” de lunes a viernes, dado que los fines de semana el local permanece cerrado como la mayoría de los establecimientos de la zona al funcionar con el horario laboral de oficinas.

“El funcionariado sigue viniendo, aunque no tanto porque la mitad de ellos está teletrabajando, pero no tienen dónde sentarse”, explica Trujillo ante las tres irrisorias mesas del exterior que tiene operativas por la situación de alerta 3 en la Isla. El joven empresario califica la situación actual del negocio “de guerra”, tras la caída de la facturación a un 40%. El negocio se salva gracias a los bocadillos que muchos empleados de la zona se llevan al trabajo para almorzar. “El desayuno y el menú es tan bajo ya que no podemos ajustar aún más los precios para pagar a un motorizado para prestar servicio a domicilio”, responde ante la posibilidad de utilizar esta fórmula para incrementar el negocio ante las limitaciones de aforo.

Impaciencia

Para el hostelero no queda otra que armarse de paciencia para sobrellevar la crisis. “Es lo que tenemos que aprender de este virus”, afirma este venezolano, conocedor de numerosas crisis por la situación de inestabilidad política que vive su país con el gobierno de Nicolás Maduro. “Yo ya viví esta crisis, si esperamos a que lo resuelvan los políticos nos salen raíces”, postula, confiado en que la pandemia solo acabará si la ciudadanía responde con responsabilidad frente a la pandemia y colabora con la hostelería.

Ana Cecilia López, propietaria de La Montevideana, en la calle Reyes Católicos, también sabe de crisis económica, “política y de todo tipo” dado su origen uruguayo. Ella también cree que tras la crisis sanitaria muchos trabajadores optarán por seguir teletrabajando por lo que el negocio se resentirá. De momento ha dispuesto tres mesas en la estrecha acera “porque no se puede obstaculiza el paso”, mientras espera a que se levante la veda para utilizar al aforo interior. “No nos podemos quejar, la gente se va pronto para dejar paso a otro cliente”, sostiene sobre la colaboración de la clientela ante la escasez de sitios donde sentarse a comer. Cecilia cree que el gobierno debería de ofrecer ayudas a los negocios para poder hacer frente a los impuestos que como autónomos tienen que pagar. “Nos aplazan los impuestos pero al final lo tenemos que pagar igual”, apunta.

En La tía Tere, unos metros adelante, la situación de enfado ante las nuevas restricciones a la hostelería se da cuenta en un cartel pegado en el escaparate. “Nos obligan a cerrar. ¿Es justo? Que nos expliquen. Nos culpan de lo que no somos responsables. Estocada mortal a la hostelería”, dice el letrero. Graciela Rojo, más conocida como Gachi entre los vecinos tras haber regentado seis establecimientos en la capital; entre ellos El Charleston, es quien rubrica estas palabras. “Lo pegué el lunes, que no abrí por el cabreo, después de pasar a la fase 3”, cuenta la hostelera, que asegura que la caja ha descendido a un 50% desde el 25 de mayo por lo que ha tenido que desprenderse de la empleada.

Su local se reduce a las tres mesas que ha podido instalar en el exterior, en una acera en la que es difícil disfrutar de un café por la estrechez, que se ha de compartir con los peatones, y el ruido del tráfico de la calle. “La solución tiene que venir con ayudas al sector y paralizar los impuestos”, argumenta la hostelera, que no solo ha visto mermada su clientela por el funcionariado, sino porque muchos mayores de la zona han dejado de salir a merendar por temor al covid-19. Ella también cree que el teletrabajo ha venido para quedarse por la comodidad y el ahorro que supone para el trabajador al no tener que desplazarse y recortar gastos en ropa, parquin, comida y “hasta mascarillas”.

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Bares y cafeterías en Vegueta afrontan la pérdida de clientela José Carlos Guerra

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