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“Los jóvenes quieren comer más sano”

El mercado del Puerto vive a medio gas sin turistas pero con la llegada de nuevos clientes

“Los jóvenes quieren comer más sano”

“Los jóvenes quieren comer más sano”

“Hasta hace dos o tres años solo venían a comprar personas mayores, pero ahora vienen muchos jóvenes”, apunta Segundo Díaz Sosa, frutero de profesión en el mercado del Puerto de Las Palmas de Gran Canaria. “Se han apuntado a comer más sano”, afirma rotundo. Este puestero lleva toda una vida en la histórica lonja y ha visto mil y un cambios. El último, el interés por la vuelta al producto local y el trato cercano, una tendencia que se ha visto agudizada por la pandemia de la Covid-19.

El mercado del Puerto vive estos días su 130 aniversario. Lo hace a medio gas, pues desde que fuera reconvertido en centro gastronómico hace siete años los locales se han enfocado en el ocio y el turismo, dos sectores que se están viendo seriamente afectados por las medidas para atajar la crisis sanitaria. Pero, aún así, el sentir entre fruteros o carniceros es el de un cambio, una tendencia a comer más sano. Díaz Sosa lleva desde los 13 años trabajando en el puesto. “Empecé vendiendo plátanos en manilla en un mostrador muy pequeño”, apunta. Corría el año 1968 y la lonja era un hervidero de marineros, agricultores, locales y turistas europeos.

“Los jóvenes quieren comer más sano”

“En aquel entonces había montón de puestos, los mostradores apenas tenían dos o tres metros de ancho”, explica el frutero. Natural de Moya, llegó a la ciudad en busca de trabajo cuando apenas era un adolescente. Lo consiguió y con el paso del tiempo logró tener su propio negocio, una frutería que ahora será para su hijo, quien hoy día ya trabaja con él. “No es como antes pero todavía siguen viniendo muchas personas, la fruta es fresca y la gente lo sabe”, precisa mientras coloca un par de papayas cortadas a la mitad; “¿si hay papas del país, por qué voy a vender inglesas?”, se pregunta.

El Ayuntamiento ha querido impulsar los mercados con el objetivo de fomentar el producto de cercanía y para ello ha implantado desde la pasada primavera el reparto a domicilio en las cuatro plazas de abasto de la ciudad. Pero, aún así, Díaz Sosa nota la ausencia de turistas. A su alrededor, la mayoría de los bares de este mercado reconvertido en centro gastronómico permanecen con la persiana bajada por culpa de la alerta 3 de la crisis sanitaria. Mientras, en el exterior, la mayoría sí abren estos días gracias a sus terrazas, pero la falta de público se nota.

“Estamos aguantando hasta que lleguen las vacunas para que entre el turismo”, señala Orlando Quintana ante el mostrador de su heladería, El Cambullonero. Este profesor de autoescuela quedó desempleado hará seis años y decidió abrir un local con camisetas tematizadas de bandas en el mercado del Puerto, explica. “Vimos la oportunidad, pero el resultado no era el esperado”, precisa.

“Los jóvenes quieren comer más sano”

Finalmente, junto a su esposa decidió cambiar el concepto y abrir una heladería. “Desde la gerencia nos dijeron que era algo que no tenían y vimos la oportunidad”, apunta Quintana. Pero la falta de turismo le está haciendo mella. “Aquí desde que se nubla el canario no se toma ni una bola de helado”, indica, “en cambio, al turista eso no le importa”. Ahora vive de los vecinos de La Isleta, “un barrio luchador”, tal y como lo define él mismo. “Enseguida me abrazaron, por eso le puse al puesto Cambullonero, un homenaje a todas las personas que se dedicaron a aquel oficio”, explica.

Durante décadas los cambulloneros del Puerto acudían al mercado en busca de mercancía para luego intercambiarla en los barcos, una actividad que ha dejado huella en los isleteros. “Más de un señor ha venido y al ver el rótulo empiezan a recordar historias de cuando ellos eran cambulloneros”, destaca Quintana. La plaza nació a fines del siglo XIX como un mercadillo al aire libre en un solar, en 1911 los vecinos lograron techarlo con la estructura de hierro forjado que hoy se mantiene en pie, un edificio con una arquitectura única en la Isla.

La familia de Juan Dávila lleva ligada a este mercado casi desde entonces. “Mi abuela ya tenía un puesto aquí hace 90 años”, destaca mientras termina de adecentar unas cuantas rosas y claveles en su floristería. “Ella y mi madre después apenas tenían un puesto con un par de tablas”, recuerda. Ahora asegura que tiene que “agarrarse” a fechas como San Valentín para poder “tirar”, más en tiempos de crisis. Y es que en su caso también nota la ausencia de turistas, a quienes describe como “entusiastas y curiosos por conocer” los entresijos de las plantas.

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