Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

ANÁLISIS

Monseñor Antonio Socorro Lantigua

Aniversario del prelado nacido en Tafira en 1891, y que durante cinco décadas vivió volcado hacia la Patrona, figura clave en la historia de Nuestra Señora del Pino

Retrato al óleo de Socorro Lantigua.

Retrato al óleo de Socorro Lantigua.

La historia de Nuestra Señora del Pino y la de los Patronos de la Virgen no podrían entenderse en su extensa trayectoria si en estos acontecimientos no se involucra la egregia figura de monseñor. Durante casi cinco décadas don Antonio vivió volcado hacia la Excelsa Patrona y a la causa del patronato. Desde que llegó a Teror de la mano de Francisco Manrique de Lara y Massieu, su mayor empeño fue siempre el de enaltecer al máximo el culto y darle la más alta solemnidad a la festividad mariana. La Virgen será siempre el epicentro imprescindible de su vida. Como él llegó a decir, “la razón de mi existencia”.

No en vano el sacerdote llevaba por apellidos las onomásticas canarias de las vírgenes de Tejeda y la de Señora de la Catedral de Santa Ana, respectivamente y, además, por línea materna descendía legitimamente de Juan Pérez de Villanueva, el fundador.

Antonio Socorro nace en Pico Viento de Tafira a las cuatro de la madrugada del día 10 de febrero de 1891. Fue el único hijo de Salvador Santana Socorro y de Celestina Lantigua Sánchez, naturales de aquel pago. Cuatro días más tarde, al prematuro neófito se llevó con urgencia a bautizar a la parroquia de la Concepción, suministrándole las aguas del Jordán el presbítero, Francisco Caballero del Toro. Actuó de madrina su tía abuela, María del Pino Sánchez Herrera, y llevó el nombre del Santo de Padua por su tío materno, Antonio Lantigua.

Multitudinario entierro de monseñor Socorro Lantigua. | | LP/DLP

Por entonces, su padre era un muchacho de veintidós años que con su carreta ayudaba en la hacienda del último mayorazgo de la casa Manrique de Lara en sus propiedades de Salvago y Zurbarán. Su servicio era muy apreciado en la época en que la familia levantó en sus predios de Tafira una fábrica de azúcar.

Contagiados por el furor que el cultivo de la caña había deparado entre los agricultores isleños para paliar la fulminante caída de la cochinilla, los Manrique llegaron a moler varias cosechas hasta que un pavoroso incendio acabó definitivamente con la industria.

No obstante, Salvador Socorro siguió prestando sus servicios en la ilustre casa, y con su inseparable carro se convertirá en el emisario de la familia. La diversidad de domicilios y haciendas de la saga y las reiteradas esquelas que la aristocracia repartía entre sus amistades para anunciar algún evento social, hicieron de Salvador un imprescindible y apreciado sirviente.

Su madre, Celestina Lantigua, de 23 años, procedía del pago de San Lorenzo, y sus numerosos deudos se movían entre el Lomo Blanco y los aledaños de Tafira. También prestaba sus servicios en la casa Manrique formando parte de la legión de muchachas domésticas que se ocupaban de las numerosas tareas de las haciendas de sus señores.

Era costumbre de aquellas mansiones solariegas que el servicio les acompañase en sus reiterados desplazamientos. Los traslados en bestias aportando los enseres requería la asistencia del personal que se cuidará de atender la mudanza.

En el mes de julio se solía ir al cortijo de San Ignacio de Jinámar, y en septiembre la convocatoria indiscutible era la villa mariana para asistir a la festividad de la Virgen. A Teror frecuentemente acudía el joven matrimonio con su vástago Antoñito.

Por aquellas décadas finales del Diecinueve la solemnidad mariana era sobria, y salvo la eucaristía y posterior procesión alrededor del templo apenas había otra manifestación festiva.

Monseñor Antonio Socorro Lantigua

La decadencia de aquella centuria fue progresiva. Después de los tumultos de principio de siglo que acabó con varios hijos de la villa en prisión, la segregación del obispado, la desamortización del clero, y los aires hedonistas que se ciernen sobre el populacho, contribuyeron al deslucimiento de la que fuera gran fiesta. Incluso, hasta los prebendados de la catedral de Santa Ana disculpaban su asistencia a los cultos, alegando vejez, indisposición o a las incomodidades del camino hacia la villa. Después de 1815 la Virgen no volvió a bajar a la ciudad hasta la contienda nacional del año treinta y seis.

En este ambiente festivo y familiar de los Manrique se ha de mover el adolescente Antonio Socorro Lantigua. Creció en el entorno de los hijos de Francisco Manrique de Lara y Manrique de Lara, en las propiedades que la saga detentaba en el amplio ámbito del Monte.

Por edad y cercanía sintonizó con el más joven de los varones del señor de la casa, el homónimo Francisco Manrique de Lara y Massieu, con el que se llevaba nueve años de diferencia y con el que se va a formar en el futuro la imprescindible pareja que contribuirá al enaltecimiento de la Patrona de Gran Canaria.

Decidido tardíamente a seguir la carrera eclesiástica, el muchacho ingresó a los 21 años en el seminario de la Universidad Pontificia de Canarias. Con la ayuda económica de su familia protectora, la oportuna intervención del obispo Marquina y una beca que solicita su padre alegando su pobreza, ingresa como alumno interno en el centro y cursa el primer año de Sagrada Teología.

A partir de ese momento la iniciada carrera sacerdotal del joven seminarista va a ser vertiginosa. En su expediente incluso se resalta que ha hecho un curso abreviado. Con un año de estudios, el sábado 6 de junio de 1914, festividad de la Santísima Trinidad, recibe en la capilla del palacio episcopal el orden del subdiaconado.

Le pone las manos el prelado Marquina y Corrales, quien ocho meses más tarde (27-2-1915) le vuelve a recibir en el prelatura de Santa Ana para darle el diaconado, y el Sábado de Gloria de aquel mismo año (3-4-1915) alcanza por deseo de don Ángel el presbiterado.

Su primera misa

Cantó su primera misa en la histórica iglesia de Santo Domingo de Guzmán. Un mes más tarde, en plena contienda mundial, (31 de mayo) el obispo le otorga su primer destino y le designa párroco de Nuestra Señora del Rosario en Puerto Cabras. El estrenado sacerdote de Pico Viento tiene 24 años recién cumplidos y para hacer méritos marcha ilusionado a la isla majorera a desempeñar el ministerio encomendado. Tres años va a permanecer el cura de Tafira en Fuerteventura.

La capilla del Hospital de San Martín de Las Palmas se acababa de quedar sin responsable. Los años que se están atravesando en la ciudad son de extrema crudeza. Las postrimerías de la gran guerra y la mortal epidemia de gripe que diezma la Isla tiene atemorizada a la población.

Ante tantas desgracias se impone como uno de los mejores remedios la práctica de la oración. Francisco Manrique de Lara y Massieu, hombre de fe acreditada y entusiasta del culto divino, solicita al obispo Marquina el traslado de destino de su protegido e intercede para que le extienda el nombramiento de capellán del hospital de la alta Vegueta, credencial que se produce el 3 de noviembre de aquel funesto año de 1918.

De cura rector de la parroquia matriz de una isla con rango de arciprestazgo pasaba a regentar la capellanía de un sanatorio con sólo 27 años, edad algo impropia para desempeñar en el benéfico centro tan responsable labor.

Sin embargo, su regencia fue desarrollada a satisfacción de los internos hospitalarios, la curia y los feligreses, sobre todo de la vecindad del aristocrático barrio que encontraron en el nuevo capellán de San Martín al idóneo director espiritual de sus mansiones blasonadas.

La capilla del hospital se pone de moda entre la acrisolada burguesía que acudirá cada tarde al rezo del santo rosario, a los novenarios que se programan a lo largo del año y a las celebraciones litúrgicas que señala el calendario eclesiástico, especialmente a los cultos dedicados a la Virgen de Lourdes, patrona de aquel recinto sanitario. En San Martín van transcurriendo los lustros hasta que al joven presbítero le llegue la gran oportunidad de su carrera sacerdotal.

En el ínterin de tantos años, don Antonio complementa sus ocupaciones dando clase de latín en el Seminario, y acude con frecuencia a Teror con la familia de sus protectores para las fiestas de Septiembre.

Después de la coronación de la Virgen y la titulación de Basílica, las solemnidades del Pino adquirieron un acusado relieve, resaltadas con más entusiasmo por la intervención decidida de la camarista doña Luisa y del entonces celoso rector, Juan González Hernández. Durante nueve años el capellán de San Martín vive las efemérides marianas del Pino con gran satisfacción. Su cita anual a Teror será inexcusable y su amor a la Patrona va acrecentándose.

En 1927 muere el presbítero González. La iglesia de Teror es uno de los destinos más ambicionados por el curato isleño y son varios los sacerdotes aspirantes a sustituir al párroco difunto.

Pero, una vez más, la influencia de los Manrique de Lara en el episcopado insular logrará que la plaza terorense recaiga en el favorecido clérigo de la casa. Al mismo tiempo de proporcionar a la villa un cura ejemplar, la rectoría del nuevo responsable contribuirá al engrandecimiento del patronazgo que comienza su andadura en los anales históricos de la comarca mariana.

El nombramiento lleva fecha del 7 de noviembre de 1927 y lo rubrica con el sello episcopal el obispo Miguel Serra y Sucarrats. Uno de sus primeros logros en la nueva feligresía fue la adquisición del artesonado mudéjar de la llamada Casa de la Virgen o de la Cilla en 1929. Asesorado y financiado por Francisco Manrique, se compró para colocarlo en el camarín de la Patrona.

La noble y atrayente figura de don Antonio va adquiriendo al paso de los años el respeto unánime de los feligreses. Su trayectoria parroquial le va convirtiendo en el regente imprescindible, en la autoridad máxima de la comarca. Su prestigio se consolida cuando el Papa Pío XII le otorga en 1957 el preciado título de Prelado Doméstico de Su Santidad.

La credencial, solicitada por el obispo de Tenerife Fray Albino años antes, será un eslabón importante en la biografía del nuevo monseñor.

El acto de imposición de los atributos y la entrega de la credencial pontificia se celebra en la parroquia con una solemne ceremonia que hizo época en la villa.

El ropaje de la prebenda es costeada por la Sección Femenina y realiza la presentación del homenaje la entonces inspectora de Enseñanza Media, María Paz Sáenz Tejera.

El patrono de Nuestra Señora también quiere contribuir al esplendor del acto regalándole al estrenado prelado un pectoral de oro y amatistas que solemnemente entrega la consorte, María Luisa de Llarena y Cólogán que actuó de madrina. Ante el esplendor de la bella joya, inmediatamente don Antonio se desprende de la cruz y la deposita para siempre sobre la saya blanca de su idolatrada Madre la Señora del Pino.

La importante labor parroquial del veterano sacerdote ha sido tan fecunda y reiteradamente noticiada por diferentes medios que aconseja evitar ahora la repetición.

Su incansable trabajo para que la devoción de la Virgen del Pino se extendiera a toda la diócesis promocionaron con entusiasmo las actuales fiestas patronales, las ofrendas y las romerías.

El guardián y custodio mayor de la Señora falleció en la clínica San Roque de Las Palmas de Gran Canaria, a las diez menos cuarto de la noche del 9 de julio de 1973. Tras ser amortajado, el capellán fue llevado a la Basílica para instalar la capilla ardiente a los pies de la Santa Madre de Dios.

Dos días más tarde fue sepultado en el presbiterio del altar mayor, junto con los restos de su madre Celestina, en medio de la emoción incontenida de sus feligreses. Los Príncipes de España fueron los primeros en enviar un expresivo y sentido pésame por la lamentable pérdida del insigne arcipreste de la villa mariana de Teror.

Compartir el artículo

stats