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ANÁLISIS

Cuatro parroquias en torno a la Catedral

En las cuatro añejas parroquias a ambas “orillas” del legendario Guiniguada bulle un sentimiento de fervor religioso y de creatividad artística y artesanal

Cuatro parroquias en torno a la Catedral

Con la llegada de la primavera el centro histórico de nuestra ciudad, sus dos barrios fundacionales, intensifica su pulso habitual a la par que agranda su ya de por sí boyante actividad cultural y artística.

En efecto, a ambas “orillas” del legendario y añorado Guiniguada, en las cuatro añejas parroquias, bulle un sentimiento de fervor religioso y de creatividad artística y artesanal, que ahonda el arraigo y el sentimiento de pertenencia, que mantienen viva una idiosincrasia que, en lo fundamental, se ha ido conformando a lo largo del devenir de más de cinco siglos.

La Geografía y la Historia asientan una evocación de similitudes de Las Palmas con Sevilla. Aquella en lo referente al paralelismo entre el río andaluz y el barranco canario, ésta por la procedencia de los primeros pobladores del Real, que dejaron una indeleble impronta en la conformación de nuestros valores, incluyendo el habla y la toponimia. Así, con el transcurso de más de medio milenio, con sus vicisitudes y avatares, llegamos a la configuración de la actual “semana mayor” de, al menos, el casco histórico.

El Parque de San Telmo y la Plaza de Santo Domingo delimitan el escenario pasional de las diversas procesiones. Comienzan éstas en la mañana del Domingo de Ramos con la salida, desde San Telmo, de “La Burrita·”, talla valenciana que, desde principios de la pasada centuria, congrega a una multitud de niños, con sus palmas y olivos, para dar paso, ya en la tarde-noche, entre hileras de nazarenos, a la estación de penitencia del más impactante, por su puesta en escena, desfile procesional, que protagoniza la popularmente conocida como “cofradía de los andaluces”, que despliega por calles y plazas de Vegueta, en torno al Cristo de la Salud y la Esperanza de Vegueta, visiones, sonidos y aromas que nos trasladan a Cádiz, a Huelva o a la misma Sevilla. Talla salida, la primera, de las expertas manos del imaginero Paz Vélez, un cautivo de noble virilidad, muy similar al de la Hermandad hispalense de Santa Genoveva, del mismo autor, mientras la segunda, bajo palio, original del palmero Arsenio de las Casas como Virgen de la Misericordia, delicadamente restaurada por Vélez para pasar a su actual advocación. Dos años atrás estrenó un suntuoso manto bordado. Saetas y malagueñas se alternan al compás de las mecidas que los costaleros imprimen, como queriendo elevar a sus titulares hasta el mismo cielo.

El Miércoles Santo, las ansias acumuladas por dos días sin salidas las colman dos hermandades, una de cada barrio. Ante el pequeño pórtico de la gran ermita de San Telmo colocan sus cofrades, con mucho mimo y cariño, a su Virgen de los Dolores de Triana, imagen de sencilla hermosura, que parece imposible que consiga atravesar el marco que la separa de la calle, pero que, heróicamente, sus costaleros, varias de ellos mujeres, logran entre el aplauso del numeroso público congregado desde rato antes, que se mezcla con la marcha del himno nacional y el tañir de la campana desde la espadaña. Una vez en la calle, el ordenado cortejo de hombres de oscuro y mujeres con mantilla canaria negra, sosteniendo faroles, se encamina por la Calle Mayor, arropado por malagueñas, hasta su estación de penitencia en la ermita de San Antonio de Padua, familiarmente denominada “Los Franciscanos” y regresar por su barrio esta talla granadina, ya de noche, hasta su templo de culto.

Algo más tarde, el antiguo templo del convento dominico de San Pedro Mártir vuelve a ser protagonista, ahora con la histórica procesión del “Santo Encuentro”. La hermandad del mismo nombre ha recuperado, hace ya varios decenios, la tradición, muy extendida en el Archipiélago, del encuentro entre el Nazareno con su madre y las santas mujeres y los santos varones. Aquí son cinco los pasos que, paulatinamente, y escoltados por nazarenos, van saliendo desde la iglesia de Santo Domingo de Guzmán para, por diversos discurrires, encontrarse todos en la Plaza de Santa Ana y hacer estación de penitencia en la Catedral. Dos soberbios tronos, de procedencia malagueña, portan las magníficas imágenes del Señor con la Cruz a Cuestas y Nuestra Señora de los Dolores de Vegueta Coronada, aquel acompañado por Simón Cirineo y ésta con espléndida corona y el más rico manto de nuestra Semana Santa. Completan el cortejo tres sencillas pero dignas andas procesionales ocupadas por La Verónica, San Juan Evangelista y La Magdalena, todas de Luján excepto esta última, que en nada desmerece, cuyo autor es Silvestre Bello. Otro San Juan, de Arsenio de las Casas, posee la cofradía para su procesión del Retiro.

A las doce en punto de la madrugada del Viernes Santo, recién acabada la visita a los monumentos, desde la diminuta Ermita del Espíritu Santo, aparece, fiel reflejo de la jornada que vivimos, el austero semblante del Cristo del Buen Fin para ejecutar un vía crucis orlado de rezos y silencios. Los hermanos de esta cofradía lucen opas rojas y portan faroles, creando una atmósfera de drama sin concesiones. Jerusalén y Vegueta son, esta noche, lo mismo.

Recogido hace ya horas el Buen Fin, otro crucificado irrumpe en el atrio de la Catedral. La severidad dramática da paso a la sobria solemnidad cuando, a los sones del “Mektub”, la plaza mayor es testigo de la presencia del exquisito Cristo de la Sala Capitular, aminorada su desventura, ahora sí, por la presencia de su madre, encarnada en la portentosa talla de la Dolorosa de Luján. Un mar de mantillas canarias blancas parecen dulcificar lo que vemos y oímos. A su entrada, la misma Banda Musical interpreta la “Marcha Fúnebre” de Chopin. “Procesión de la Mantillas” o “Procesión del Arte”, las dos denominaciones aciertan al describir esa hora matutina en la que Vegueta es más Vegueta que nunca.

Si nuestras retinas aún no se han colmado de belleza y si nuestros oídos no se han saciado de armonías, llega, ya a media tarde, la hora de la “procesión oficial”, de la Magna Procesión, esa que aglutina a tres viejas parroquias en un solo discurrir.

Desde Santo Domingo nada menos que tres Señores procesionan esta tarde. El Señor Predicador con la Magdalena, de Luján y Rafael Bello respectivamente, sobre un sobrio trono de madera noble. El Señor Atado a la Columna, gran talla de escorzo dramático obra del imaginero madrileño Tomás Calderón de la Barca, portado por un muy singular trono de plata de estilo gótico. El Señor con la Cruz a Cuestas, del Santo Encuentro, vuelve a salir en esta jornada para completar las secuencias de la Pasión.

Irrumpe la Vegueta Baja en la Semana Santa, desde la Parroquia Matriz de San Agustín, aportando tres tronos que conforman un armonioso calvario. El Cristo de la Vera Cruz, patrono de la Ciudad y de la Policía Local, San Juan Evangelista y la Dolorosa Genovesa, aquellos de Luján y ésta de autor desconocido y procedencia italiana, en tres elegantes y señoriales tronos que aportan medida y equilibrio singulares, con los inconfundibles perfiles de la espigada cruz del Crucificado, la capa desparramada del apóstol y el exquisito sol de plata que enmarca el entrañable ensimismamiento de la Virgen y hace de contundente cierre, en mudo acorde, del cortejo agustino.

A los tronos de las dos parroquias de Vegueta aguarda en la Alameda de Colón, el insustituible aporte que realiza la Parroquia de San Francisco de Asís, con cinco pasos procesionales encabezados por el Señor en el Huerto, plástico misterio que conjunta las obras de tres escultores, Luján, Casañ y Arsenio de las Casas. Le sigue, bajo palio, el hierático y antiquísimo Señor de la Humildad y Paciencia, restaurado por Luján, a quien pertenece el San Pedro Penitente que se sitúa a sus pies.

El final de la Pasión lo conforman los tres siguientes tronos. La Cruz Desnuda con San Juan y la Magdalena, ascética y expresiva estampa que precede al discurrir del Cristo Yacente, que impregna el aire de silencio y respeto. Cierra el magno cortejo, resuelta en plata y terciopelo, la regia e imponente Soledad de la Portería Coronada, de profunda e histórica devoción, tras la que, como escribió el poeta …Va la Ciudad llorando su desvelo y vertida en tu quebranto… .

Apenas recogida la procesión en sus tres templos, dos retiros, con las dos dolorosas coronadas, ponen, en torno a dos bellas plazas, sendos broches de oro a una semana de fervor y arte.

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