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Carmen Marina Quintana: “La fidelidad de mis clientas ha sido el mayor premio a mi dedicación”

Carmen Marina Quintana, dueña de Salón Coral

Carmen Marina Quintana, dueña de Salón Coral Andrés Cruz

Salón Coral, situada en la calle Bravo Murillo de la capital grancanaria, cubrió con creces las expectativas de la amplia y fiel clientela que confió su imagen a sus grandes profesionales. Por sus manos pasó un incontable número de mujeres de varias generaciones y diversas personalidades, estéticas y gustos, que depositaron su confianza en el cohesionado equipo que creó, formó y dirigió Carmen Marina Quintana Cárdenes. “Crecimos muy pronto y rápido, hasta el punto de pasar de ganar 7.000 a 30.000 pesetas”, indica. Este miércoles dijo adiós después de seis décadas de apasionada dedicación a la peluquería

Carmen Marina Quintana, Ina, solo tenía 18 años cuando decidió abrir su propio negocio, sin imaginar que pudiera darle tantas satisfacciones durante tanto tiempo. Seis largas décadas después, Salón Coral ha cerrado sus puertas este miércoles 31 de marzo de 2021, a apenas siete meses de cumplir los sesenta años. 

Salón Coral dice adiós, cierra sus puertas después de tantísimos años, ¿siente pena?

Cuando fui a estudiar a Madrid nunca pensé que fuera a estar sesenta años dedicada a la profesión que elegí. A una profesión que me fue agarrando y que hizo que cada día me levantara con mucho entusiasmo para seguir ejerciéndola. Puedo decir que formé un equipo de profesionales maravilloso. Y que fue una peluquería de élite, sin quererlo. El mayor sentimiento me lo produce la clientela, a la que quiero y que me ha sido fiel durante mucho tiempo y hasta el último momento. ¿Pena? No, porque yo he pasado por muchas penas de verdad en la vida… Esto es otra cosa. Soy consciente de que todo tiene su tiempo y que Salón Coral representó toda una época y que ha llegado la hora de cerrarla.

Usted decide dedicarse a la peluquería y monta muy joven un negocio en los años sesenta, ¿cómo se hace algo así?

Cuando todas mis amigas se fueron a estudiar una carrera, yo era consciente que yo no podía hacer una. No podía ni monetaria ni académicamente. Pero, como le comentaba, me agarró esta profesión de la peluquería y me fui un año a estudiar a Madrid. Acabé en julio, y en octubre de ese mismo año de 1962 abrí mi propio negocio. Yo lo tenía muy claro desde el principio, pero pude hacerlo porque Martell Ribacoba creyó en mí y me montó la peluquería. Fue en un local en la calle Cano, encima de La Granadina, con lo mínimo y dos empleadas. Después se nos quedó chico, porque vivíamos también allí, y nos mudamos a General Bravo. Primero en la planta de arriba y luego abajo, donde hemos estado en los últimos años.

Todo tiene su tiempo: Salón Coral representó toda una época y ha llegado la hora de cerrarla

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Aquel pequeño negocio inicial se termina convirtiendo en salón de estética con cierto renombre en la ciudad, ¿cuándo se produce ese salto?

La verdad es que crecimos muy pronto y demasiado rápido, hasta el punto de pasar de ganar 7.000 a 30.000 pesetas de golpe: una barbaridad. Gracias a la peluquería yo he podido tener todo lo que tengo; y también darle todo a mis hijos. Pero es que además yo era muy feliz en aquella actividad.

¿Cuántas empleadas y cuántas clientas pasaron por Salón Coral? ¿Ha sacado el cálculo?

Pues la verdad es que no he tenido muchas empleadas. Tuvimos un equipo muy estable, que ha sido más bien una familia. Entraban jóvenes y muchas se jubilaron conmigo. Casi siempre venían por recomendación y aunque alguna vez llegué a poner algún anuncio en los periódicos, la realidad es que nunca llegué a coger a ninguna de las que llegaron por esta vía. Yo llevaba a las niñas, a las empleadas, a congresos dos veces al año para formarlas a la Península. Y yo misma iba también. Y cuando me hice ‘vieja’ me traje a Alberto Cerdán y Lorena Marlote, dos referentes en Madrid y Barcelona respectivamente, para que formaran aquí. Y siempre estuve al tanto de las últimas tendencias saliendo fuera, sobre todo a París y a Barcelona.

Esas empleadas atendieron a madres, hijas, abuelas y nietas, para las que “la peluquería de Ina” fue además un punto de encuentro en el que coincidían familias enteras.

Sí, muchísimas, no sabría decir cuántas, pero sí que el tiempo creó lazos personales entre nosotras. Con decirle que no rompí nunca sus fichas cuando se morían… Si sacaba una, rezaba un padrenuestro y volvía a poner la ficha en su lugar. La realidad es que yo me adapté a ellas y ellas a mí. Quise que en lugar de ir a confesarse, se confesaran conmigo. Las escuchaba, nos oíamos, nos prestábamos libros.

Me llevaron a Lanzarote, San Sebastián, Alemania y la India para peinar a las novias

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¿Qué recuerdos, más o menos gratos, se lleva consigo?

Pues recuerdo con especial orgullo profesional que llegué a viajar a Lanzarote, San Sebastián, Alemania o la India para peinar a algunas novias. Sin contar, por supuesto, las otras tantas que peiné y maquillé aquí ese gran día para ellas. Y algunas anécdotas, como cuando nos mudamos abajo y fueron tantos los curas que vinieron a bendecir la nueva peluquería, a petición de varias clientas, que yo me partía de risa. Incluso de los años que dediqué a la peluquería oncológica, tras hacer un curso para ello, me llevo recuerdos duros, pero gratos. Lo más duro han sido los despidos, tuvimos que hacer tres, y los tuvo que hacer Dulce…

Su hija Dulce, que es la que coge el testigo del negocio, ¿cómo se produce ese relevo?

Yo empecé a hacer una retirada progresiva a partir de mi jubilación. Cuando me fui, mi hija, que había estudiado Económicas y Esteticien Europea y se había formado técnicamente en las principales casas que servían a Salón Coral, decide continuar con el negocio. Y yo he respetado sus decisiones, tanto la de continuar en la peluquería como la de cerrarla ahora. Ella la cogió con muchas ganas y mucho amor y, a diferencia de lo que me ocurrió a mí, le tocó lo malo: la primera crisis, el ERTE, la segunda crisis y la pandemia. A mí todo me fue bien y a ella le cogió la peor parte.

Podría decirse que usted fue una peluquera metida a economista y su hija, una economista metida a peluquera… ¿Y cómo ve el negocio de las peluquerías ahora?

Pues no muy bien si le soy sincera. Ahora casi todo son franquicias de gente que va y viene. Hay muy pocas peluquerías en Las Palmas que estén llevadas por las propias dueñas. Ya no son centros en los que te escuchen, te atiendan y te tengan en cuenta como clienta, aunque no quiero generalizar.

Gracias a la peluquería he podido darle todo a mis hijos. Pero es que además he sido muy feliz

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¿Qué mensaje envía a sus clientas en esta despedida?

Solo puedo mostrarles mi agradecimiento y decirles que siempre, siempre, las llevaré en mi corazón. La fidelidad de mis clientas ha sido el mayor premio a toda una vida de dedicación.

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