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Semana Santa | Un Jueves Santo en la playa

Un Jueves Santo con mucho salitre

Cientos de personas aprovechan el buen tiempo para ir a la playa a desconectar y pasar la jornada festiva | “Quién va a irse al Sur teniendo esto aquí”, afirma un vecino

Jueves Santo en La Laja La Provincia

El rubor de las olas al romper en la orilla, bañando de espuma blanca la arena negra en un hermoso contraste de colores, mientras la luz de un sol que trataba de asomarse entre las nubes regaba la superficie calentando el ambiente y el espíritu. Estas sensaciones experimentaron ayer cientos de personas que quisieron aprovechar el buen tiempo reinante en la ciudad y la jornada festiva para acercarse a la playa de La Laja a pasar el día, pertrechados con neveras, sombrillas, un buen picnic, toallas, balones y palas, alguna que otra guitarra y, cómo no, mascarillas. Si bien la “restricción” duró solo un día, todavía había mucha gente que no tenía claro si era obligatorio usarla en todo momento, también tomando el sol, o si esa medida fue pasajera.

Con una temperatura muy agradable, un sol tibio no muy picón y las complicaciones para poder salir de la Isla ante las restricciones impuestas por el Gobierno de Canarias, muchas familias decidieron quedarse cerca y disfrutar de las muchas bondades que también ofrece la ciudad. La idea que más se repetía entre los usuarios ayer de La Laja era que quién necesitaba irse al Sur cuando se tenía playas como esta al lado de casa, sobre todo cuando el clima acompaña, como ha sido el caso de esta Semana Santa. Lejos de las multitudes y aglomeraciones propias de otras playas más septentrionales de Gran Canaria en estas fechas, quienes ayer se encontraban en el arenal capitalino tenían claro que la tranquilidad y la seguridad estarían garantizadas.

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Jueves Santo en playas de la capital grancanaria Andrés Cruz

A lo largo de toda la playa se veían grupos de personas, mayoritariamente familias, disfrutando del día de múltiples formas. Por un lado, un padre y su hijo jugaban a la pelota. Por otro, un grupo de amigos jugaban a las palas llenos de arena hasta las cejas. Dentro del mar, eran muchos los que cogían olas con sus tablas de bodyboard, la mayoría de ellos jóvenes. Varios corros de cuatro personas realizaban hacia el centro del arenal ejercicios de tonificación con mancuernas, como es habitual en la playa capitalina. Otra agrupación de jóvenes realizaba multitud de actividades de entretenimiento diseñadas por sus monitores para pasar una jornada distinta. Incluso algún acorde se escuchaba en la zona de las piscinas procedente de una guitarra que rasgaba Miguel Ángel González. Quien no se divertía era porque no quería. 

Para González y su mujer, Teresa Bello, la ciudad se ha convertido en su hogar, al que llegaron hace cinco años desde Santander. “Ahora ya no nos mueven de aquí”, asegura ella desatando las risas de su grupo de amigos, al cual conoció yendo a esta playa. “Nosotros somos de los incondicionales”, indica por su parte Miriam García, quien dice venir a diario al arenal, ya esté nublado, soleado o lloviendo. Y es que La Laja despierta un sentimiento de apego entre quienes son asiduos, que llega hasta gentes que viven algo más lejos de este lugar. Como por ejemplo José García, quien desde Firgas acude asiduamente hasta el litoral capitalino. Junto con Ovidio Montenegro y Paco El Rubio, entre todos enumeran las bondades que ofrece y que no tienen otras opciones más “comerciales”: “Tiene fácil aparcamiento, además gratuito, y queda muy cerca de donde dejas el coche”. Para Bello, a quien le gusta nadar, “tiene una mayor tranquilidad, haces largos y no molestas a nadie; en definitiva, se está muy a gusto aquí”. Aunque luego, medio en broma medio en serio, agrega rápidamente que prefiere que no se corra el rumor para que la gente no la masifique en el futuro. 

Distintos grupos aprovechan el día para hacer deporte en la arena y llevar sus piscolabis.

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El matrimonio cántabro, que además es un dúo musical que actúa en bares y restaurantes por encargo, anima el ambiente gracias a la guitarra, mientras él compone sobre la marcha una canción para ensalzar las riquezas de Gran Canaria. Por detrás, el resto del grupo se queda en absoluto silencio para escuchar las estrofas improvisadas de González. Así se pegan todo el día, con los piscolabis y la bebida preparados y ganas de pasar un buen rato todos juntos.

En otra zona de las piscinas, un grupo también charlaba animadamente. Se hacen llamar Las chicas de La Laja, y siguen una rutina estricta: casi a diario, sea invierno o verano, acuden a la playa a echar la mañana. Ayer, eso sí, tenían preparada la nevera portátil para quedarse hasta la hora de la merienda, con el termo de café incluido. Con su parcela bien delimitada, bromean quienes las conocen, estas amigas disfrutaban del buen tiempo y se alejaban de los tumultos propios del Sur en estas fechas, si bien los sábados suelen cambiar la capital por Anfi del Mar. Eso sí, siempre sobre las rocas, no en la arena. Con la lata de refresco en mano y el bocadillo de carne mechada en ristre, una de ellas se chancea con sus acompañantes con las vicisitudes de la vida. La mayoría de ellas son de barrios cercanos, pero una viene desde Guanarteme y otra desde Lomo Apolinario, ya que ven en este arenal “otro ambiente” que no se respira en Las Canteras o en Las Alcaravaneras.

Con cholas o a lo loco

Junto a Las Chicas de la Laja, suele sentarse uno de los “siete u ocho matrimonios que vienen todos los días”. Maricarmen y Antonio, de Casablanca, también dicen ir religiosamente a La Laja “aunque truene” porque es un lugar tranquilo, en el que todos se conocen entre sí, y que consideran “una maravilla” por todo lo que se ha hecho en él en los últimos años. Si bien lamentan que el suelo para acceder a las piscinas se haya visto tan afectado por la marisma y que sea imposible “caminar sobre él descalzo. O con cholas, o no hay manera porque te hace daño en la planta de los pies”, según Antonio. En su opinión, el Consistorio capitalino debería actuar sobre los pasillos y darles una nueva capa de cemento para mejorar la comodidad y atender a las demandas de los usuarios. Tal y como ya hicieron cuando les mostraron su preocupación por lo resbaladizo que era el acceso a las albercas, y Ciudad de Mar instaló una pasarela de madera. 

La misma opinión tiene Miriam García y Ovidio Montenegro, quienes también aseveran tener cierta inquietud con ese tema. De hecho, tuvieron que disponer esterillas o alfombrillas de caucho debajo de sus toallas para poder tomar el sol sin clavarse en la espalda las piedras del suelo, sacadas al exterior por la corrosión marina.

Muchos usuarios se preocupan por el mal estado que presenta el suelo de acceso a la piscina.

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También en las piscinas, la familia de Indira disfrutaba de una nueva jornada de playa en La Laja, adonde llevan acudiendo toda la Semana Santa. “No vamos al Sur porque creemos que es un error en estos momentos, ya que todo el mundo se va para allí y se masifica todo”, razona uno de ellos. De hecho, ese es uno de los motivos que más les desasosiega en La Laja, ya que cerca de donde estaban había un grupo de personas que superaba las limitaciones establecidas para las reuniones -cuatro personas-, y además se ponían a escupir al suelo a cada poco rato. 

Indira, con sus bocadillos y sus papas, apunta que ella y los suyos han acudido muchas veces hasta la playa a bañarse en la noche: “Es súper tranquilo todo, puedes nadar sin problemas y la mar está en calma, es una delicia”. Sin embargo, con el toque de queda no han podido hacerlo en esta Semana Santa, por lo que se trajeron el almuerzo y se dispusieron a pasar todo el día en las piscinas.

Desde el barrio de Jinámar, la familia Sánchez Santana también se acercó a La Laja a pasar la jornada de este Jueves Santo. Aunque el patriarca lamenta que las nubes empezaran a hacer acto de presencia sobre el mediodía, no quisieron dejar pasar la oportunidad de comprar unas pizzas -“si te tienes que levantar temprano para preparar la comida, te quita mucho tiempo para disfrutar”, reconoce- y pasar un par de horas al sol sobre el manto negro de la arena de la playa. Durante toda la semana de Pascua, habían acudido a otros arenales, como el de La Garita o el de Salinetas, en Telde, pero ayer decidieron llegar hasta la capital grancanaria. Y ensalza lo “magníficas” que son las costas de Gran Canaria, muchas veces olvidadas para ir fuera durante las vacaciones. 

El padre cuenta su secreto para conseguir disfrutar al máximo estas semanas: “En Pascua, nos solemos quedar por aquí porque las empresas suelen inflar los precios ante el incremento de turistas de estos días, y esperamos a la semana siguiente, cuando empiezan a bajar, para aprovechar el momento y pillar un apartamento en el Sur”. Para ellos, la Semana Santa dura casi 14 días, pero así consiguen gangas que, en otros momentos, no serían tan fáciles de obtener. Son los trucos de cada cual, que siempre están ahí.

Mientras la familia Sánchez Santana termina con las últimas porciones de pizzas, muchas otras personas van llegando a La Laja para pasar las horas de la tarde. Otras tantas aprovechan el mediodía para regresar a sus hogares después de una mañana de arena y mar. Muchos vivieron este Jueves Santo con salitre en la piel.

Refuerzo de las playas en Pascua

Desde el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria se ha reforzado la presencia de Cruz Roja en las playas de la capital durante estos cuatro días del puente de Semana Santa. Además, se han instalado más papeleras y contenedores de basura y se han limpiado los arenales para que la ciudadanía pueda disfrutar al máximo en estas jornadas festivas. En La Laja, hay tres socorristas y un patrón entre ayer y el domingo, que se encargarán de velar por la seguridad de los usuarios. El Jueves Santo temprano se encargaron de organizar el puesto y de retirar los montículos de arena que se habían formado para que la moto pueda desplazarse más rápidamente si surgiera alguna emergencia. Este dispositivo especial es habitual en las últimas pascuas, y es el mismo que se desarrolla los meses de verano en la ciudad. | C.A.S.

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