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Semana Santa

El Confital bien vale para estudiar

Unas amigas preparan las oposiciones en la playa mientras otros disfrutan la jornada festiva

Semana Santa: Sábado en El Confital Christian Afonso

Mucha gente tiene la Semana Santa para poder desconectar durante unos días de su rutina, descansando y recargando las pilas. Sin embargo, otras aprovechan para sacar el máximo partido de la tranquilidad de las fiestas y adelantar el estudio de sus oposiciones en lugares insospechados como El Confital.

La Semana Santa ha servido para muchos como una oportunidad para desconectar de la rutina diaria durante unas jornadas. Mucha gente ha decidido encaminar sus pasos hacia las playas de la Isla aprovechando el buen tiempo que ha acompañado en las últimas fechas. Ayer, en El Confital, decenas de personas disfrutaron del sol, el calorcito y una mar en calma para nadar, pescar, pasar el día charlando con familiares o amigos, o para correr por el paseo que une este bello paraje de La Isleta con la playa de Las Canteras. Algunas, incluso, se llevaron sus apuntes y tabletas y exprimieron al máximo los cerebros para prepararse las oposiciones en un entorno distinto y tranquilo. Y es que esta zona de la capital grancanaria vale hasta para estudiar.

Los amantes del Confital no suelen cambiar este paraje natural de la capital grancanaria por ningún otro sitio. Sus fervientes fieles acuden en una suerte de peregrinación diaria para pasar el día, pasear y disfrutar de sus bondades, y la defienden a capa y espada por su belleza, por la tranquilidad que se respira pese a encontrarse a solo diez minutos del centro neurálgico de la ciudad, y por la familiaridad de quienes suelen encontrarse allí, la mayoría de ellos vecinos del barrio de La Isleta o de Las Coloradas que se conocen de toda la vida. Además, en su aparcamiento suelen instalarse numerosos furgones camperizados que tienen como rutina acercarse desde temprano y quedarse allí hasta la tarde. Y es que en 2020, según el sector del caravaning, la venta de este tipo de vehículos consiguió capear la pandemia y solo cayó un 4% respecto a 2019. De hecho, julio, tras el confinamiento, fue el mejor mes de la historia de las matriculaciones.

Para Jessica y Nadia, el Sábado Santo fue una jornada de estudio. Con sus dos furgonetas camperizadas, decidieron pasar el día “escapando de la casa y sus obligaciones” para poder prepararse las oposiciones tranquilas. La primera se enfrenta a las de Magisterio de Secundaria, mientras que la segunda tiene las suyas al cuerpo administrativo de justicia el 17 de abril, a la vuelta de la esquina: “Estoy ya en la rampa de salida, cuesta abajo y sin frenos”. En El Confital consiguen disfrutar de la naturaleza y evadirse un poco del dormitorio o las bibliotecas y sus ambientes encorsetados. “El objetivo es poder empollar con más calma”, aseguran. 

Los vehículos camperizados, tan de moda por las circunstancias, pueblan la playa.

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Jessica es mucho más asidua que Nadia al Confital, adonde suele ir a estudiar cada tarde, ya que vive en la zona de Churruca y le queda muy cerca. “Yo siempre digo que vengo a mi terraza”, bromea. Pero lo cierto es que a esta amante del deporte, suele coger olas en la Cícer y practica voley, le traen incluso la comida y el desayuno sus amigos, por lo que está muy mimetizada con la playa capitalina. Recuerda cómo esta misma semana un hippie se acercó a su vehículo, le pidió permiso para sentarse y se puso a tocarle la guitarra mientras ella estudiaba: “Este tipo de sitios se prestan a conocer gente de este tipo, a aprender otras realidades y culturas”.

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Un sábado de desconexión en El Confital Andrés Cruz

En otro furgón muy llamativo, puesto que lleva pintados sendos cangrejos en los laterales y la playa del Confital en la parte delantera superior, charlan animadamente Mari y Jennifer, mientras sus maridos pescan. Para ellas, El Confital es su vida, ya que suelen ir allí muy a menudo, y todos los sábados se llevan la casa a cuestas para pasar todo el día en la paz que les brinda, si bien lamentan que haya una serie de cuestiones que no les hagan estar del todo a gusto. Jennifer critica que hayan cerrado el acceso hacia El Cabezón Negro y que hayan instalado vallas hacia la mitad de la playa para evitar que los coches lleguen más allá. “No tiene ningún sentido”, apunta. Mientras, Mari censura el mal estado en el que se encuentra el camino de acceso, lleno de baches y desniveles: “No quieren arreglarlo porque así no entra tanta gente”. 

Con la ensaladilla de macarrones preparada para el almuerzo y la nevera cargada de bebidas, ambos matrimonios de La Isleta va a esta zona durante todo el año, si está el tiempo bueno, como ayer, se animan a darse un chapuzón en las aguas del Atlántico. De no ser así, mientras ellos capturan pescados, ellas se sientan en las sillas y hablan de cómo ha ido la semana. Y así se pasan las horas mientras el sol va avanzando en el cielo.

“No arreglan el camino de acceso porque no quieren que venga gente”, critica una usuaria.

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Desde muy lejos llegó la familia de Orlando González, natural de Ciego de Ávila, provincia que se encuentra en el centro de Cuba. El que más tiempo lleva en las Islas, dos décadas, cuenta cómo tuvo que salir de su país en busca de una vida mejor, después de que sus abuelos, que nacieron en Valleseco, hayan emigrado al país caribeño menos de un siglo antes por las mismas razones. Es la típica historia de las migraciones entre el Archipiélago y la nación latina. Con su furgoneta bien preparada, su pequeña barbacoa, su toldo e incluso su baño químico, estos parientes disfrutaban de un buen almuerzo mientras sus hijos, todavía enchumbados después de haber salido hacía poco del agua, comentaban las correrías del día animadamente. “Hoy [por ayer] nos tocó disfrutar a tope para mañana [por hoy] descansar, que hay que recuperar la energía para regresar al trabajo el lunes”, explica uno de ellos. Y allí se quedaron, con la música a tope, que ya mañana será otro día.

El Ángel de la Guardia

Con su furgoneta bien pertrechada para la ocasión y limpia como una patena, Roque y su mujer Loli están “de lujo”. Tanto que se acercan cada día hasta El Confital porque son unos disfrutones de la vida. Él, a sus 69 años, tuvo claro con 60 que iba a dejar de trabajar para centrarse en experimentar al máximo en lo que le quedaba de existencia, y eso lleva haciendo desde entonces. Con el sancocho -“¿por qué no repetir si está bueno?”- cocinándose a fuego lento pero seguro en su butsir, el hombre recuerda que lleva yendo a esta zona del litoral capitalino desde hace 50 años, “cuando estaban todavía las chabolas y se podía ir hasta las salinas, que estaban en funcionamiento”.

Y es que Roque es una auténtica institución en El Confital. Todos le conocen como el Ángel de la Guardia, ya que siempre está dispuesto a ayudar a cualquiera que se lo pida, con el coche, con la comida o con lo que sea. “¿Para qué vamos a ir al Sur o otro sitio teniendo esta joya aquí, con la tranquilidad que se respira y lo lejos que queda el virus?”, se pregunta su mujer, quien ahora se acuerda que se olvidaron la batata para el sancocho. “Bueno, bien va con unas papitas”.

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