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Agustín Camacho Propietario del restaurante 'Don Quixote'

Agustín Camacho: «Hay días en que parezco Don Quijote, pero lucho contra molinos reales»

"Mi padre era cocinero y yo me he criado entre fogones, por eso me apasiona la cocina", subraya el propietario del restaurante 'Don Quixote'

Agustín Camacho, ayer, en el restaurante ‘Don Quixote’.

Agustín Camacho, ayer, en el restaurante ‘Don Quixote’. Andrés Cruz

Agustín Camacho, de 48 años y natural de Zárate, fue noticia hace unos días por disfrazarse de pollo y encadenarse ante Hacienda para exigirles una mejor atención. Propietario del restaurante Don Quixote, dice sentir pasión por la cocina y por la construcción, sus dos ocupaciones en lo que lleva de vida, pero esta pandemia le ha hecho sentirse como un Don Quijote moderno, que lucha contra molinos esta vez reales.

¿Cómo le surge el amor por la gastronomía?

Mi padre era cocinero, y yo me he criado entre fogones. Me encantaba entrar en cocinas, cuando hacía croquetas quitarle un poco de la pasta y siempre me he relacionado con la cocina.

¿Cómo comenzó en este mundillo?

Mis comienzos fueron en un pub en Playa del Inglés. Hasta que di con Jean François, que era propietario en aquel tiempo del Quijote, pionero en carne a la piedra, y me dio la oportunidad para mi sorpresa. Me hizo mi primer contrato, y confió en mí, fue como un padre, y con el tiempo necesitó algún extra y terminó contratando a mi sobrino, a mi padre... Se terminó convirtiendo en un local muy familiar. Antes del Quijote yo había empezado a trabajar con él en otro restaurante que abrió, el Western Spaguetti, en el que me puso como camarero, pero el restaurante no funcionó y cuando cerró me pasé a la plantilla del Quijote. Hoy en día sigo teniendo contacto con sus familiares.

Para usted, Jean François fue como un segundo padre, y quiso seguir con ese legado que había dejado abriendo esta nueva versión del Quijote.

Sí, lo fue. Mi primer negocio lo abrí en otro local más acogedor, con un ambiente muy similar al que se vivía en el otro restaurante. Él venía caminando por Las Canteras, vivía en La Isleta, y recibía a los clientes, él sentía como que el restaurante volvía. Me agradaba que viniera, se sentara y hablara con los clientes.

Comentaba que su vida iba como en ciclos. Comenzó trabajando con Jean François en el Quijote, pero pronto comenzó una nueva aventura en su otra pasión: la construcción.

Decidí marcharme a Tenerife con lo puesto, eché varios currículos y al segundo día me llamaron y me hicieron un contrato fijo en un hotel, donde estuve cinco años trabajando. Fue un reto, sobre todo para aprender inglés y alemán, y luego abrimos un hotel de cinco estrellas y me mandaron para allá, pero me aburrí, no sirvo para ese tipo de trabajos. Ahí cerré una etapa. Regresé a Las Palmas, pero solo estuve un mes, ya que me llamaron de Tenerife de nuevo para trabajar como peón de la construcción en una obra de 48 chalets adosados en Tacoronte. Al ponerme como chico que lleva las herramientas, coincidí con la caseta de obra y un día se rompió el fax y la aparejadora me pidió que lo arreglara. A partir de eso, me llamaba cada vez que me necesitaba, y al surgir problemas con el encargado de la obra, que la había dejado descuidada, le pidió al jefe despedirlo y ponerme a mí al frente hasta que encontrara algún sustituto. 

Pero regresó a Gran Canaria y su nueva aventura le llevó al Quixote.

Sí, le planteé a Jean François la posibilidad, se le volvieron a encender los ojos, y me tiré a la piscina en plena crisis. Abrí estando yo de cocinero, con lo poco que había aprendido hasta ese momento. Pero el local era muy pequeño y mis clientes me demandaban algo nuevo porque se estaban agobiando, y uno de ellos me presentó a don Domingo, el propietario de este local, y hablé con él para interesarme. En ese momento, no tenía dinero para comprarlo, pero después de un tiempo en el que intenté sin éxito abrir otro local, vi que ese mismo local se traspasaba. Me pidieron 15.000 euros por las condiciones del contrato. He invertido todo lo que tengo en un proyecto de futuro, y desde el minuto uno he tenido contratado a todo mi personal fijo.

Me comenta que la cosa comenzó a torcerse antes incluso de la pandemia.

Sí, desde que abrí en 2012 el otro restaurante ya empecé a tener problemas. Cuando puse el cocinero fijo me bonifiqué con él al 50%, y durante tres años debía mantener el mismo ratio de empleados. En algún momento, di de baja a un obrero un día antes, y el sistema de la Seguridad Social se dio cuenta de esto dos años más tarde, cuando me reclamaron los 4.000 euros que, según ellos, me había ahorrado en la bonificación más los intereses generados. Me pareció un golpe bajo porque no me avisaron dos años después. El embargo se ejecutó justo cuando estaba haciendo las obras de este restaurante. Y cuando vino la crisis, ya me pilló sin liquidez. Tuve que pedirle a mis amigos 7.000 euros para pagar la inaplazable, hasta que vino Hacienda y me lo echó todo abajo.

¿Cómo van esas gestiones?

El lunes regresé a Hacienda y me dijeron que desde Madrid no podían hacer nada, y que tenía que pedir otra vez un reconocimiento de deuda y pagar la inaplazable. La verdad que no me puedo quejar con la ayuda que me han dado, me considero una persona afortunada. Lo de vestirme de pollo era solo porque quería una cita, sabiendo que podía tener repercusión. Ha sido positivo, ningún cliente me ha dicho nada malo, he tenido que sacar a gente del ERTE porque ha venido más gente.

¿Se arrepiente de algo que esta vida le haya impedido tener?

No he tenido tiempo de tener una vida estable, he tenido pareja pero nadie me aguanta este ritmo de vida. Me ha salido muy caro. Desde que vino la pandemia, me recluyo en mi casa, no salgo ni me relaciono con mucha gente. Un resfriado mío supone cerrar el restaurante y hacerle el test a ocho personas. Hay momentos en que me parezco mucho al personaje del Quijote, cada día lucho contra molinos, pero en este caso muy reales, duros y deshumanizados, que es lo que más me ha llamado la atención. 

Dice que va mucho al gimnasio, ¿qué le aporta?

Pues la verdad es que soluciono mis problemas en el gimnasio, corriendo en la cinta. La cinta de correr es una fábrica de ideas, todas me han venido ahí. Ahora mismo no puedo casi conducir, me tocan la pita y me sobresalto. Me ha generado fobia venir al restaurante, cuando está lleno me voy y dejo al mando a mis empleados, y por eso estoy yendo a terapia. Desde que solvente las cosas con Hacienda, estoy seguro que la mitad de esa fobia se me pasará. 

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