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Obituario

Fallece Enrique Ferrer tras una vida de pasión por la hípica

El gaditano llegó a Gran Canaria en la década de los 60 para convertirse en el primer profesor de esta disciplina en la Isla | Miles de jinetes han pasado por su mano

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Enrique Ferrer, una vida de pasión por la hípica La Provincia

Enrique Ferrer Herrera falleció el jueves a los 91 años de edad, después de haber dedicado casi toda su existencia a su pasión por los caballos, que le llevó a venir desde Cádiz hasta Gran Canaria para convertirse en el primer profesor de hípica de la Isla en los 60. Desde entonces, cientos de jinetes se han formado gracias a él, haciendo que este deporte llegara a muchas personas, no solo a las más pudientes de la sociedad.

Enrique Ferrer Herrera ha fallecido este jueves a los 91 años de edad después de haber dedicado su vida, casi al completo, a su amor por los caballos, que le convirtió en el primer profesor de hípica en la historia de Gran Canaria allá por la década de los 60, cuando este deporte era solo accesible para personas con posibles. Él mismo logró que la disciplina se abriera a muchas personas que en aquella época veían la equitación como algo solo accesible para las élites.

Ferrer llegó a la Isla desde su Cádiz natal, donde ya trabajaba en la yeguada Hierros del Bucado, que actualmente se denomina La Cartuja y pertenece a la Junta de Andalucía, con la que consiguió varios reconocimientos gracias a su caballo Descarado II, con el que se convirtió en campeón de España de morfología y funcionalidad en hasta dos ocasiones. En un primer viaje, y estando todavía en las cuadras andaluzas, participó con varios de sus caballos en la primera Feria del Atlántico, donde conoció a Alejandro del Castillo, conde de la Vega Grande en aquel momento, quien le ofreció trabajar con él en sus fincas. Sin embargo, rechazó el ofrecimiento y le puso en contacto con su hermano, Manolo Ferrer.

Pero más adelante, una llamada de Juan Manuel Ramos Marrero para ofrecerle trabajar en el Centro Hípico Bandama, le hizo volver a Gran Canaria para establecerse definitivamente en la Isla. A las faldas de la caldera, se convirtió en profesor, el primero que se conoce en la Isla, y cuadruplicó la cantidad de caballos que había en esas cuadras durante su estancia laboral de cuatro años.

Después de esa primera experiencia, Ferrer montó su propia escuela hípica en Tafira Baja, en unos terrenos que actualmente son propiedad de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, y en este centro comenzó a trabajar su hijo, Enrique, quien recuerda a su padre con especial cariño como un hombre «que amaba y respetaba a los caballos». Cuando el campus universitario nació y les expropiaron esos terrenos, se mudaron a las instalaciones en las que se encuentran ahora mismo, la Escuela Hípica El Sabinal, que ya cuenta con más de 40 años de trayectoria en unas tierras cercanas al geriátrico.

Ferrer padre trabajó ininterrumpidamente en su Escuela hasta el mes de febrero, cuando la Covid le golpeó y le alejó de su pasión, no solo dando clases a los cerca de 40 alumnos que tenía en ese momento, sino también domando a sus caballos en Alta Escuela Española, una de las variantes de la doma clásica más apreciada. Estas tareas pudo enseñárselas a personajes tan ilustres como Jacqueline Kennedy, la viuda del presidente estadounidense John Fitzgerald Kennedy, en una visita que hizo a la Feria de Sevilla, o a la mismísima duquesa de Alba, la mujer que ostentaba más títulos nobiliarios de toda Europa.

El amor por los caballos es algo que corre por las venas de la familia Ferrer, apuntó el hijo, que pertenece a la cuarta generación de jinetes. Antes que su padre, primero su bisabuelo y luego su abuelo ya se desempeñaron en el mundo de la hípica en tierras peninsulares, y siempre han estado muy vinculados al trabajo con el pura raza español, «los más puros que existen». Siempre tratando al animal «con el máximo de los respetos y amor». 

Y esa fue también la tónica habitual con la que Enrique Ferrer Herrera enseñó a sus numerosos alumnos y alumnas a lo largo de su dilatada trayectoria. «Con los chiquillos era un fenómeno, porque los niños y su buena enseñanza son la base en la hípica, que sientan también ese amor y respeto por el animal», recalcó su vástago, quien aseguró que muchos de esos pequeños le echan de menos desde que en febrero se vio obligado a dejar de enseñarles. Y es que él, continuó, «siempre les daba cariño, les hacía sus bromitas para que se sintieran mejor, y les daba esa confianza». Además, su progenitor nunca intentó abarcar con sus pupilos más de lo que ellos pudieran recibir, con el objetivo de que se sintieran lo más cómodos posible a lomos de un caballo, una yegua o un poni.

«En la isla se han hecho siempre muchos eventos de exhibiciones en los que mi padre participó en la mayoría de casos, incluso con 86 años acudió a la feria de Pino Santo, y el seguía montando hasta los 88 años», comentó ayer su hijo, recordando la fortaleza que tenía. Según Enrique, el deporte que tanto aman en su familia ha conseguido ser «más accesible» para los grancanarios gracias en buena medida a su progenitor, ya que muchos de los profesores que hay en las escuelas de equitación de la Isla aprendieron con él. Y es que el mundo de la hípica grancanaria llora estos días la pérdida de uno de sus padres espirituales y un gran referente.

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