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José Miguel Alfonso Perdomo y Marisol Camacho Merino, un matrimonio de diamante

Cumplieron el viernes 60 años de casados tras toda una vida de anécdotas

José Miguel Alfonso Perdomo y Marisol Camacho Merino  en su casa del barrio capitalino de Arenales esta semana antes de celebrar su 60 aniversario. | | JOSÉ CARLOS GUERRA

José Miguel Alfonso Perdomo y Marisol Camacho Merino  en su casa del barrio capitalino de Arenales esta semana antes de celebrar su 60 aniversario. | | JOSÉ CARLOS GUERRA

El día 18 de cada mes José Miguel Alfonso Perdomo y Marisol Camacho Merino se dan un beso especial, con sentimiento. Así durante las últimas seis décadas. Pero el del pasado viernes, 18 de junio, fue diferente a los demás. Rodeados de sus familiares y amigos más cercanos, celebraron 60 años de matrimonio en la parroquia del Corazón de María de Las Palmas de Gran Canaria. A sus espaldas quedan miles de historias, anécdotas y recuerdos. ¿La clave para mantener la sonrisa durante tanto tiempo? «Respeto el uno por el otro y comprensión», señalan sentados en el salón de su casa.

Marisol Camacho Merino y José Miguel Alfonso Perdomo en su 60 aniversario el viernes. | | FOTO CEDIDA POR LA FAMILIA

José Miguel (87 años) y Marisol (91 años) son un matrimonio de diamante. Todo comenzó el 18 de agosto de 1957, día de Santa Elena. «Mi prima daba una fiesta en su casa en San José para celebrar su santo», apunta él. El destino o las casualidades de la vida, según se mire, quisieron juntarles. Ella era amiga desde hacía tiempo de su prima Elena, por lo que esta también la invitó a la comilona. «Entonces me di cuenta, y le pregunté ¿quién es ese chico que me está mirando tanto?», indica ella.

Sin saberlo, Marisol llevaba tiempo leyendo los cómics de quien después sería su marido durante 60 años. Algo les unía, aunque no eran conscientes de ello ni se conocían. «El enmascarado, Flecha roja...», rememora ella. «Su prima me los dejaba, lo que no sabía es que eran suyos y que se los prestaba», comenta riéndose. Y es que, si algo caracteriza a este matrimonio es la eterna sonrisa de ambos, con un brillo especial que les ilumina la cara, «ella siempre se levanta de buen humor», remarca José Miguel.

Comenzó así un tiempo de noviazgo que tuvo su momento culmen un 18 de junio como el del pasado viernes, pero de 1961. Y como todo en la vida de este matrimonio, aquel día de su boda no estuvo exento de una reseñable anécdota. «La iglesia estaba abarrotada», indica ella, «el novio de la boda anterior no fue y sus invitados se quedaron a esperar».

El convite de la boda

Celebraron el convite de la boda en la casa de los padres de él, en la calle Juan de Quesada, señalan mientras ojean el álbum de fotos de aquel día. «La primera noche la pasamos en el hotel Bandama, que ya no existe», recuerda él. Por aquel entonces José Miguel era funcionario de Correos y tenía contactos en el Puerto, «nos fuimos a Tenerife durante un mes», recuerdan con entusiasmo a pesar de haber pasado seis décadas de aquel primer viaje.

Marisol trabajaba por aquel entonces en los antiguos almacenes Cardona de Triana. «Era la única mujer, estaba rodeada de hombres pero me trataban muy bien», resalta. Dejó el puesto «para centrarse en mi familia», cuenta, «me apetecía quedarme en casa», y ya, poco después, comenzaron a llegar las hijas. José Miguel y Marisol criaron a tres niñas: Alicia, Laura y Beatriz; quienes les han dado tres nietos -Elena, Beatriz y Miguel-, recalcan orgullosos mirando a la decena de portarretratos que adornan el salón de su casa. Además, tienen un bisnieto que ya está en camino. La familia crece.

José Miguel, en cambio, dejó Correos y decidió emprender por cuenta propia. Montó una empresa: Canalsa. De esta manera se convirtió en representante de material escolar de marcas como Carioca y viajó a lugares tan distantes como Hong Kong, Corea del Sur y Taiwan. «Tiene una memoria fantástica», recalca Beatriz, la hija más pequeña del matrimonio y quien se encarga de cuidar de ellos en esta etapa de sus vidas.

José Miguel devora los libros sobre lo paranormal y los ovnis, se cartea con Iker Jiménez

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Con seis décadas a sus espaldas, este matrimonio no es amigo de la rutina. Mantienen toda la vitalidad para afrontar cada día un nuevo objetivo, especialmente Marisol. «Mi día a día es muy variado, no me gusta hacer siempre lo mismo», apunta ella. «Me encantaría poder ser igual en ese sentido», se sincera Beatriz. De hecho, esta no será la primera vez que ambos renueven sus votos. Ya se intercambiaron las alianzas de matrimonio por las bodas de plata en su 25 aniversario y también hicieron lo propio en las bodas de oro -50 años de casados-.

«Entonces viajaron a Londres ellos dos solos para celebrarlo», indica la hija de ambos, «les organizamos todas las excursiones y todo lo que tenían que hacer y lo pasaron muy bien», añade al tiempo que los dos asienten recordando los paseos que dieron por la capital británica. Y es que Marisol y José Miguel llevaban años aprendiendo inglés y carteándose con familias inglesas para practicar el idioma, explica Beatriz.

«Tráeme el cuadro clarito que está en el cuarto de los puzzles», ordena Marisol en un momento dado. «Ella es una gran aficionada a los puzzles», aclara su hija, «pero desde hace solo dos años». José Miguel, en cambio, es un lector empedernido, y le encanta devorar todo aquello relacionado con lo paranormal y la ufología, es decir, el mundo de los ovnis. «Me carteo con Iker Jiménez y con J. J. Benítez», reconoce. Aunque, si algo tienen en común, es la pasión que tienen ambos por la prensa y por leer el periódico cada día.

El día que fueron a operarla de la rodilla, Marisol le contó al enfermero un chiste camino del quirófano

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Este matrimonio ve la vida con alegría. Con una sonrisa en la boca. «Mi madre al andador lo llama el Lamborguini», dice con guasa su hija. Es más, el día que fueron a operarla de la prótesis de rodilla, la entonces octogenaria no tuvo otra idea que contarle un chiste al anestesista. «Él no se lo podía creer», cuenta entre risas y mientras repite la misma gracia que hizo aquel día con los dedos de una mano. «Me acuerdo que cuando estaban terminando les pregunté si estaban haciendo obras, porque escuchaba un serrucho», añade, «me dijeron que eran ellos raspando el hueso», comenta como si nada, riéndose a sus 91 años.

Marisol reconoce que cada día se toma la vida con «más paciencia». Sigue yendo a la peluquería cada semana « a ponerse guapa», tal y como se lo recuerda José Miguel al entrar en casa siempre. Y él lee aún asiduamente sus novelas y ensayos sobre extraterrestres. Durante la pandemia aprendieron a vivir cada día, señala su hija. Este viernes Beatriz y su pareja, Luis Benítez Inglott, fueron la madrina y el padrino de esta matrimonio de diamante en la iglesia del Sagrado Corazón; para después dar el broche final a las bodas de diamante en La Encina.

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