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Cultura marítima | Un icono de la vela canaria

La segunda vida de una leyenda del mar

El balandro ‘Tirma’ renace junto al Club Náutico de Gran Canaria tras una delicada restauración

Cubierta restaurada del ‘Tirma’. | | JOSÉ CARLOS GUERRA

Cubierta restaurada del ‘Tirma’. | | JOSÉ CARLOS GUERRA

Jamás hubo en Canarias otro barco de vela como el Tirma. Invicto en innumerables regatas, su leyenda se forjó con la misma paciencia con la que el carpintero de ribera José González, el Calafate, le dio forma hace más de un siglo en lo que hoy es el parque de San Telmo. Los lances que libró en el mar fueron la escuela de decenas de navegantes que ocupan un lugar distinguido en historia del deporte náutico isleño, aunque su lustre fue desapareciendo hasta que prácticamente cayó en el olvido. Su compra por el Real Club Náutico de Gran Canaria décadas atrás supuso el inicio de una larga travesía que ha culminado en los últimos días, con el final de los trabajos de restauración que han devuelto el esplendor a la única embarcación que forma parte del catálogo de Bienes de Interés Cultural del Gobierno de Canarias.

Detalle del antiguo revestimiento del velero, con lona y papel de periódico. | | J. C. GUERRA

«Hemos reconstruido el barco con una madera imputrescible y lo hemos hecho fiel réplica de lo que fue cuando dejó de navegar», explica Adolfo López, presidente de la comisión formada en el seno del Náutico para preservar su legado. El suyo ha sido un empeño marcado por sus propias vivencias, ya en su juventud, a finales de la década de 1960, fue uno de los últimos patrones que tuvo el balandro en su etapa final. «Haber llevado el Tirma es como haber llevado el mejor caballo de carreras que ha habido en Canarias», asegura con orgullo.

El responsable de la comisión al cargo del cuidado del ‘Tirma’, Alfonso López, junto al velero tras su restauración. | | JOSÉ CARLOS GUERRA

Al margen de la vinculación personal, la estrella polar de esta travesía en la que se han embarcado López y el resto de componentes de la comisión -«Es labor de mucha gente», recalca- ha sido la conciencia acerca de la necesidad de conservación de un icono del alma marítima de este territorio insular. Aunque el Tirma es propiedad del Club Náutico desde hace décadas -en 1983 fue colocado en el emplazamiento donde aún se encuentra, visible desde el acceso de la calle León y Castillo-, la preocupación por el futuro de aquel viejo barco que ya no podía navegar era mínima por parte de sucesivas juntas directivas.

Primero consiguieron que el club aprobara la creación de la propia comisión y en los últimos tiempos, con el apoyo de la junta encabezada por Maica López Galán, han logrado culminar los ansiados trabajos de restauración. El suyo ha sido un trabajo minucioso, a medio camino entre la arqueología náutica -López atesora dibujos con las dimensiones originales de las piezas que fueron registradas por Miguel González Gutiérrez, quien durante décadas fue el mejor valedor del Tirma- y el trabajo forense para analizar, diagnosticar y resolver los problemas de la embarcación.

Incómodos inquilinos

Expulsadas del mar y expuestas al ambiente de la ciudad sin ningún cuidado especial, las suculentas maderas de pino del Tirma -y sus recoletos recovecos- se convirtieron en el improvisado hogar de algunas especies de invertebrados. El abejorro habitual de esta zona de la ciudad y la carcoma quisieron hacer suyo el velero, por lo que fue necesario reemplazar con cuidado cada tabla y cuaderna hasta dar forma al nuevo balandro.

Fue un trabajo laborioso en el que participaron carpinteros del Club Náutico y otros profesionales. Con los diseños originales en la mano, labraron las piezas en una madera escogida especialmente con el propósito de que no acabe siendo el banquete preferido de los xilófagos del barrio. Las viejas piezas de pino fueron sustituidas por otras nuevas en madera de morera, que garantiza una conservación menos laboriosa. «No se pica, no le atacan los parásitos», recalca López con la rotundidad que le aporta su experiencia con los materiales como arquitecto técnico y escultor.

El antiguo Tirma tenía sus maderas cubiertas por papel de periódico y lona. Así lo atestiguan las reliquias conservadas en el salón contiguo al acceso del Náutico, piezas en las que las fechas impresas en las páginas de los diarios sirven como referencia temporal de las últimas reparaciones -a finales de la década de 1960- cuando aún tenía vida marinera. El renovado balandro, que ganará incluso más prestancia con la reforma de los accesos al club prevista por el Ayuntamiento, cambia ese rudimentario revestimiento por fibra de poliéster para garantizar un futuro que traspase generaciones. «Este barco ya es eterno», concluye López.

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Restauración del barco 'Tirma' José Carlos Guerra

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