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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Fiestas de San Lorenzo

Jesús Arencibia, su mural y su pregón a San Lorenzo

El pintor regaló un mural a la iglesia de San Antonio Abad que es uno de las más impresionantes obras de arte de este tipo que adornan los templos de Canarias

Diseño del mural que proyectó en 1962 Jesús Arencibia para San Lorenzo.

Hace medio siglo el barrio de Tamaraceite iniciaba el año con una especial alegría. Su iglesia de San Antonio Abad se embellecía con el grandioso trabajo de uno de los hijos del municipio de San Lorenzo.

El 27 de enero de 1971 se inauguraba el mural de la iglesia que hasta 1937 fuera capellanía dependiente de la parroquial de San Lorenzo y que el obispo Pildain segregó y erigió con presteza al poco tiempo de su llegada a la isla. El templo llega este año al siglo del inicio de su construcción y cuando llegaba a las cinco décadas, el pintor Jesús Arencibia -con cumplidas muestras de su buen hacer como muralista por entonces en Schamann, la Casa del Marino, Telde o San Francisco- le regaló uno de las más impresionantes obras de arte que de este tipo adornan los templos de Canarias.

En 1971 se había trasladado la celebración de la festividad de su patrono del 17 al 31 de enero. Y tres días antes, Arencibia mostraba a la gente del municipio donde había nacido un mural de setenta metros cuadrados en el que según sus propias palabras todo giraba alrededor de la Eucaristía y en el que una explosión de creatividad dejaba en la pared de la tamaraceitera iglesia todo un compendio catequético con la Crucifixión, la Santa Cena, el Buen Ladrón, el Mal Ladrón, la Tebaida, los anacoretas, San Lorenzo o San Vicente; y todo ello en memoria de su madre.

Orlando Hernández lo describiría como la muestra de una «arrebatada sensibilidad, dúctil arrobo el de nuestro más místico pintor, a quien quisiéramos ver alzando sobre su propio enardecimiento, la humildad de unos seres que quizás no pretendan más transfiguración que la de su sencillez hondamente calada, un misticismo como para andar por esta tierra, entre el asombro de la técnica y la enorme esperanza que jamás se sacia».

Néstor Álamo diría de la obra que en su unidad de conjunto formaba uno de los más denodados esfuerzos artísticos de aquel momento en Canarias y que su despliegue técnico, el prodigioso dominar del oficio, extenuador, se aliaba a un muy alto sentido creacional en el que el pintor se condecoraba con aires de intemporalidad esencial, y que, al fin «cuando universos de cosas y principios empalidezcan y pericliten la pintura, el mundo pictórico de Arencibia habrá, de resistir y pervivir».

Y así ha sido.

No era el primer trabajo que el genio inefable, fantástico, fabulador e intenso de Arencibia dedicaba al lugar que le viera nacer sesenta años antes.

A inicios de la década de los sesenta andaba el pintor ideando un magnífico proyecto para el templo dedicado al santo diácono y mártir de Roma que en El Lugarejo se construyera a partir del permiso de erección que el obispo Francisco Sánchez de Villanueva concediera el 14 de marzo de 1638.

Jesús Arencibia. | | LP/DLP

La propuesta imaginativa e ilusionada del artista que tituló como Mural sobre el martirio de San Lorenzo destinado al presbiterio de la iglesia parroquial. San Lorenzo, Las Palmas de Gran Canaria estaba dividida en seis partes. La parte alta o remate estaba formada por un tríptico que representaba la Gloria de los Bienaventurados, un Pantocrátor con Jesucristo y San Lorenzo camino a su martirio.

En el centro, el mural mostraba a los verdugos llevando al santo hacia la parrilla donde le darían muerte; el tesoro del mismo: los pobres; y declarando su fe por encima del posible temor al dolor que le iban a infringir.

En la parte baja, entre coros de monaguillos, los evangelistas mantendrían un lienzo con la impresión del Cristo Crucificado.

Hubiese sido una impresionante muestra del arte muralista canario y aún mayor del afecto que Arencibia tenía hacia las tierras, la gente y la historia del lugar donde nació.

Para realizarlo el pintor ofrecía gratis su trabajo, pero buscaba la financiación económica para los materiales y ayudantes que tamaña obra requerían. Y la buscó en una de las personalidades más destacadas de la economía isleña de mediados del pasado siglo, Lorenzo Betancor Suárez; que había nacido en San Lorenzo el 23 de noviembre de 1889, hijo de Diego Betancor y María del Pino Suárez.

Conjuntamente con su padre y sus hermanos había formado en la primera mitad del siglo XX uno de los grupos empresariales más fuertes y emprendedores de nuestro devenir económico por entonces. El padre había fallecido en 1952, momento en que «la empresa entró en un período que abarcó la década de los 60. dirigida por su hermano Agustín Betancor Suárez, hasta ese momento al frente de las propiedades y negocios del grupo en Cuba».

En 1962, el mismo año en que Arencibia proponía a Betancor el mecenazgo del mural de San Lorenzo, los Betancores entraban en el negocio inmobiliario con la base de las propiedades adquiridas a nombre del mismo de Lorenzo Betancor y paradójicamente su salud comenzó a quebrantarse.

La historia de este singular grupo económico-familiar fue desde entonces hacia una decadencia total que reventaría años después y que es objeto de otro estudio.

Lorenzo Betancor falleció el 17 de febrero de 1968, siendo presidente por entonces del Consejo de Administración de Hijos de Diego Betancor S. A. y de la Inmobiliaria Betancor S. A.

Importó mucho al Pueblo de San Lorenzo que su mural no saliera para adelante y supongo que mucho más a partir del momento en que se inauguró el de San Antonio Abad, que habría tenido que ser el segundo en el orden de realización de las dos obras con que Arencibia quería destacar la relevancia de los templos de su pueblo natal.

Para premiar este empeño y reconocer su extraordinaria valía, llegando el mes de julio se anunció que la comisión formada al efecto en San Lorenzo designaba como pregonero de las fiestas de hace medio siglo al artista nacido en Tamaraceite en 1911, hijo de Antonio González Cerpa y de Antonia Arencibia Cabrera.

Aquellas fiestas se anunciaron como de especial dedicación a nuestro más profundo folclore, dentro de la tónica creada por la aparición de Los Gofiones y luego a partir de 1970 de decenas de magníficos grupos en los municipios de Gran Canaria y el resto del archipiélago. Las actuaciones de Los Cochineros de Ingenio, Los Roneros de Teror, Los Compadres de Arucas, Los Cebolleros de Gáldar y Los Chumberos de la capital, Los Roncotes; fueron una magnífica muestra de ello en una fiesta que no podía ser menos ya desde hace medio siglo.

Las actuaciones del grupo de teatro Bambalina del propio pueblo con la escenificación de la obra de Moliere El médico a palos; el partido entre Arrecife de Lanzarote y U. D. Las Lorenzo; el homenaje a la orquesta Tropical; la Bajada de la Rama desde El Pintor; el I Circuito Ciclista; la elección de la Reina de las Fiestas y sus Damas de Honor; la Banda de Agaete; el grupo Lope de Rueda escenificando Don Armando Gresca; la entrega de las primeras Parrillas de Oro; fueron con los tradicionales fuegos, feria, función, procesión, el marco perfecto para unos sobresalientes festejos en los que el pregón debía ser la pieza principal.

Fue pronunciado como era costumbre entonces a través de los micrófonos de Radio Atlántico a las doce del día 7 de julio de 1971 y por los de Radio Las Palmas, a las nueve y media de aquella misma noche.

Jesús Arencibia pregonó de una manera sin igual las fiestas de hace medio siglo y aunque declaró que no había pensado que un día había de pregonar, a viva voz, a San Lorenzo “santo” y a San Lorenzo “pueblo” lo hizo magníficamente recorriendo su infancia y sus recuerdos en un admirable repaso a San Lorenzo y sus personajes.

Y habló de la esquina de confluencia entre los barrancos del Pintor y Mascuervo; del ramal hacia Tenoya; de los caminos porque «San Lorenzo por este lado llegaba al mar, al Puerto, a Las Palmas, a Arucas y Teror, y su cementerio era el único que había, pequeñito, blanco, familiar y recogido»; de la Villa Josefa y la única tienda; de la plaza que era acogedora y fresca con laureles y araucarias; de don Jacinto, el párroco que «se asomaba al corredor desde que oía la puerta»; y de los panes de Rosario, Pinito la de Narciso y Pinito Ojeda.

Y no paraba ahí.

Pasaba a hacer un compendio de vecinos y peculiaridades.De Rosarito, que era el latir del pueblo y su símbolo, ya que «nadie contaba las cosas como Rosarito y si la palabra no bastaba a su empeño de expresión, echaba mano a las manos. Ponía mucha mano Rosarito en el relato»; de Señá Anselma que vivía en las Cuevas del Monte y de que don Jacinto tenía una nariz afilada, grande y colgona; de Doloritas, que no era mentirosa sino imaginativa, llegando a creerse lo que pensaba. Pero que era buena, lo de las mentirillas no iba más allá de falta leve. Tenía un gran corazón». Y de Vicentón, que cogió una noche la larga llave del cementerio y allá se fue, abrió la puerta, que pareció crujir más fuerte que otras veces; y regresó calavera en mano; de Pepita Celestina, que cuidaba el adorno del Santo, prefiriendo para ello las rosas rojas; de don Antonio Montesdeoca, dirigiendo el Trono y mil eventualidades más que le trajeron algún que otro resquemor vecinal en los días siguientes.

Pero en suma, fue su pregonar de 1971 uno de esos de los que dejan huella, y que terminó afirmando:

«Devuelvo al pueblo lo que el pueblo me prestó: Tomo de él la materia de este relato, y, habiéndola concluido con todo el respeto a la verdad de que soy capaz y que él me merece, es justo que le haga esta restitución»

Jesús Arencibia falleció el 9 de febrero de 1993 y en San Lorenzo descansa hasta que Dios lo quiera.

Seguramente lo hará con el resquemor de no haber podido poner un gran colofón con un mural al santo de su devoción, pero pese a ello supo compensar a la gente de su pueblo de todas las maneras posibles, como con el pregón de San Lorenzo de hace medio siglo.

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