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Celestino Ramírez, el último salinero

Los descendientes del creador de la industria salinera más importante de la ciudad publican un libro en el que homenajean su trabajo en la primera mitad del siglo XX

Juan Hernández Ramírez, José Ramírez García, José F. Rosales Ramírez, y Celestino y Sebastián Ramírez Hernández, con los restos del terreno de las salinas al fondo. A. G. S.

Durante la primera mitad del siglo XX las salinas de El Confital se convirtió en la industria artesanal más importante de Las Palmas de Gran Canaria gracias al trabajo y el esfuerzo del salinero Celestino Ramírez. Ahora sus nietos publican un libro en el que homenajean al abuelo y rememoran con detalle cómo transcurrió esa añorada época en los que se creó una auténtica vida económica y social en torno a la sal. 

Una parte del paisaje que se puede contemplar de El Confital, si el observado se sitúa en el mirador norte del barrio de Las Colorados, aún conserva restos de lo que fue el terreno en el que se produjo, en la primera mitad del siglo XX, la mayor industria salinera de Las Palmas de Gran Canaria y que tuvo al frente a Celestino Ramírez Díaz, el último salinero de la ciudad. Una industria, surgida en principio como negocio familiar, pero que pronto se convirtió en un pilar importantísimo de la economía canaria ya que suministró de forma incesante al negocio local de lo que era conocido ya desde entonces como el oro blanco.

«Mi abuelo contrató a un abogado que lo engañó y que fue su sentencia de muerte» asegura José Ramírez

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Ahora, sus descendientes, principalmente su nietos, han decidido recordar esa gesta publicando un libro, titulado Salinas del Confital, breve reseña histórica, escrito por José Ramírez García y sus primos colaboradores, y que es producto, en parte, a que el proyecto institucional que se acordó en 2010 de construir una estación didáctica vallada en la zona para recordar esta parte de la historia de la economía canaria, reconstruir algunas de sus partes y convertirla en un centro de interpretación etnográfico y cultural, no ha terminado de germinar, todo ello al amparo de la ley denominada Espacio Protegido de La Isleta.

Cinco de los nietos de Celestino Ramírez se reunieron hace un par de días en el mirado norte de Las Coloradas para recordar esa intensa historia. Juan Hernández Ramírez, José Francisco Rosales Ramírez, José Ramírez García, Celestino Ramírez Hernández y Sebastián Ramírez Hernández hablan con emoción de aquella época.

Celestino Ramírez y su hermano Francisco, repartiendo la sal por la ciudad en una carreta tirada por animales

«Fue una industria en expansión que comenzó en 1905 y se extendió hasta 1956», comenta José Ramírez García. «Un poco antes, en el año 1949 empezó el declive, ya que los propietarios de esa parte de La Isleta recuperan el terreno de los militares y, a partir de ahí, hay una presión constante, por parte de un falangista y un abogado en el que confió nuestro abuelo, y que actuaban en connivencia con los caciques, para que nuestro abuelo les cediera el terreno. Para litigar con los propietarios, Celestino Ramírez contrató a un abogado que lo engañó y firmó un contrato que fue su sentencia de muerte», aclara José Ramírez.

Fueron tiempos duros hasta 1956 porque se da la circunstancia de que tres años antes fallece la mujer del salinero, María Ruano Díaz. Desde el mirador de Las Coloradas, otro de sus nietos, Juan Hernández, describe cómo era todo el terreno. «La zona más oscura es donde estaban los tajos, que era donde el agua cristalizaba, y había un total de 350 unidades de producción de sal», recuerda. «Al lado estaba el acumulador del agua captada directamente desde el mar por un molino de viento que se impulsaba a un acueducto que estaba coronando un muro del que todavía se conservan restos». Luego, de ahí el agua se vertía directamente al estanque acumulador». A su lado, estaba el cosedero, o también denominado precondensador, cuya función era mantener el agua precocida, es decir, mantener una salinidad alta donde permanecía el agua por unos día mientras se calentaba. «El resultado era el producto que discurrirá por los caños hacia los tajos», recuerda. «Y, evidentemente, dependiendo de las horas de sol disponibles, el proceso se aceleraba con lo que se conseguía antes en el cocedero un agua con alta concentración de sal y en los tajos cristalizaba mucho mejor que si no hubiese sol». La sal se vendía todo el año, pero la producción mayor fue en verano, porque era cuando abundan las horas de sol.

Imagen de Celestino Ramírez trabajando la sal, faenando con el ruedo en su mano. Alberto García Saleh

Orígenes

Los orígenes de las salinas de El Confital hay que situarlos a finales del siglo XVIII, en negocios a pequeña escala en los que hubo explotadores pero por poco tiempo. «Quien levantó las salinas, las mantuvo durante medio siglo, y montó una industria artesanal, fue nuestro abuelo que la defendió durante 51 años, medio siglo», afirma José Ramírez. «No era un trabajo normal, las salinas estaban funcionando desde las cinco de la mañana hasta entrada la noche para aprovechar al máximo las horas de sol. Había que hacer un mantenimiento muy exhaustivo, afirma Juan Hernández, «porque había que llenar los tajos de agua, evitar que se perdiese, ir reponiendo y desnatar día a día el material». La acción solar hacía que el agua se evaporara, pero al estar en el tajo dejaba una capa que en el argot salinero se llamaba nata, y había que quitarla a diario para darle a la sal una textura de color y calidad insuperable. Luego, cuando se sacaba la sal de los tajos, se hacían unas pirámides pequeñitas que se dejaban tres días para que la sal perdiese la poquita agua que le quedaba, y de ahí se recogía e iba al almacén de la sal para su venta posterior. «Desde el almacén de la sal se transportaba, en los comienzos, por una carreta tirada por mulas, y más adelante con una camioneta. Normalmente se iba todos los lunes que era cuando se hacía el reparto. Llenábamos la sal en sacos de 50 y 25 kilos», añade. «Yo viví hasta los trece años y medio cerca de las salinas, trabajé siendo niño, y estuve vinculado hasta diciembre de 1956», añade. La del Confital era la única salina de las islas construida sobre barro porque prácticamente todas las demás se hicieron sobre roca», sostiene. Parte de la sal no se vendía sino que se utilizaba para el trueque, para comprar productos no perecederos como gofio, harina, azúcar, aceite, café, etc, que no daba la tierra, y permitía a los salineros alimentarse correctamente.

«Trabajé desde muy pequeño en las salinas y estuve vinculado con ellas hasta el año 56» afirma Juan Hernández

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El terreno de la salina estaba rodeado por casas y zonas de cultivo con la que vivía la familia. Había huertos de verduras y de frutales, un corral de animales de donde sacaban leche, queso, huevo, carne, etc, para autoabastecimiento de la familia. «Era rentable para vivir y nuestro abuelo trabajó para sacar a su familia adelante en los años más difíciles de la hambruna, durante la dos posguerra del siglo XX porque los hijos vivían aquí», añade Hernández.

Más cerca de la playa hay una plataforma en el que estaba la vivienda principal de los abuelos y a medida que sus hijos se iban casando construían sus propias casas a su alrededor. «Nacieron 15 hijos y sobrevivieron diez y muchos de sus nietos también nacimos allí», añade José Ramírez. En esos años, la industria del frío apenas existía, con lo cual hubo una especie de explosión por conservar el pescado en sal con salasones en todos lados. «Pero ni un gramo de las salinas del Confital salió a los salasones porque todo fue a parar a la industria local, ya que nuestra sal era más fina, más para consumo doméstico y para conservar».

Una imagen de cómo eran los tajos en las salinas de El Confital durante la primera mitad del siglo XX.

Las salinas del Confital fue la industria artesanal más importante en aquella época en la ciudad. «Pero a lo largo de los años ha estado abandonado a su suerte y se ha hecho caso omiso a la ley que obligaba a las instituciones a conservar ese espacio etnográfico, patrimonio público más concretamente del barrio de La Isleta», asegura José Ramírez. El libro, cuya presentación tuvo lugar el viernes pasado, en el Real Club Victoria, nació de una idea que rondaba por la cabeza de José Ramírez transmitida por su madre, fallecida en mayo del año pasado, que lo animó a que lo escribiera. Ramírez transmite la misma idea a sus primos y primas y en el mes de marzo de este año empiezan a reunirse solo cuatro nietos del salinero debido a las restricciones de movilidad.

El trabajo es un ensayo de investigación producto de cinco meses recabando datos hasta llegar al final y editarlo. Es la historia de una familia de salineros que durante medio siglo mantuvieron en explotación un negocio que inicia Celestino Ramírez cuando adquiere la condición de arrendatario de las salinas de El Confital y, prácticamente, la reconstruye del todo, al encontrársela en un estado calamitoso. Tras años de grandes esfuerzos y sacrificios, Celestino Ramírez fue capaz de poner en explotación un ingenio cuyo desarrollo es digno de revivir.

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