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San Cristóbal, «un paraíso oculto»

Los usuarios de la playa de La Puntilla en el barrio marinero son fijos por su encanto y seguridad

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Playa de La Puntilla, San Cristóbal Juan Carlos Castro

Una playa pequeña, familiar y segura. Con estos tres adjetivos la gran mayoría de los usuarios de La Puntilla resumen los motivos por los que han elegido este coqueto enclave del barrio de San Cristóbal para disfrutar de su tiempo de ocio cerca del mar. Gente de todos las zonas de la capital acude desde primera hora de la mañana, y más en estos momentos en los que las vacaciones, la marea baja y las altas temperaturas invitan a disfrutar de un día de sol radiante. Pero si entre las nueve y la una del mediodía la imagen que transmite es la de una playa tranquila, acogedora y pacífica en donde los bañistas guardan modélicamente su distancia de seguridad, a eso de las 15.00 horas, cuando llegan visitantes de la capital, se produce una masificación casi inmediata.

Curiosamente, la gente del barrio se suele colocar cerca de la orilla, y los visitantes de las otras zonas de la isla van formando pequeños cinturones a su alrededor hasta cubrir el espacio ínfimo disponible que hay en la arena. Es casi como un ritual que, de forma inconsciente, se ha ido manteniendo a lo largo del tiempo como un derecho consuetudinario.

Pero si los comentarios sobre la excelencia de esta pequeña cala, de arena negra, y de unos 50 metros de longitud, suelen ser unánimemente positivos como quedó dicho al principio, nadie parece coincidir en los motivos por los cuales la playa fue cerrada al baño en un par de ocasiones durante el mes de julio al encontrarse bacterias fecales en el agua. Un tema bastante polémico que irrita a algunos bañistas cuando se les pregunta, asegurando muchos de ellos, de forma algo vehemente, que se trata de una total falsedad inventada para ocultar otros motivos ya que es una de las playas más limpias de todo el Archipiélago canario.

«Si vienes antes del mediodía esta playa es casi como un paraíso», asegura Mari Carmen Santana

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Una testigo de excepción de todo esto es Mari Carmen Santana, una enfermera jubilada que vive en Altavista, y que desde hace ya diez años acude a La Puntilla siempre que puede. «Es de las playas más seguras y limpias que hay en toda la isla», asegura. «Yo puedo decir que es lo más sano que he visto porque llevo viniendo aquí desde hace mucho tiempo. Es una playa chica que se llena estos días a partir del mediodía, pero si vienes entre semana es un paraíso. Y, luego, entre septiembre y diciembre, no verás ni cuatro personas con lo que también es un maravilloso secreto para mucha gente».

Contaminación

Desde su punto de vista, el cierre de la playa por la aparición de bacterias fecales no tiene nada que ver con la contaminación del agua por la cercanía de barcos pesqueros, sino que lo explica porque, aunque estén prohibidos los animales, «aún hay gente que trae perros». Aunque esto se ha parado un poco porque muchos usuarios, desde el momento que lo percibe, se quejan a las autoridades y ya está más controlado.

El peor momento en cuanto a masificación de personas suele ser entre las 4 y 5 de la tarde, que es cuando la playa se llena totalmente porque mucha gente sale del trabajo. Pero, aún así, se sigue conservando igual de limpia que cuando casi no hay nadie. «A veces los jóvenes acuden con sus porritos, cervezas y música, pero aquí la gente en general es más sana, algunos respetan y otros no. Yo llevo viniendo desde que la descubrí hace quince años y todavía siempre está la gente fija».

Antonio Alemán Martínez es otra de las personas que mejor puede hablar de la playa de La Puntilla. Aunque se crió entre Pedro Hidalgo y San Cristóbal, este usuario conocido por todos los que eligen con regularidad este sitio, vive en Jinámar y no duda en acudir a este enclave privilegiado siempre que puede. Alemán recuerda además que La Puntilla fue una playa de callaos con la presencia de barcos continuos, y subraya la presencia cercana del Castillo de San Pedro, del siglo XVI, declarado Monumento Histórico Artístico, que era usada antiguamente por los pescadores del barrio para lanzar las redes del chinchorro. «Lo mejor que tiene La Puntilla es que no hay peligro de ningún tipo, y lo tienes todo a dos pasos», señala. Tanto él, como su esposa, suelen ser los primeros en llegar a la arena, y su presencia se ha convertido como indispensable para el resto de los usuarios que, sabiendo la capacidad de ambos para solucionar cualquier tipo de problemas, acuden sin complejos a ellos siempre que tienen que resolver cualquier desaguisado.

«Yo llegaba a las siete de la mañana para situarme siempre en el mismo sitio y limpiaba toda la playa de colillas o desperdicios que habían dejado los bañistas el día anterior», señala. «Era una manera de contribuir a que los bañistas que vienen al día siguiente no se encontraran con alguna sorpresa desagradable», añade. Este matrimonio puede ser la quintaesencia de por qué La Puntilla está declarada como una playa familiar. «Decían que éramos la recepción de la playa», comenta entre risas Antonio. «Pero estamos acostumbrados a que aquí venga todo el mundo que necesita algo, me han llegado a pedir hasta tornillos. Incluso algunos peninsulares me decían que parecía que la playa era mía», añade. El matrimonio subraya, sin embargo, que llevaban bastante tiempo sin acudir por el miedo al covid «ya que aquí todo el que se te acerca te quiere dar un beso, y hoy mi mujer quería ir a La Laja, pero yo le dije que o iba a La Puntilla o a ningún lado».

Equipamiento

En su opinión, y aunque la playa esté bien equipada, haría falta una ducha y una rampita que facilitara el acceso a personas de movilidad reducida. «Yo me pegué nueve años viniendo casi todos los días. Pero con esto de la pandemia mi mujer le cogió respeto al contagio y llevábamos dos años sin acudir, pero parece que estuvimos desde ayer mismo».

Pero si hay una persona que puede hablar con conocimiento de causa de la historia de La Puntilla esa es Rita Hernández, que tiene una casa justo en el terreno colindante con la arena y que presume de que es «una de las primeras que llega y la última que siempre se va». En su opinión, las bondades de este enclave se resumen en que, aparte de ser una playa muy buena para los niños, tiene corriente y se limpia con facilidad, por lo que suele ser uno de los lugares preferidos para familias con hijos. Hernández también asegura que gente del barrio ya no hay casi nadie porque la de aquí prefiere irse a La Caleta. «Es especial porque puedes dejar a los niños en la arena ya que, al tener corriente suave, la gente no tiene que estar siempre pendiente de lo que sucede».

«Yo llego siempre el primero e intento quitar colillas y desperdicios que dejó la gente», indica Antonio Alemán

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Rita Hernández también discrepa bastante del motivo oficial por el cual se cerró la playa en julio. «No eran bacterias fecales», afirma. «Todo ocurrió porque un empleado del Ayuntamiento vio tanta seba que se asustó, y como le correspondía recogerla, prefirió poner el cartel de agua contaminada, pero la seba nunca ha hecho daño a nadie», añade. «Es una playa en la que nunca se ha ahogado nadie» y en estos momentos no surgen conflictos. «Ahora no hay problemas, aunque antes sí había pleitos porque había chabolas cercanas y venían aquí muchos chabolistas».

Rita Hernández también protesta porque por la noche se producen fiestas en la arena en las que no se guarda las medidas de seguridad anti-covid. «Son jóvenes que vienen de Zárate a hacer botellones en su mayoría».

También destacaba ayer por la mañana un grupo de doce jóvenes, casi adolescentes, que se habían desplazado desde distintos barrios de la capital. Todos habían acudido con sus progenitores y se habían reencontrado en la misma playa, formando pandillas en las que pasar el tiempo de ocio. Son, por tanto, los hijos de familias que, antes incluso de que ellos nacieran, también habían elegido la emblemática zona de San Cristóbal como su destino preferido. «Nos gusta esta playa porque no tiene el bullicio de, por ejemplo, Las Canteras», sostiene Susana Rodríguez. «Aquí todos nos conocemos y a veces parece esto una reunión familiar que otra cosa», añade. A unos 20 metros, en la zona más apartada de La Puntilla, hay chicos algo más mayores que ellos fumando, bebiendo y oyendo música, pero no molestan al resto de los usuarios. Y es que esta playa, aunque pequeña, también es un escaparate intergeneracional perfecto de la gente de la Isla hoy en día.

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