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ANÁLISIS

Los barberos de Tamaraceite

Eran personas muy apreciadas en los pueblos porque a su local llegaba la información más fresca del día que luego se «esparcía»

Tertulia en la barbería con profesionales y amigos. | | E.S.

Tertulia en la barbería con profesionales y amigos. | | E.S.

En la Edad Media, sobre todo en primavera, la gente acudía a las barberías no solo a cortarse el pelo o afeitarse, sino también para que le realizaran alguna cirugía de las llamadas menores, como arrancar una muela o extraer sangre. Con el paso de los años algunos de estos barberos se especializaron en operaciones más complejas, llegando a tratar cataratas, hernias e incluso a reducir fracturas. A finales del siglo XV, en Castilla, existía el cargo de Barbero mayor del Rey y alcalde, y examinador mayor de todos los barberos y flebotomianos del Reino. Cualquiera no podía practicar dicho oficio, ya que una orden de los Reyes Católicos del año 1500 regulaba las autorizaciones para que los cirujanos, barberos y sangradores pudieran ejercer. En Tamaraceite allá por los años 40-50 teníamos un barbero, Don Félix que luego llegó a ser practicante ya que el gobierno de la época le financió para hacer un cursillo de practicante en la Península.

Imagen de la barbería Hermanos Domínguez. | E.S.

Los barberos eran personas muy apreciadas en los pueblos porque a su local llegaba la información más fresca del día que luego se «esparcía» como la pólvora con los «corresponsales» del momento, como en Tamaraceite lo fue Murillo. Con él no hacía falta ni radio ni periódico, sabía las noticias antes de que ocurrieran, lo que le llevó a «matar» a más de uno, comunicando su fallecimiento, y estaba vivito y coleando. Hay un dicho popular que dice: «Lengua de barbero afilada y cortadora», y no deja de tener razón porque con navaja y tijera en mano no había quien no aflojase la lengua y contara sus «intimidades». Ellos sabían todo de primera mano contado por los hombres. Eran sanadores de la mente, porque hacían de psicólogos, consejeros y hasta de maestros. En los años 60 comenzaron a aparecer algunas peluquerías para mujeres, y durante mucho tiempo el hombre iba a la barbería y la mujer a la peluquería. En Tamaraceite había algunas y buenas de mujeres como la de Melina en la calle del Cine, la de Nieves o la de Nora y Adela en la Carretera General. Pero en ellas me detendré otro día.

En Tamaraceite allá por los años 60 y 70 había varias barberías. Una de ellas era la de Manolo y Agustín en la calle Paseo de los Mártires de la Montañeta. Manolo era el más veterano y el que hacía las peladas más modernas era Agustín. Por eso la chiquillería pedía cortarse con Agustín y Manolo se reservaba para los mayores. El oficio de la barbería se transmitía de generación en generación, y el que quería ser barbero comenzaba de aprendiz con un maestro, como le ocurrió a Agustín con Manolo, con él iba adquiriendo el conocimiento de todos los secretos del oficio. Recuerdo, al margen de las «peladas», aquellos torneos de dominó que creaban expectación y tenían hasta público. El recuerdo que más presente tengo es el afilado de las cuchillas con un cinto de cuero y el abre y cierra de las tijeras con ritmo, como si fuera una canción. A los niños pequeños nos ponían una tabla sobre los apoyabrazos del sillón, parecía que estábamos en un trono y si no nos estábamos quietos nos daban un golpito en el cogote.

Otra de las barberías de la época era la conocida como la de «Pepe el Taza», en la Carretera General, a la altura del Bar Ovejero. Le llamábamos así porque le ponía a los chiquillos una especie de taza en la cabeza y todo lo que sobraba por debajo lo cortaba.

Pero la barbería más conocida era la de los hermanos Domínguez. Pedro y Sindo Domínguez Herrera eran los barberos por antonomasia de nuestro pueblo de Tamaraceite. Ellos llevaban en la sangre lo de la barbería ya que su padre, Pedro Domínguez Reyes, empezó de barbero comprando el local al primer barbero y luego practicante del pueblo, Don Félix García, y que estaba situado en la Carretera General de Tamaraceite nº 27. La barbería era aparte de lugar de arreglo de cabeza y afeitado un centro cultural y social, un lugar de tertulia, el ágora de Tamaraceite, como así lo catalogaba alguno de sus clientes. Sindo pintaba cuadros, algunos estaban colgados en la barbería y participó en alguna exposición colectiva que otra. Por su parte, Pedro es hombre de letras, escribía y escribe poesías y cuentos y es un libro abierto ya que sabe de todo, desde arreglar un televisor hasta distintas técnicas de construcción. Él nos cuenta que eso se lo debe a todo lo que aprendió de sus clientes. No pudo estudiar cuando joven porque la crisis apremiaba y había que trabajar, pero de mayor hizo el acceso a la universidad para estudiar Derecho, quedando fuera por 0,25 décimas.

En la barbería de los Hermanos Domínguez podíamos ver fotos antiguas de Tamaraceite donde muchos apenas se reconocían por el paso de los años. Los sillones de la barbería eran de la marca Belmont, centenarios y fueron adquiridos en una barbería del Puerto, de la calle Venezuela, en los apartamentos Ininta, trasera del hotel Astoria, donde trabajaba como barbero el hermano mayor, llamado Antonio, amante de la filosofía, gran artista y escritor.

Esta barbería se mantuvo abierta hasta bien entrado el S XXI y conservaba todo el sabor de antaño, pero sobre todo, era una pequeña casa de la cultura. Uno de los asiduos a esa «casa de la cultura» era Tino Torón que nos contaba sus vivencias en la barbería... «en los pelados se conversaban, con la cabeza baja o media girada levantando la mirada, consiguiendo su ángulo de visión, a veces dejando los ojos en blanco, en el momento de afeitarse se suprimían las conversaciones a medias, mientras lo enjabonaban dejándolo lustrado del blanco esponjoso, (recordando el asentador de cuero, amolando con arte y destreza la peligrosa navaja) tirando a veces del pellejo arrugado, cuando pasaban la navaja iban dejando surcos descubriendo su piel, que poco a poco se emparejaban, dejándolo como decíamos, como el culo de un niño chico». En esta barbería se organizaban tertulias espontáneas que abarcaban cualquier tema. La jubilación de los hermanos Domínguez llevó al cierre de una de las joyas culturales de nuestro pueblo.

Para terminar con mi recuerdo a las barberías de Tamaraceite, lo tengo que hacer cuando llega el pelado moderno, sobre todo «el corte león» y con él Juan Santana, «Peluquería Santana», peluquero con gran prestigio regional y ganador de muchos concursos a nivel regional. Con él llegó la «peluquería masculina» al barrio y las barberías pasaban a ser de los mayores. Las colas de chiquillos eran tremendas esperando por la vez. Juan pronto se expandió y abrió peluquería en Las Palmas, por lo que en Tamaraceite se quedó su aprendiz, Pablo, su cuñado, que con su carácter amable y divertido acaparó enseguida la simpatía de los jovenzuelos. Todos esperábamos por Pablo para que nos cortara el pelo.

Tamaraceite ha sido cuna de médicos, parteras, practicantes, boticarios y barberos. Creo que es de justicia que en nuestro callejero estén los nombres de muchos de estos profesionales que dieron su vida por los demás y así no olvidemos nuestro pasado más cercano.

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