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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Opinión

Las edificaciones basura de Las Palmas de Gran Canaria

Un arquitecto polaco señaló en varias visitas a la ciudad que los técnicos no hacen sus diseños en base a sus características ambientales

Vista aérea de Las Palmas de Gran Canaria en la zona del istmo de La Isleta SANTI BLANCO

La preocupación surgida en torno a la proyectada demolición de la casa del doctor Apolinario de la Playa de Las Canteras ha hecho aflorar entre los defensores de nuestro patrimonio, de nuestras peculiaridades y de nuestra arquitectura popular, otra serie de inquietudes. Muchos ciudadanos se preguntan sobre el futuro de las pocas viviendas terreras centenarias desprotegidas que van quedando, temen que corran la misma suerte y den paso al incremento de edificaciones basura que inundan la mayoría de las principales calles de nuestro municipio.

Cuando el famoso arquitecto norteamericano Frank Gehry vino a España a recoger el premio Príncipe de Asturias de las Artes en 2014, en la inevitable rueda de prensa ante los periodistas en Oviedo declaró: “que el 98 por ciento de la arquitectura que se estaban haciendo en el mundo era pura mierda, porque son malditos edificios sin sensación, ni sentido del diseño, ni respeto por la humanidad”. En la opinión del arquitecto premiado hay muy pocos técnicos capaces de hacer algo relevante en este campo y sólo de vez en cuando, “algunas personas hacen algo especial”.

En las frecuentes visitas que un prestigioso arquitecto polaco realiza a nuestra ciudad se sorprende de ver ese 98 por ciento de las edificaciones realizadas en estas últimas cinco décadas en Las Palmas de Gran Canaria. El alarife europeo ha sido más elegante que el americano, pues su calificación ha sido más suave y le ha dado la nota de “pura basura”.

Ante nuestra curiosidad por conocer cuáles son los principales elementos de esas particularidades que señala, el polaco se expresa diciendo que aquí los técnicos no diseñan sus edificios con arreglo a las características ambientales de la ciudad, ni les dan una terminación definitiva a sus producciones, lo que acarrea que de inmediato el propietario o residente tenga la necesidad de hacer que la obra sea más habitable.

Nos sigue diciendo el arquitecto extranjero que el que tengamos esas edificaciones “basura'' a lo largo y ancho de nuestra ciudad se debe a cuatro inevitables “culpables”.

El primero en señalar es al propietario o quien haya encargado la edificación a un profesional de la arquitectura. El interesado debe de saber si el técnico le proporciona un edificio con una fachada acorde a las características de la ciudad. Y debe de rechazar el diseño proporcionado si este no reúne las condiciones adecuadas.

Al segundo que culpa es al propio autor de las alzadas arquitectónicas. El profesional, aparte de técnico, tiene que tener cierta sensibilidad artística y, sobre todo, estudiar el conjunto residencial, la climatología y el ambiente en donde se va a levantar el edificio para que la obra encaje y no rompa el equilibrio del entorno. Considera que aquí, con el pretexto de “integrar” los nuevos conceptos, se produce una desastrosa perspectiva. Parece que los técnicos no tienen en cuenta que esos diseños de fachadas a lo largo de las avenidas marítimas, con terrazas y grandes balconadas, aparte de que no sirven para nada, incitan de inmediato a que el nuevo propietario los cierre completamente. Y es aquí en donde se produce ese espectáculo bochornoso de la arquitectura producida en estas últimas décadas.

Según un prestigioso experto en arquitectura, hay cuatro grandes culpables de la mala calidad del nuevo urbanismo

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Los propietarios de viviendas en las grandes edificaciones proceden a cerrar las balconadas con carpintería metálica. Unos en bronce, otros en blanco y otros optan por el tono plateado. Unos eligen grandes ventanales y otros los prefieren de pequeñas dimensiones. Por lo que al final la perspectiva visual de la edificación es desastrosa. Pero no todos los propietarios deciden realizar cerramientos en sus balcones y terrazas, por lo que las fachadas de los edificios quedan aún más destrozadas, “como una dentadura con pérdida de piezas”, comenta con sarcasmo el arquitecto visitante.

Claro que el autor del diseño puede comentar que él no tiene la culpa de que su obra sea luego adulterada. Y tiene toda la razón. Pero también es razonable que el habitante de los inmuebles, que sufre su inadecuado diseño, intente protegerse del viento, de las corrientes y del polvo que producen las frecuentes calimas y que decida cerrar aquellos espacios que no le son de utilidad para que les sirvan de trasteros o para agrandar el salón inmediato.

El tercer culpable que señala es la propia junta de copropietarios de los edificios en cuestión, que permite que cada cual actúe por su cuenta y diseñe a su gusto y libre albedrío el cierre que le apetece, sin tener en consideración el adulterio ya producido y sin continuar con la línea del resto de los demás balcones modificados.

Y, por último, a quien sitúa como el máximo responsable es al propio Ayuntamiento “que no tiene cojones” -dice- para impedir que este atropello ilegal se produzca en el 98 por ciento de las edificaciones de nuestra entrañable ciudad, lo que ha conducido a que gran parte de sus inmuebles sean hoy catalogados como tercermundistas, bananeros e impresentables. Asimismo, considera un disparate añadido el hecho de que la mayoría de todos estos nuevos edificios hayan levantado en las cubiertas de uso común una especie de ilegales palomares o chamizos, con apariencia de disimulados áticos, que al paso de los años han quedado legalizados e inscritos en el Registro de la Propiedad.

Si a toda esta catástrofe urbanística se añade la maraña de cables eléctricos y cajas plásticas adosadas a las fachadas de toda la población, con el respectivo baile de cables que cruzan las viviendas, la cantidad de edificios en ruinas y enmallados para evitar la caída de cascotes, los antiestéticos grafitis que inundan las calles de la ciudad, calles y aceras averiadas, jardines secos y abandonados y palmeras con falta del más mínimo mantenimiento, la imagen que se proyecta al visitante es lamentable y tercermundista. Posiblemente sea como dice Javier Durán, porque “en los despachos oficiales abundan los ignorantes”.

Por eso no nos debe extrañar que los visitantes le hayan dado al conjunto de nuestra urbe el calificativo de “pura basura”. Y es una vergüenza que tengan que venir de fuera para denunciar tanta incompetencia.

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