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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Comercios históricos de la capital

Pastelería Mendoza, la tradición en forma de palmeras y milhojas

El establecimiento abrió sus puertas en 1970 en Lomo Apolinario gracias al carácter emprendedor de su fundador, José Mendoza

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Pastelería Mendoza JC Guerra

Con más de cinco décadas de historia, Pastelería Mendoza hace especial hincapié en una tradición que le ha traído hasta hoy, pero sin desaprovechar la oportunidad de probar nuevas tendencias.

Pastelería Mendoza abrió sus puertas en 1970 en el barrio capitalino de Lomo Apolinario. En sus más de cinco décadas de trayectoria, ha convertido sus milhojas, palmeras y tartas de cumpleaños, bodas y comuniones en pura tradición, no solo en Las Palmas de Gran Canaria, sino también en gran parte del territorio insular. Ese apego a lo que siempre ha triunfado no ha significado que no hayan apostado, cuando lo han creído oportuno, por los nuevos sabores y tendencias que han ido surgiendo con el paso de los años. Y es algo que reconoce su fiel clientela, que ha acudido por varias generaciones al establecimiento para adquirir ese momento dulce que nunca está de más.

Los inicios de Pastelería Mendoza, que ahora tiene varios puntos de venta por la ciudad, fueron en la calle Párroco Ramón Guedes, en los bajos de la casa familiar en Lomo Apolinario, barrio del que nunca se han movido. José Mendoza decidió abrir su establecimiento con sus ahorros y el apoyo de un hermano después de haber aprendido repostería gracias a su suegro, una vez volvió del cuartel y tras casarse con su esposa. Cuando creyó haber aprendido lo suficiente, decidió embarcarse en una aventura en solitario que, más de 50 años después, continúa navegando pese a la marejada de los últimos tres lustros.

"Fue un hombre muy emprendedor, le gustaban mucho los negocios y siempre estaba pensando en qué actividad desarrollar", explica uno de sus hijos, Antonio Mendoza, que junto a sus hermanos José Manuel y Víctor constituyen la segunda generación del establecimiento familiar, que desde 1985 se encuentra en su actual emplazamiento, en la calle Pino Apolinario. En el año 2.000, con el nuevo milenio, decidieron abrir puestos en dos mercados municipales, el de Altavista y el de Vegueta. Y ya más adelante, en 2011, abrieron otro local en León y Castillo, y en 2014, otro en la calle General Vives de la zona Mesa y López, pero este último cerró en 2019.

Para el futuro, buscan poder abrir su obrador de pastelería al público y que vea cómo se producen sus dulces

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En palabras de Antonio Mendoza, el negocio de la repostería "es como una montaña rusa", que varía en función de la época del año. Los primeros meses son de mucha actividad, ya que entre enero y mayo siempre hay alguna festividad especial que suele tirar del carro de los dulces, para luego llegar al verano, en el que las ventas caen sensiblemente, para luego empezar a recuperarse de nuevo de cara al último trimestre y Navidad.

El pan de cada día

Aunque el negocio de panadería no se instaló hasta 1985, en la actualidad se ha convertido en una pata indispensable para el día a día del negocio familiar. "El pan es de consumo diario y permite tener una clientela muy fiel en los mercados, por poner un ejemplo", señala Antonio Mendoza. Hasta tal punto llega esa lealtad que no duda en afirmar que muchos de esos clientes conocen a sus empleados y agradecen el trato cercano que les dan, y que son capaces de notar cuándo hay algún pastelero de vacaciones solo porque notan diferente ese dulce que se llevan a la boca.

Son, para él, "detalles que marcan la diferencia", y que les han llevado a triunfar en un mundo que no es nada sencillo, y en el que cada vez hay más competencia, también de franquicias. Otro de ellos, más allá del trato familiar, es que los productos que venden son del día, es decir, los pasteles y panes se producen el día anterior para ponerlos a la venta desde temprano. Y, tras los años de trayectoria, solo ponen en venta aquella cantidad que saben que se comprará, para no tener excedentes que pierdan esa frescura.

"Otro de nuestros secretos -continúa el Mendoza más joven de la segunda generación- es no habernos dejado llevar por las nuevas tendencias". Muchas veces, el tratar de adaptarse a lo moderno olvidando el pasado ha hecho caer muchos negocios. En Pastelería Mendoza han detectado perfectamente que, pese a que pasen los años, el dulce más solicitado sigue siendo el de toda la vida: las milhojas, las palmeras, las tartas de turrón, merengue o chocolate, las ambrosías... Estos productos nunca pasan de moda. Lo cual no significa que no se adapten a nuevas posibilidades.

Para el futuro, lo que esperan es poder mantener el éxito granjeado en su trayectoria en la urbe, pero tratando de abrir sus ventanas para que su clientela pueda ver cómo se trabaja desde las entrañas del negocio. En la actualidad, su obrador de Lomo Apolinario es parcialmente visible desde la tienda, pero únicamente la zona de panadería, con los hornos a pleno rendimiento de fondo. Lo que quieren es que se pueda observar también la producción de pasteles, una ilusión que tratarán de conseguir una vez se estabilice la coyuntura económica presente.

Sin olvidar las viejas costumbres que les llevaron adonde están, también prueban con nuevos sabores

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En cuanto a la historia que todavía le queda por vivir al negocio, Antonio Mendoza tiene claro que, por lo menos, quedan 20 años más, los que le faltan para jubilarse, "y ya veremos si hay una tercera generación que se encargue". Sus hijos, todavía muy pequeños, parecen mostrar gusto por los dulces y por la pastelería familiar, pero les queda mucha vida por delante para descubrir sus inquietudes. Una de sus sobrinas, y nieta mayor del fundador, sí que ha heredado esa pasión por la repostería, pero ha abierto su propio local en Moya hace un par de años después de ganar experiencia en casa y formarse fuera. Y por ahora, según su tío, parece tener éxito en la villa norteña.

Habrá que ver si la tradición de las milhojas y palmeras seguirá vigente más allá de la segunda generación de Pastelería Mendoza, pero lo que está asegurado es su pervivencia en el imaginario colectivo de su clientela, que ha traspasado la costumbre familiar de comprar panes y dulces de generación en generación. Los nietos de las abuelas que compraban en los 70 son quienes acuden ahora al establecimiento. Y eso hace histórico a un comercio.

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