Una colección con olor a Atlántico

La diseñadora italiana, Gloria Mangolini cose y muestra su ropa en el paseo de Las Canteras

La diseñadora Gloria Mangolini cose con su máquina en Las Canteras.

Gretel Morales Lavandero / José Carlos Guerra

Las Canteras luce un sol brillante y por la avenida pasean los turistas y locales en una estampa estival a pesar de que sea marzo. Frente a la plaza Hermanos Momo el paisaje playero lo completa el sonido de una máquina de coser que se confunde con el rumor del oleaje. Gloria Mangolini desde hace meses lleva sus herramientas de trabajo para coser y mostrar sus diseños en plena playa. 

Algunas personas matarían por una oficina como la de la diseñadora italiana, que trabaja tres días al aire libre y el resto en su casa. Mangolini ya ha naturalizado su espacio de trabajo y se ha convertido en su rutina y desde que comenzó no ha ido ni un solo día a la playa a disfrutar de un descanso. “Tendría que ponerme del otro lado para disfrutar las vistas, pero es cierto que el sonido del mar me relaja”, comenta.

Natural de la ciudad de Génova llegó a Canarias en 2021 junto a su novio cuando decidieron viajar por algunos destinos. Se enamoraron del Archipiélago nada más pisarlo y decidieron coger las maletas y mudarse. En el equipaje de Mangolini no podía faltar la máquina de coser para seguir cultivando su pasión. Primero comenzó a trabajar en una heladería una semana después de asentarse en la capital. Pero después de intentar compaginar el trabajo en el sector servicios a tiempo parcial con el diseño de moda decidió dar el salto y dedicarse exclusivamente a su pasión. “Necesitaba más tiempo para diseñar los vestidos porque estoy yo sola y tengo muchas ideas, pero con dos manos es complicado”, apunta.

El clima dirige su trabajo, ya que no puede salir si se levante el viento o llegan días de lluvia

La decisión fue valiente pero no siempre es fácil: “A veces estoy deprimida porque pueden haber días en los que gano solo 30 euros, pero al final sé que puedo llegar a hacer algo más grande, yo lo siento”, revela. A pesar de los momentos duros no se arrepiente de la decisión y lamenta no haber empezado antes. 

Desde pequeña era una amante de la moda y al finalizar sus estudios le hubiera gustado entrar en una carrera universitaria de esa rama creativa hacer de su pasión su profesión, pero no tenía el dinero. Aprendió a coser hace cuatro años cuando dio un curso de sastrería y fashion desing. Y terminó de perfeccionar la técnica durante el confinamiento cuando sobraba el tiempo libre y no sabía en qué emplearlo. Mientras estaba encerrada en casa dedicó las horas muertas a ver tutoriales de YouTube para perfeccionar sus diseños. “Quería hacer siempre más, nunca estaba satisfecha y quería aprender siempre”, recuerda. 

“Algunas cosas todavía me resultan complicadas porque todavía estoy aprendiendo cada día, pero al ser una cosa que me gusta no me resulta tan difícil”, aclara la joven.

El objetivo de ponerse en Las Canteras era atraer a los turistas que pasaban por la zona. Tras unos meses en la playa descubrió que sus principales clientes eran los canarios. Fue una sorpresa grata para la diseñadora, aunque aclara que también tiene público extranjero. 

Le llevó un tiempo conseguir materializar la idea. Al principio pretendía tener tres modelos para coser sobre la marcha. “La gente podría elegir el modelo con la tela y yo lo cosía en poco tiempo pero esto era un poco complicado porque necesitaba mucha electricidad al tener que usar la máquina de coser y la plancha”, explica. La máquina de Mangolini se abastece por un generador portátil que podría descargarse fácilmente. 

El clima es el factor más fundamental que decide por ella si puede salir a trabajar o no. Si se levanta un poco de viento, algo bastante habitual en la zona, es imposible para ella coser, se cae el perchero y se le vuelan las telas. Y, por supuesto, en los días lluviosos es más que imposible. “Es algo complicado y que no pensé cuando me puse a hacer esto”, comenta esperanzada porque parece que a partir de ahora viene el buen tiempo y asegura que tendrá que empezar a echarse crema solar. “Por ejemplo con este vestido negro creo que voy a morir de calor”, destaca.

Al principio era la novedad y la diseñadora recuerda que muchas personas se acercaban para curiosear lo que hacía. “No siempre se puede ver en la playa a una chica que cose, por eso ha gustado mucho a la gente”, opina. Pero confiesa que en enero y febrero la situación no fue tan positiva y se sintió “invisible”. “Supongo que depende del tiempo, hacía más frío y había menos personas”, reflexiona.

A Mangolini le hace gracia que la principal duda de los viandantes es si tiene el permiso para estar ahí. “No lo entiendo porque claro que lo tengo sino no podría traer todo esto”, expresa entre risas.

La diseñadora no pretende quedarse a vivir en Canarias toda la vida, le gustaría volver a Italia, especialmente Milán para afianzar su marca. Tiene una visión muy clara de su futuro y pretende no volver a trabajar en puestos que no sean de moda como en el restaurante de comida rápida donde se ganó la vida durante seis años antes de llegar al Archipiélago. Aunque Gran Canaria es un destino más de su trayectoria, en Las Canteras ha tejido con hilo de espuma marina una colección que siempre fue su sueño.

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