Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

ANÁLISIS

Atentado a las humanidades

El amor a la sabiduría consiste en intentar vivir de manera un poco menos estúpida para ser más feliz

Manuel Sánchez, profesor del CULP y la ULPGC, lo derrochaba

Manuel Sánchez, profesor de Secundaria, del antiguo CULP y de la ULPGC.

Manuel Sánchez, profesor de Secundaria, del antiguo CULP y de la ULPGC. / La Provincia

Alicia Díaz/Jorge Henríquez

Según el diccionario de la RAE, las humanidades son el conjunto de disciplinas que giran en torno al ser humano como la Literatura, la Filosofía o la Historia.

Martha Nussbaum, filósofa estadounidense, dijo que las humanidades son fundamentales para la democracia. La filosofía porta herramientas de pensamiento crítico que ayudan a cuestionar la tradición y la autoridad. La historia permite identificar nuestro lugar en el mundo en relación con otras culturas. El arte y la literatura estimulan la imaginación.

Ambas premisas definen sin lugar a dudas lo que el ser humano es. Las humanidades son el fundamento y el alma, el sustento alrededor del cual se erige y se mueve nuestro conjunto de músculos y huesos, órganos y fluidos. Lo que nos impulsa a movernos y decidir hacia dónde o cómo hacerlo. Es lo que nos diferencia de los animales o las máquinas, por mucho que las predicciones de Asimov sean certeras. Estas disciplinas, todas unidas o por separado, nos completan como seres humanos, llenan y rellenan los huecos de los engranajes de la máquina de tejidos vivos. Alimentan el alma, nos hacen sentir. Nos obligan a preguntarnos el porqué de las cosas, el cómo y el cuándo. Nos permiten expresar lo que sentimos de una manera coherente y razonada, con un orden y un concierto.

Con el día a día nos olvidamos de ellas, saturados y agotados por las obligaciones generadas por la forma de vida impuesta, por el cansancio que todo ello acarrea. Pero ni tan malas ni tan innecesarias deben ser cuando la mayoría de nosotros busca un ratito al final de ese día, un hueco a para leer, aprender o mejorar nuestros conocimientos o habilidades con un instrumento musical, para pintar, escuchar música o simplemente dar un paseo para meditar, para pensar. Son necesidades básicas.

Durante el confinamiento que nos fue impuesto por la dichosa Covid-19 quedó demostrado de manera patente, marcado a fuego. De un día para otro nos vimos encerrados en nuestras casas, separados de otros seres humanos, temerosos de lo que pudiera pasar con nuestros familiares y amigos, de lo que vendría después. Miedos y dudas encerrados con nosotros entre cuatro paredes, pudiendo comunicarnos solo por teléfono o de ventana a ventana, en el mejor de los casos. Ese confinamiento nos alejó físicamente de los demás. Deseábamos el contacto cotidiano con otro ser humano que dábamos por supuesto.

A pesar de ello, encontramos una manera de suplir dichas carencias, de llenar ese vacío que la soledad incrustó en nuestras vidas. Y esa manera se llama «humanidades»: aprendimos a tocar un instrumento o lo perfeccionamos, a cocinar, a pintar un cuadro, a crear videos o a leer. Y lo más importante: a imaginar, a idear la manera de llevar a cabo todo lo anterior con lo que disponíamos en casa o lo que podíamos adquirir en el supermercado. En resumen, a reinventarnos. De una manera natural, todo el mundo, en cualquier lugar del planeta, hizo lo mismo. Dirigieron sus esfuerzos y recursos al arte, a la literatura, a la música, a la filosofía, a las humanidades.

También hubo grandes avances científicos, y muchos, a propósito del virus en muy poco tiempo: se aislaron cepas, se hallaron las vías de contagio, se desarrollaron vacunas. Y es que la ciencia no tiene que estar reñida con las humanidades, esa hermana abstracta y obsoleta. Tienen que ir de la mano.

Lo primero que hacen los regímenes totalitarios para controlar al pueblo y mantenerlo afín a su causa es alejarlo de la cultura

Los más sobresalientes científicos del Renacimiento fueron grandes humanistas: Da Vinci o Copérnico, Galileo o Bacon ya en el XVII. Más recientemente, tenemos el ejemplo de Albert Einstein y su amor por la filosofía, reflejado en su libro El mundo como yo lo veo, en 1930.

Esta unión ha sido determinante en la historia de la humanidad. La invención de la imprenta en el siglo XV facilitó la difusión de la información y de la cultura. Las ideas de la Ilustración fueron determinantes para el avance científico que se produjo en aquella época. En esos momentos de la historia, era habitual que los filósofos fueran a su vez matemáticos, físicos o médicos. Eran científicos multidisciplinares. Con posterioridad y debido al rápido avance de la ciencia, esas disciplinas se fueron especializando cada vez más, alejándose unas de otras.

La mayoría de los estudiantes quieren ser ingenieros, programadores, cursar estudios que tengan que ver con la tecnología, con el futuro. Cada vez menos eligen esos estudios anticuados o abstractos como la Filosofía, la Filología o el arte. Cierto es que debe haber un cambio en la pedagogía referente a estas materias, en la forma de enseñarlas, de trasladarlas al alumnado. No solo para hacerlas más atractivas para el estudiante, sino para que este se involucre más, interactúe con ellas, las conozca, las aprecie. Que tenga la posibilidad de elegir y no de desechar. Que despierte su curiosidad. Porque como dijo Lev Vygotsky, «el maestro debe adoptar un papel facilitador, no proveedor de contenidos».

Nos gusta ver una buena película o una buena serie, leer un buen libro o jugar a un videojuego. Para que sean de buena calidad, que nos gusten (y no solo visualmente, que también), para que nos entretengan y resulten creíbles, que nos emocionen, tiene que haber detrás, por fuerza, buenos guionistas, directores, creadores, grandes profesionales que busquen la mejor manera de hacer las cosas, no las más efectistas. Deben estar armados y arropados por las humanidades, porque se debieron de hacer preguntas, encontrar nuevas vías de expresión a lo que daba vueltas por sus mentes, imaginar diferentes posibilidades, expresar las emociones que sentían y querían transmitir.

Tenemos la capacidad de hacernos preguntas, de cuestionarnos. De hecho, los regímenes totalitarios, al hilo de lo que dijo Nussbaum, lo primero que hacen al alcanzar el poder con la finalidad de mantener al pueblo controlado y afín a su causa es alejarlo de la cultura, eliminar su capacidad de pensar: queman y/o prohíben libros, cuadros, reuniones, etc. Un hombre que no piensa no da problemas. Los principales presos no militares en estos regímenes no son solo los que se oponen a sus ideas políticas, sino los artistas, académicos, personas que pueden pensar y, sobre todo, hacerlo de manera diferente. En tiempos de guerra (obviando, claramente, los objetivos estratégico-militares), lo primero que se pone a salvo son las obras de arte y los libros.

Si se le quita al ser humano su cultura y se elimina su capacidad de pensar, se cambia su historia, su identidad y sus creencias, tal y como describe magistralmente George Orwell en su 1984. Como puntualizó Ortega y Gasset: «El pasado no nos dirá lo que debemos hacer pero sí lo que deberíamos evitar».

Y es que la Historia, la Filosofía, la Literatura nos obliga a cuestionarnos, a expandir la mente e imaginar nuevas formas de alcanzar un objetivo. Porque para que un científico logre nuevas metas, este debe preguntarse el porqué de las cosas, debe ampliar sus perspectivas y crear nuevos puntos de vista que serían impensables anteriormente. Es decir, abrir nuevas sendas.

No se trata solo de avanzar lo que permiten los progresos científicos. Es la mente quien debe permitir o limitar dichos avances, la innovación, la imaginación. Como reza esa frase tan conocida y falsamente atribuida (o de dudosa autoría), a Walt Disney: «Si puedes soñarlo, puedes hacerlo».

¿Dónde estaríamos hoy sin Julio Verne y su Viaje de la Tierra a la Luna, de 1865? O sin William Gibson y su red mundial, su ciberespacio, ya recreado en su obra Neuromancer en 1984; sin la tarjeta de crédito predicha por Edward Bellany en el libro Mirando atrás, de 1888. Recordemos la predicción en 1726 de las dos lunas de Marte por Jonathan Swift en su célebre Los viajes de Gulliver, el submarino de Julio Verne de su 20.000 leguas de viaje submarino (1870), las puertas automáticas descritas por H. G. Wells en 1899 en Cuando el durmiente despierta; la fertilización in vitro predicha por J.B.S. Haldane en Dédalo, o la Ciencia y el Futuro de 1924; los auriculares internos descritos por Ray Bradbury en 1953 en la obra Fahrenheit 451; los satélites de comunicación de Arthur C. Clarke en 2001: una odisea en el espacio de 1951. Y así, un largo etcétera, donde queda patente la comunión entre ciencia y humanidades, donde una bebe de la otra y viceversa.

Debido al nivel de globalización en que vivimos, la ciencia y la tecnología son y serán prácticamente las mismas en todo el planeta pero las humanidades, la cultura, es lo que define a los pueblos, los que los hacen singulares, distintos. Únicos.

Las humanidades definen al hombre como especie, la hacen mejorar, crecer, cuestionarse, querer saber porque, como dijo el filósofo francés André Comte-Sponville: «A fin de cuentas, ¿qué es la Filosofía? Es el esfuerzo de pensar, pensar mejor para vivir mejor. El amor a la sabiduría consiste en intentar vivir de manera un poco menos estúpida, un poco más inteligente, para ser más felices».

Y ese amor a la sabiduría, a las humanidades era lo que derrochaba Manuel Sánchez, don Manuel, Manolo. Manolo, ese gran desconocido para casi todos (o no tanto), ese profesor de secundaria, del antiguo CULP y de la ULPGC, al que tanto debemos los que hemos pasado por el instituto o la universidad.

No solo porque fuera delegado provincial de Educación y porque gracias a su atenta mirada lograra que gran parte de los pueblos de la isla tuvieran un centro educativo.

Tampoco porque hubiera sido subdirector de la UNED en Las Palmas y colaborara en su expansión para dar cobertura a toda la isla ni que desde la fundación de la ULPGC en 1989 fuera coordinador de COU y de las pruebas de selectividad y miembro del tribunal. O porque pusiera las bases de organización de estas pruebas. No, tampoco. Aunque solo fuera por una de ellas tendría que ser ampliamente reconocido y recordado.

Muchos canarios debemos y tenemos que agradecer a Manuel Sánchez sus incontables horas de dedicación y esfuerzo para impulsar, junto con Rafael Robaina, antiguo Rector de la ULPGC, el programa de acceso para mayores de 25 años, por promover y desarrollar el programa para mayores Peritia et Doctrina , del cual participó y fue responsable durante muchos años.

Agradecer lo que para nosotros y para los futuros estudiantes universitarios es un paso más en nuestra formación, un paso natural y sencillo, a priori, pero que costó tiempo y esfuerzo en crear.

Porque como recuerda la profesora titular de Filología Latina y antigua compañera, Mª Elisa Cuyás de Torres, tenía una gran capacidad organizativa y de gestión. Era un hombre muy ocurrente y una excelente persona, muy amable con todos, compañeros, amigos o alumnos. Aunque actividades no le faltaban, siempre tenía tiempo para atender y escuchar a cualquiera. Tenía una gran capacidad de diálogo y una eterna sonrisa. Era una persona que nunca tenía un «no» por respuesta sino un «vamos a ver qué podemos hacer», como recuerda su familia.

Toda su vida estuvo comprometida con la enseñanza, en su doble faceta de docente y de gestor, que veía como dos aspectos indisolublemente unidos, decía Trinidad Arcos, catedrática de Filología Latina y Rectora accidental de la ULPGC. Y no solo comprometida con la enseñanza, sino con su otra gran pasión, su familia, a la que hizo partícipe de sus proyectos, pasados y futuros, como su inacabada tesis doctoral sobre los himnos a Eros en la Literatura Griega, que la maldita enfermedad hizo cruelmente que quedara a medias.

Ese era Manuel Sánchez, don Manuel, Manolo: amor por su familia, por su trabajo, sus compañeros, sus alumnos, su Griego. Cada año dedicaba una de las sesiones de tarde de su docencia en primero de Griego a leer con sus alumnos una tragedia griega completa. Antígona, de Sófocles, era una de sus favoritas en la que se reservaba el papel del rey Creonte.

Era un enseñante que prodigaba su amor por su asignatura, contagiando a alumnos y compañeros. Una persona pausada, acogedora, amable y con un punto de socarronería, como recuerda su antiguo compañero Antonio Mª Martín Rodríguez, catedrático de Filología Latina de la ULPGC.

No debe ser una simple coincidencia cuando todos sus compañeros solo tienen buenas palabras y recuerdos de él, al que describían como puntilloso y perfeccionista, trabajador y colaborador, amigo y compañero, de sonrisa siempre en ristre.

Como dijo su antiguo colega, Manuel Wood, Manolo fue, al igual que Hesíodo, un cantor de los tiempos de paz, del trabajo y de la familia.

Pasa a la página siguiente >>

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents