Texto íntegro del pregón de las Fiestas Fundacionales de Las Palmas de Gran Canaria 2024, por Flora Pescador

La Hija Predilecta de Las Palmas de Gran Canaria (2018) ha sido la pregonera de las Fiestas Fundacionales de este año

Flora Pescador, lee el pregón de las fiestas fundacionales de la ciudad

Flora Pescador, lee el pregón de las fiestas fundacionales de la ciudad / Andrés Cruz

Flora Pescador

"Excelentísima alcaldesa de Las Palmas de Gran Canaria Carolina Darias San Sebastián, Ilustrísimo señor concejal de Cultura Adrián Santana García, Corporación Municipal, autoridades, vecinas y vecinos. Quisiera empezar dando las gracias por esta oportunidad de inaugurar las fiestas fundacionales de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria y el placer de dedicar un pregón a esta admirable ciudad.

El 24 de junio de 2024 celebramos los 546 años de la fundación de Las Palmas de Gran Canaria, esta fecha conmemora el día en el que el hidalgo castellano Juan Rejón en nombre de los Reyes Católicos instaló un campamento militar, germen de la futura urbe en las orillas del barranco Guiniguada. Este lugar se denominó “El Real de Las Palmas”. Según las crónicas de la época era un oasis de agua y palmeras altas que servían de referencia a los mareantes que por aquí recalaban.

Quisiera centrar este pregón dedicado a la ciudad a través de su peculiar naturaleza y geografía, de sus montañas, barrancos y laderas, desde su buen clima y los vientos alisios, desde su bella aridez, su salitre y su relación con el mar, y desde la narrativa de su vegetación, parques y jardines, heredera de tradiciones como la española y la inglesa, entre otras, que nos han ido dejando un verdadero crisol de culturas.

La generosa naturaleza canaria, sus montañas y escarpes y su excepcional vegetación han formado parte de la tradición mítica del concepto de isla-paraíso, tales como islas Afortunadas, Campos Elíseos o Jardín de las Hespérides. Esta idea de jardín o paraíso ha estado asociada en Canarias a su naturaleza exuberante, a sus paisajes de excepción.

Los barrancos de la isla de Gran Canaria, como el del Guiniguada, han modelado no sólo el relieve de la isla sino también la historia de sus habitantes. Este lugar nos traslada a la cultura del agua que, desde los nacientes de la isla, el barranco de La Mina o la Fuente Morales, llegaba durante años con muchísimas dificultades a las mismas puertas de la ciudad. En su seno aún alberga muchos elementos patrimoniales del agua, y también jardines extraordinarios como el Jardín Botánico Canario Viera y Clavijo, sin duda uno de los más bellos jardines de Canarias, un ejemplo modélico de integración de la naturaleza y el paisaje realizado en tiempos del Presidente del Cabildo Insular Matías Vega Guerra y especialmente gracias a su notable impulsor Eric Ragnor Sventenius y la colaboración de Jaime O’Shanahan, Juan Nogales Hernández, Fernando Navarro Valle, José Alonso Socorro y David Bramwell. Tuve la suerte de vivir junto a la entrada del jardín y desde pequeña he podido verlo crecer y formar parte de mi vida admirando su vegetación, sus exedras, sus fuentes y sus caminos vertiginosos.

Si analizamos detenidamente el barrio de Vegueta observaremos que su trazado también obedece a la forma de discurrir del agua, a su adaptación al relieve, a las fuentes y pilares que se fueron disponiendo para abastecer de agua potable con muchas dificultades a la población. La existencia de vegetación va unida a estas penurias de la escasez de agua, que poco a poco con el discurrir de los años se fue mejorando con la construcción de aljibes y depósitos, la disposición de algún vivero, y la importación de semillas y árboles exóticos a través de los caminos verdes abiertos con América.

También el barrio de Vegueta expande su trazado en forma de abanico una forma analógica a como se despliega la hoja de una palma. Su edificación, reservada y elegante, se dispone en un barrio que respira con alegría a través de la porosidad de sus patios dando entrada a la luz, el aire y la lluvia. En ellos se encuentra la tradición de los jardines de los lugares de clima árido en donde es necesario el control del agua a partir de sus techos y pozos, posibilitando el tamiz de la vegetación, la sombra y el frescor. Los patios de Vegueta son auténticos hortus conclusus, maravillosos oasis de verdor como los de la Casa de Colón o el del Patio de los Naranjos ubicado en el claustro de la Catedral.

El origen de la plaza Mayor de Santa Ana, de trazado renacentista, se sitúa en los comienzos del siglo XVI con una forma analógica a un patio a la escala urbana. Este contraste entre la geometría y el espacio exterior, conforma un recinto preciso que entrelaza el discurso entre la villa y su centro histórico. Esta fue la primera ciudad de Realengo de la Corona de Castilla fundada en el Atlántico y también la primera plaza Mayor planificada en donde se ubicó desde el principio la representación de su poder civil, religioso y militar, además de convertirse en el centro de la vida urbana en sus momentos festivos y celebraciones. Es, como bien nos enseñó en un trabajo minucioso el historiador Alfredo Herrera Piqué, el primer antecedente de todas las Plazas Mayores de España y el modelo de construcción en el nuevo mundo del centro de la urbe, dejando una impronta y una cultura que se repitió tenazmente en la fundación de muchas ciudades de América.

La Plaza de Santa Ana alberga admirables monumentos, como La Catedral cuya construcción se inició en el año 1500, siendo la primera catedral española construida en el Atlántico y que celebra en estos días los 50 años de la declaración de Bien de Interés Cultural y también alberga las Casas Consistoriales entre toda esta arquitectura magnífica e instituciones de interés que nos rodea. En este punto especialmente quisiera poner el acento en otros elementos, como sus palmeras, sus fuentes y ornamentos. Destacaría el agua en recuerdo del antiguo pilar de abastecimiento que acogió desde su origen y que hoy queda simbólicamente recogido en las fuentes y chorros ubicados en su lado este, también quisiera resaltar el simbolismo del conjunto escultórico de los canes o perros, que, sin entrar en la controversia de su autoría, ni de su origen, es paradójicamente y de forma inesperada un gran homenaje a algunas hipótesis del origen del gentilicio de Canarias y nombre de la isla de Gran Canaria. El conjunto escultórico de canes se ha convertido en un símbolo de la capital y un lugar de regocijo, no sólo de los turistas, sino de toda la población infantil que, durante generaciones, desde su implantación ha subido alguna vez a los lomos de estos perros de hierro fundido. También, me gustaría destacar en esta plaza, las palmeras alineadas que la enmarcan, un homenaje natural al origen de esta ciudad de palmas con sus formas airosas, y sus bellos penachos y que ojalá, como decía Fray José de Sosa, sean, “tan desmedidas en lo alto que algún día se avecinen con las estrellas”. La palmera es una de las especies que nos define a los palmenses y es considerada símbolo natural del archipiélago un verdadero signo de identidad.

El Centro Histórico está reclamando recuperar el lugar en donde la ciudad, el agua y la naturaleza iniciaron el relato de un pasado singular. La recuperación del Guiniguada a su llegada al mar a día de hoy es un proyecto necesario y clave para emprender con entusiasmo una nueva etapa de la ciudad que conecte con su pasado y le devuelva un futuro realmente esplendoroso.

Sé que este acontecimiento está en camino y agradezco profundamente a la corporación actual del Ayuntamiento su abierta disposición a conseguir que toda la fuerza de una ciudad, recupere su sentido original, y que vuelva el agua, la vegetación y sus palmeras a repoblar con fuerza su desembocadura. Las Palmas de Gran Canaria si supera este escollo, tendrá la oportunidad de obtener por méritos propios que sus barrios históricos sean Patrimonio Mundial de la UNESCO.

Yo viví mi infancia y juventud en el barrio de Ciudad Jardín, que era como vivir entre paréntesis. Parecía como si allí no sucediesen las cosas, como si todo pasase en Las Palmas o en El Puerto. Mi casa, como muchas otras de Las Palmas de Gran Canaria, tenía una azotea desde la que se veía el Puerto de La Luz, sin duda la imagen del mayor éxito de esta ciudad, gracias al ímpetu de la colonia británica y de los hermanos León y Castillo. El Puerto a los pocos años de su construcción se convirtió en uno los más importantes del Atlántico medio y propició el despegue económico de la ciudad, convertida, gracias a esta iniciativa, en una gran plataforma oceánica.

Los ingleses en Las Palmas de Gran Canaria construyeron en Ciudad Jardín un mundo propio siguiendo un patrón cultural extraído de sus formas y modelos de construir lo urbano, con viviendas y hoteles rodeados de jardines y arbolado que nos ha enriquecido notablemente. Este barrio verde sigue siendo un punto y aparte en la ciudad, gracias a este espíritu entonces ajeno y hoy asimilado. La colonia inglesa también alentó los baños de mar asociados a la salud y al ocio. Se inicia en esos años un cambio radical en los usos sociales que a día de hoy nos permiten valorar las distintas culturas que por aquí han pasado, dando forma a la capital y a sus modos de vida, entre todas nos han aportado una parte de las mejores cualidades como el cosmopolitismo, la tolerancia y una forma de vivir abierta y desenfadada que se refleja en uno de sus espacios más emblemáticos, la Playa de Las Canteras, un lugar donde la vida se celebra junto al agua, nadando, sebando olas, margullando, papeando, al solajero, purpiando o caminando por un paseo exclusivo, feliz y hedonista por donde circula el temperamento alegre que desprende la población de esta ciudad, un rasgo atlántico y cultural que nos define.

Muchas mujeres en la historia de esta población han estado vinculadas al mundo doméstico de la azotea, configurando un espacio de libertad entre antenas de televisión y bidones de agua. El trabajo de los cuidados ha sido el soporte de la sociedad y hoy tras la pandemia de hace pocos años es hora de agradecer a muchas mujeres que con su esfuerzo nos han traído hasta aquí, entre las cuales también están aquellas que se lanzaron al vacío con gran valentía como casi literalmente lo hizo Pinito del Oro, otras que saltaron al mundo desde la piscinas del Lido o el Metropol como Rita Pulido o Pastora Martín, otras que se proyectaron a la sociedad con gran mérito literario como las escritoras Carmen Laforet y María Dolores de la Fe, que han descrito Las Palmas de Gran Canaria con una capacidad grande de observación.

Recuerdo a mi tía Nieves en la azotea diciendo: “niñas a la ducha que está entrando el agua”. Muchas personas recordarán las restricciones de agua. Hoy vivimos como si el agua fuera un recurso ilimitado. Hasta la llegada de la desalación, a mitad del siglo pasado, la obtención del agua potable fue un gran problema para la población. En los años del alcalde José Ramírez Bethencourt comienza la técnica pionera de la depuración y lo proyectos combinados de plantación de arbolado y naturalización de la calles y plazas a partir de aguas regeneradas.

Hoy en día muchas de las azoteas de la urbe se están transformando en acogedores jardines y terrazas en lugares abiertos de luz, vegetación y sostenibilidad que junto con el buen clima y el frescor que nos propicia nuestra envidiable panza de burro, nos invita a contemplar desde lo alto el transcurrir de la vida y también observar los doseles vegetales, habitadas por una avifauna silvestre de mirlos, tórtolas, gorriones o abubillas. Esta es una ciudad de azoteas con un enorme potencial de construir su quinta fachada, haciendo de su gran superficie de azoteas y cubiertas, valiosos oasis de vida y biodiversidad con jardines, huertos y terrazas verdes.

Otra característica muy notable de esta ciudad son las panorámicas abiertas desde los múltiples miradores de sus laderas y montañas en donde la geografía emerge y organiza, junto con el amplio frente litoral una estructura geográfica muy potente. La naturaleza a veces árida del paisaje insular y su particular vegetación como cardones, palmeras o piteras ha sido objeto de imágenes preciosas de arte, como alguna del pintor simbolista Néstor y motivo de inspiración de un numeroso grupo de grandes artistas y de personas muchas de ellas formadas en la Escuela Luján Pérez, destacando la obra de Jorge Oramas, de Jane Millares, Pino Ojeda o Felo Monzón entre muchas otras.

En la coronación de alguna ladera se ubican parte de las fortificaciones militares que defendían la ciudad de los ataques piratas, especialmente a partir del terrible ataque y asedio de Pieter Van der Does en junio de 1599 que dio lugar a una gesta valiente de defensa de la población de la que en estos días se conmemoran los 425 años. Una consecuencia de este ataque fue la construcción de una segunda línea de fortificación en las laderas como el Castillo de San Francisco en el siglo XVII diseñado por el ingeniero Próspero Casola. También la antigua Batería de San Juan, construida a finales del siglo XIX en un lugar que sigue manteniendo unas amplísimas panorámicas de la capital. Estos días se ha anunciado felizmente, desde la actual corporación que son objeto de un plan de renovación para su reconversión en Museo al aire libre.

Las laderas y riscos de la ciudad han sido durante años objeto de interés y preocupación para ser arboladas y repobladas, un deseo que con una cierta intermitencia se ha mantenido por ediles, expertos o ciudadanía. En 1871, y a solicitud de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Gran Canaria, institución que ha realizado una enorme labor en pro del arbolado, se impulsó una comisión mixta permanente de Ornato y Arbolado dirigida a mejorar las condiciones naturales en la ciudad y a la conservación y repoblación vegetal en las laderas. Muchas eran las dificultades para este último cometido, entre ellas las debidas a su precisa ubicación en las denominadas “zonas polémicas” por encontrarse en sus cercanías las baterías y defensas de la ciudad que debían permanecer libres de obstáculos visuales y, por tanto, estando supeditada la plantación de árboles a la obtención de una licencia del Rey de España. Esta licencia estuvo en activo hasta los primeros años del siglo pasado. También la Sociedad Científica del Museo Canario, durante años, abogó por las condiciones de salud de la urbe, a través de Gregorio Chil y Naranjo gran defensor de los postulados higienistas que promovía la incorporación de vegetación y árboles en las calles como reguladores ambientales y benefactores para la salud.

Estas vicisitudes no impedirán el desarrollo de la primera revolución verde en la ciudad con los proyectos para la Alameda de Colón y la Plaza de Cairasco, en el entorno del actual Gabinete Literario y los de la plaza de las Ranas, la Alameda vieja y el parque de San Telmo obras de algunos arquitectos como Laureano Arroyo, Fernando Navarro y José Antonio López Echegarreta, lugares en donde celebrar el agua, la vegetación, la salud y el arte como nos recuerdan grandes historiadoras como Rosario Alemán Hernández o María de los Reyes Hernández que gracias a su trabajo nos transportan al sentido humanista que esconden los árboles asociados a las fuentes ornamentales y los trazados históricos.

Como dice la socióloga Saskia Sassen las raíces de los árboles se extienden bajo la piel de la ciudad. Hoy en la capital grancanaria hay más árboles que nunca, pero siguen siendo insuficientes y afortunadamente ya no es necesario pedir permiso al Rey para repoblar. Algunos son auténticos monumentos arbóreos de gran interés y singularidad como la araucaria de la Fundación Mapfre Guanarteme, el sencillo tulipero de Gabón junto a la ermita de La Luz, los laureles en el edificio del Rectorado de la ULPGC o los ubicados en la plaza del Obelisco desde los tiempos del arquitecto Joan Margarit, las preciosas araucarias en el interior del polígono de Schamann, algún ficus desesperado por la poda de sus copas en las aceras de la ciudad o intentando desarrollar sus raíces aéreas en el Parque de San Telmo. Agrupaciones de palmeras junto al Hotel Santa Catalina, alongadas a lo largo del Paseo de Chil o robustas y espléndidas en la plaza de Don Benito. Un bosque muy variado de ficus, jacarandas, cycas, dragos y palmeras en el parque Doramas, en el parque Juan Pablo II de Siete Palmas o en el de Las Rehoyas. También falsos pimenteros, y hermosos flamboyanes en Ciudad Jardín, palo rosa en Alcaravaneras, recientes brachichitos en Triana, grevilleas en Primero de Mayo.

Muchas de estas especies y los lugares donde se ubican son también históricas, su existencia se la debemos desde hace años a personas como el jardinero mayor Juan González, o el también jardinero mayor del Puerto Manuel Vidal Iglesias, o el biólogo Carlos Suárez Cárdenes, pero también a ilustres invitados como Nicolau María Rubió Tudurí que durante los años cincuenta del siglo pasado colaboró con el Ayuntamiento de Las Palmas y el Cabildo de Gran Canaria. Muchas de sus realizaciones las hizo en el entorno del parque Doramas junto con el arquitecto Miguel Martín Fernández de la Torre, entre ambos construyeron alguno de los mejores ejemplos de ciudad verde, con la prolongación del parque Doramas, los jardines Rubió, la subida a Altavista o el barranquillo de Viera. Estos proyectos de paisaje y ajardinamiento se podrían denominar como la segunda revolución verde, que señaló un camino a seguir con el ejemplo de integración de la ciudad a la geografía en la continuidad de sus potenciales redes verdes.

Hoy, Las Palmas de Gran Canaria es una gran metrópoli, una amplia ciudad marítima con una plataforma de costa de más de quince kilómetros en contacto con el mar, algo único y excepcional y que a medida que se va elevando, se dispone de forma orgánica y fragmentada según el orden determinista que imponen los barrancos, laderas y las grandes diferencias de cota. La geografía conforma un marco poderoso que enhebra el discurso de la ciudad. Es una geografía a veces icónica, como el del fondo de la imagen de La Isleta que forma parte de casi todos los panoramas, un monumento de Las Palmas de Gran Canaria y de sus conmovedoras laderas desérticas. Es una ciudad producto de choque de ciudades y de épocas, dinámica, atractiva e inspiradora pero también profundamente compleja, en su diversidad, con una abigarrada edificación mineral que coloniza a veces sus laderas con cierta impunidad. Es una ciudad que se despliega entre el mar, y la brisa del viento atlántico con grandes contrastes formales que busca desde todos los ángulos la posición de ese fondo sereno que da la imagen implacable del horizonte y el mar. Hoy más que nunca los barrancos como el Guiniguada, el de La Ballena, el de Tamaraceite, el del Lasso, San José del Álamo o las múltiples cornisas como Cuatro Cañones o La Minilla y el frente marítimo son los lugares que progresivamente demandan asumir el protagonismo, de la tercera revolución verde a partir la ampliación de espacios libres y de corredores e infraestructuras verdes.

Las islas, Canarias como decíamos al principio, han tenido históricamente una acepción semejante a la de jardines como lugares paradisiacos. Esta idea no debemos perderla de vista y hacer un esfuerzo mayor por la valoración social y cuidado de su vegetación, de sus jardines, plazas, alamedas y paseos. Mantengamos una posición activa frente a una naturaleza cada vez más degradada y hostil que nos amenaza especialmente con los fenómenos asociados al calentamiento global y sus efectos adversos. La sombra de los árboles construye los caminos, nos ayuda en las relaciones sociales, y también nos cobija y atempera los días fuertes de calor y nos ayuda en la descarbonización del entorno. Pensar en el urbanismo es reflexionar en cómo dar buena forma a los dinámicos flujos humanos y producir bienestar, haciendo un “urbanismo confortable” como expresa la escritora Irene Vallejo, pero también adaptándonos a los potentes flujos naturales y la comprensión de la naturaleza en la construcción urbana y social. Las ciudades, como decía la urbanista Jane Jacobs, se construyen también desde las experiencias personales. No perdamos tiempo, recuperemos como ciudadanía el concepto de isla-paraíso, o de un nuevo jardín de las Hespérides habitado por personas concienciadas y participativas que contribuyen con su aportación a hacer de esta ciudad un auténtico vergel. Cuidemos y mejoremos nuestros barrancos, parques y jardines, pero también ajardinemos o cultivemos nuestras azoteas, balcones, terrazas, ventanas y medianeras. Aportemos, en la medida de cada cual, a nuestros desvelos cotidianos, nuestro cuidado por la conexión con la naturaleza en aras de la calidad de los valores sociales, culturales y ambientales de esta noble ciudad.

Y va la arrancadilla.

El historiador, biólogo y escritor canario José Viera y Clavijo, a quien está dedicado el Jardín Botánico Canario, en su diccionario de historia natural de las Islas Canarias define la voz Palma, y cito textualmente: “el árbol célebre que los poetas consagraron a los héroes y a la victoria y que ha sido el emblema del amor conyugal, de la salud, de la fecundidad y de la conservación de los imperios”. De todas esas acepciones me quedo con tres: árbol, salud y victoria, tres acepciones en el camino del éxito verde y saludable que deseo y auguro a esta compleja y bella ciudad. Como expresa el escudo de Las Palmas de Gran Canaria, concedido por real cédula de la Reina Juana de Castilla en 1506 en el espacio comprendido entre dos orlas de hoja de palma está la leyenda “Segura tiene la Palma” que en este caso sea como decir “seguro tenemos el éxito” el que ahora le deseo a la candidatura de Ciudad Europea de la Cultura 2031 y también a todas las personas que generosa y pacientemente me han escuchado con estas palabras. Feliz verano y feliz onomástica a las Juanas (como mi madre), los Juanes y al resto de palmenses, disfruten de las fiestas de la fundación de esta ciudad afortunada".