Crónicas de un rompesuelas

Luz al final del túnel

El pasado día diez se cumplieron 125 años de la inauguración del alumbrado eléctrico en la ciudad

Fábrica de la luz en la actual plaza de la Feria, en una imagen de comienzos del siglo XX.

Fábrica de la luz en la actual plaza de la Feria, en una imagen de comienzos del siglo XX. / FEDAC

Aquel sábado diez de junio iba a quedar grabado, no sólo en la historia del siglo XIX, al que apenas faltaba un semestre para expirar, sino en la memoria de la ciudad.

A las cuatro de la tarde, una comitiva encabezada por el alcalde Fernando Delgado Morales, el obispo José Cueto y el decano de la prensa abordó el primer carruaje de una hilera de más de treinta que como una procesión partió desde el Palacio Episcopal en dirección a la plaza de la Feria, donde se inauguraría la central eléctrica.

Entre las cerca de ciento cincuenta personas que los acompañaban estaban el delegado del Gobierno, el gobernador militar, los diputados provinciales y otras personas más humildes y menos formadas, como una señora que susurraba a su marido:

-¿Qué es eso de la luz eléctrica?, ¿de dónde procede?

-No tienes por qué avergonzarte de tu pregunta –respondió él en voz alta–, hasta no hace tanto los fenómenos eléctricos solían atribuirse a fuerzas mágicas o sobrenaturales.

-¿En serio?

-Totalmente, ¿o es que de niña no te enseñaron que los rayos y relámpagos eran manifestaciones de la ira divina?

-Es cierto.

-Por eso no entiendo tu asombro, cuando hace menos de dos siglos este tipo de fenómenos formaban parte de la magia natural. De hecho, quienes empezaron a estudiarlos eran alquimistas, como Isaac Newton, cuando no directamente magos como Cornelio Agrippa, que pretendían comprender y dominar las fuerzas ocultas de la naturaleza.

-¿De veras?

-Tanto que esa misteriosa fuerza ni siquiera tenía nombre hasta que el médico de Isabel I de Inglaterra, William Gilbert, acuñó el término electricidad a partir de la palabra griega élektron que significa ámbar, en honor a los científicos helenos que descubrieron que al frotar con piel dicha resina fósil se generaba una fuerza invisible.

-Lo ignoraba, pero no creo que a estas alturas haya nadie tan supersticioso, más bien al contrario, pues conozco a gente que presenció aquel experimento realizado a mediados de julio de 1870 en la plaza de Santo Domingo, ¿lo recuerdas?

-¡Cómo no! Aquella fue la primera oportunidad que tuvimos de ver la luz eléctrica aunque solo fuese por unos minutos, hasta que hace dos años el ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife me invitó con motivo de la inauguración de su alumbrado eléctrico.

Las conversaciones continuaron hasta que la comitiva llegó a la plaza de la Feria, donde fue recibida por Eusebio Navarro y Daniel Carballo, gerente y presidente de la Sociedad Eléctrica respectivamente. A continuación, comenzó el acto con la interpretación de una marcha a cargo de la banda municipal tras la que el obispo, acompañado del resto de las autoridades eclesiásticas, procedió a bautizar las maquinarias de la central con el nombre de San Fernando, en homenaje a Fernando León y Castillo, senador vitalicio y embajador de España en París, llamada la ciudad de la luz desde principios de siglo por ser la primera localidad europea en iluminar sus calles con lámparas de gas. En su discurso, el obispo trazó un paralelismo entre la luz de la fe y la luz eléctrica, afirmando que ambas iluminan la noche física y espiritual.

Algunos contemplaban asombrados toda aquella maquinaria pese a haberla visto antes, pues cada vez que un barco atracaba en el puerto con más equipo, una multitud se congregaba para asistir a su traslado hasta la central. Lo cual demostraba que la llegada de la electricidad a Las Palmas no había sido una empresa sencilla. Había costado tanto colocar postes eléctricos desde el barrio de Arenales, donde se levantaba la central, hasta Vegueta, en el otro extremo de la ciudad, que cuando las solicitudes de instalación de lámparas por parte de particulares superaron todas las expectativas, la Sociedad Eléctrica tuvo que importar maquinaria más potente. Asimismo, triplicaron el personal de la central, que trabajó incansablemente para completar las conexiones e instalaciones que aún faltaban.

Pero tras las palabras del obispo y un brindis con champán, la comitiva dejó atrás la central para dirigirse al Hotel Santa Catalina. Allí, en medio de un banquete organizado por la prensa en honor a Daniel Carballo y Eusebio Navarro, los dos visionarios que hicieron posible aquel novedoso servicio público, se pronunciaron varios discursos acerca de lo que esa fecha significaba para el progreso de Las Palmas de Gran Canaria mientras que los más ancianos comentaban:

-Ha llovido mucho desde aquellos días en que al contrario que en los cuentos góticos, temíamos salir de noche si no había luna llena. No sólo por miedo a los robos sino a los traspiés y las caídas.

-Pero hasta hace nada –replicó su interlocutor–, para tener un accidente por culpa de la oscuridad no hacía falta salir de casa. En la de mis padres teníamos la rutina de empujar los muebles contra las paredes antes de acostarnos para evitar tropezar con ellos en caso de tener que levantarnos en mitad de la noche.

-Sí, aquello era más sencillo y menos arriesgado que encender una vela. ¿Recuerdas las de sebo? Apestaban.

-Claro que sí. Eran bastante incómodas. Las de cera de abeja eran mejores, aunque mucho más caras. Y las de esperma de ballena, un lujo.

-Efectivamente, por eso los más pobres tenían que conformarse con velas de junco, tan inestables como peligrosas. ¿Sabes cuántas muertes provocaron?

-No tantas como incendios, hasta que llegaron las lámparas de aceite, más brillantes y seguras pero al mismo tiempo más sucias y caras.

-Ya, había que estar alimentándolas constantemente con aceite. El de ballena ofrecía la mejor iluminación, seguido por el de oliva y el de esquisto.

-Precisamente por eso se inventó el quinqué, que ofrecía una luz más brillante, limpia y duradera.

-Pero no negarás que aquellas lámparas mejoraron la vida social al permitir que las veladas, los saraos, los juegos de salón, las tertulias noctámbulas y demás entretenimientos nocturnos se multiplicasen.

-¡Cómo lo iba a negar!, gracias a ellas la ciudad dejó de estar a dos velas, nunca mejor dicho, y por primera vez las principales calles contaron con alumbrado, aunque la mayor parte seguía a oscuras nada más caer la noche.

-Cierto, las lámparas de aceite eran caras de mantener, hasta que llegó el queroseno, aquel combustible norteamericano, mucho más barato y eficaz, que democratizó la iluminación.

-Prueba de que siempre hemos ido a la zaga en lo que a tecnología se refiere. ¿Recuerdas que cuando recibimos el gas como el ultimo grito ya era un eco del pasado en otras partes de España?

-Sí, la evolución de la iluminación ha sido tan rápida que nos ha superado, ¿no te parece?

-Sin lugar a duda. De las velas a la electricidad en tan poco tiempo, ha sido un salto de gigante.

-Del que esta tarde se abre el último capítulo…

Mientras aquellos dos ancianos seguían compartiendo recuerdos comenzó a oscurecer, por lo que la comitiva volvió a dirigirse a la plaza de la Feria, donde, sobre las nueve, el alcalde, embargado por la emoción de iniciar una nueva era con aquel simple gesto, giró la palanca con tanta intensidad que la partió y tuvo que ser sustituida por otra nueva.

Una vez subsanado aquel pequeño inconveniente, entre gritos de ¡luz!, ¡luz!, ¡luz! mezclados con la música de la orquesta, el alcalde volvió a girar la palanca del aparato aislador y como en el Génesis, la luz se hizo.

Al contemplar la luz eléctrica por vez primera, todos quedaron embelesados, sus ojos se abrieron con asombro y sus corazones comenzaron a palpitar más rápidamente. La ciudad, antes envuelta en la penumbra, se inundó de un brillo constante y claro, sin la vacilación titilante de las velas o las lámparas de queroseno. La claridad reveló detalles nunca vistos, llenando el espacio de una magia moderna que parecía desafiar la naturaleza. La calidez de aquella luz era diferente, casi sobrenatural, y despertó en todo el mundo una mezcla de admiración y maravilla, como si estuvieran presenciando un hechizo tecnológico, la promesa de un futuro iluminado de posibilidades infinitas.

No se trataba de otro artilugio que iba a reemplazar a las incómodas velas, las sucias lámparas de aceite, los desfasados quinqués, o las insalubres lámparas de queroseno. Aquella extraña luz parecía más viva que todas las anteriores, era constante y apenas vacilaba. Algunos se acercaron con cautela, esperando percibir el familiar olor a queroseno o el leve rastro de humo que acompañaba a las lámparas. Sin embargo, para su asombro, no había ni rastro de humo ni el más mínimo olor. Tampoco hacía falta prender una mecha para encenderla. Resultaba como si la luz brotase de la nada, pura y silenciosa, iluminando cada rincón sin dejar huella. La electricidad brillaba con luz propia, era la energía por excelencia y con ella se encendía otra luz, la del progreso, del futuro, del nuevo siglo.

El público, agitando sus sombreros, vitoreaba entusiasta mientras las copas de champán corrían de mano en mano celebrando aquel momento de verdadera emoción colectiva. La luz se había hecho: el más prodigioso de los numerosos descubrimientos del XIX, su más portentosa conquista, había dejado de ser un misterio para los grancanarios.

Al poco, todos volvieron a la plaza de Santa Ana, donde admiraron el nuevo alumbrado en un paseo amenizado con música y fuegos artificiales. Había sido un día inolvidable para aquella ciudad decimonónica que a las puertas de siglo XX conquistaba definitivamente la noche desterrando la oscuridad para siempre.

Si el año anterior había sido el del desastre, todos esperaban que el próximo fuese el de la regeneración de aquel país crepuscular que vivía un lento y prolongado declive, así que comenzaba a verse la luz al final del túnel de la decadencia.

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