Crónicas de un rompesuelas

El brujo de La Isleta

Hace unas semanas se cumplió el vigésimo quinto aniversario de la muerte de Indalecio Santana García, más conocido como el brujo de La Isleta

Retrato al óleo de Indalecio Santana (1980) por José Gopar.

Retrato al óleo de Indalecio Santana (1980) por José Gopar. / LP/DLP

La noche del jueves, durante el solsticio de verano, un amigo me preguntó algo inquieto cómo era posible que en pleno siglo XXI algo tan natural como un simple evento astronómico siguiera vinculado a la brujería y el esoterismo. Estaba tan impresionado por la persistencia de estas creencias que intenté calmarlo:

-Según el folclore, las brujas consideran el solsticio de verano uno de esos raros instantes en los que la frontera entre el mundo material y el espiritual desaparece momentáneamente. Por eso, aprovechan la ocasión para realizar sus hechizos más poderosos, comunicarse con los muertos y recoger hierbas medicinales o mágicas, ya que creen que sus propiedades son más fuertes en esta fecha.

-¿Y la Noche de San Juan? –preguntó.

-Al celebrarse tres días después, también está profundamente entrelazada con la magia. Se dice que durante esa noche, las brujas se reúnen en lugares apartados para celebrar aquelarres y rituales mágicos, aprovechando la energía mística de la fecha.

-Los brujos ya no se ocultan –replicó asustado–, eso era antes. Lo sé porque Las Palmas se ha convertido en la ciudad de las brujas. Mi nuevo vecino se dedica a la magia negra y no te imaginas cuantos clientes recibe a diario.

-Eso tiene una explicación muy sencilla –respondí, tratando de calmarlo–. Desde la llegada de las religiones afroamericanas, la ciudad se ha llenado de santeros, paleros y umbandistas, quienes iniciaron y siguen iniciando a muchos discípulos. Estos discípulos, a su vez, inician a otros y así sucesivamente. Luego cada uno abre su consulta y el resultado es que ya no hay una sola calle de Las Palmas sin al menos un par de brujos. Pero hasta hace poco, en toda la isla había menos brujos que dedos en mis manos, y por eso eran conocidos por el nombre del barrio en el que trabajaban. Por ejemplo, Dorita Santana era llamada la bruja de Cuatro Puertas e Indalecio Santana García, buen amigo de mi familia, el brujo de la Isleta.

-¿Tu familia era amiga de un brujo?

-Todo el mundo era amigo de Indalecio, más conocido como Dali.

-¿Era un brujo como los de las películas?

-Aunque le vi realizar predicciones que luego se cumplieron con una exactitud sorprendente, creo que tenía más de psicólogo que de brujo. Pero, fuera como fuese, en su casa de la calle Almagro una muchedumbre hacía cola diariamente para consultarle sus problemas y él los atendía como si fuera un médico.

-¿Una muchedumbre?

-Sí, pues no sólo recibía a clientes de Las Palmas, sino de toda la isla; incluso había quienes venían de otras a visitarlo. Por eso se sabía al dedillo la vida de toda la ciudad, ya que le echaba las cartas a miles de personas que le confesaban todas sus intimidades como si fuera un sacerdote. Una noche que visitó la casa de mis padres nos contó la vida y milagros de todos los vecinos de nuestro edificio.

-¿Lo dices en serio?

-Tan en serio que su fama trascendió el archipiélago. Fue entrevistado por varias publicaciones europeas especializadas en esoterismo y rechazó repetidas ofertas para ser entrevistado en programas de la televisión nacional como Más Allá de Fernando Jiménez del Oso.

-¿Qué tipo de magia hacía?

-Única y exclusivamente blanca, basada en la oración a los santos y las ánimas del purgatorio. Pero con buen espiritista aseguraba comunicarse con el espíritu de un muerto, del cual recibía indicaciones.

-¿Cómo era?

-Alto, delgado, con bigote y peinado a estilo de Clark Gable, poseía un carisma y una personalidad magnética. Sorprendente, excéntrico, único e irrepetible, era tan piadoso que hasta tenía una capilla en su casa, adornada con valiosas imágenes, aunque en su lejana juventud hubiese sido bailarín.

-¿Dejó el baile por la brujería?

-Y precisamente por eso era un gran amigo de las gentes de la farándula llegando incluso a ser mecenas de varios artistas.

-¿De quienes?

-De muchas personas, especialmente del pintor lanzaroteño José Gopar, quince años más joven que él, por quien sentía una atracción no correspondida y de la poetisa y cantante Trinidad América García, más conocida como Mery Malde, amiga suya desde la infancia, que durante los años cincuenta fue una destacada vedette.

-Debió haber sido todo un personaje.

-No sabes hasta qué punto, pues aquel hombre singular declaraba con total impunidad y un aire casual haber invocado a Lucifer, quien se le apareció en medio de su salón, o que dos veces al año Juan Carlos I lo mandaba a buscar en un avión del ejército para consultarle en la Zarzuela sobre el futuro de la patria.

-¿Cuándo nació?

-En 1920, en el seno de una familia humilde de El Refugio, a pesar de lo cual afirmaba ser descendiente directo de los guanartemes. Aunque creció entre la gente más humilde de las Canteras acabó codeándose con pintores, aristócratas, políticos, cantantes y escritores. Asimismo, era un apasionado coleccionista de arte cuya casa parecía un museo. Amante de las joyas, entre las numerosas alhajas que solía llevar recuerdo especialmente un anillo de oro con un escarabajo egipcio fosilizado.

-¿Despilfarró su fortuna coleccionando joyas y antigüedades?

-Lo que empleó en él fue calderilla comparado con lo que gastó en ayudar a los demás. Siempre dispuesto a socorrer al prójimo, alimentó a familias enteras, auxilió a desvalidos, pagó tratamientos a enfermos, costeó carreras a estudiantes sin recursos, llenó de ilusión las navidades de miles de niños pobres con regalos y todo sin pedir nada a cambio.

-¿Era un santo?

-Desgraciadamente no. Su único vicio era el tabaco, que acabó matándolo de un enfisema. Fiel a su espíritu generoso, en sus últimos momentos tan sólo temía una cosa.

-¿La muerte?

-No, morir antes que su hermana Tomasa, que padecía alzhéimer, pero no pudo vencer a la Parca. Pocas horas antes de fallecer exigía a los médicos que le dejasen regresar a casa, alegando que aún tenía muchos asuntos pendientes. Hasta el último segundo, su única preocupación fueron los demás, no él.

-Debió ser muy llorado.

-Más bien no.

-¿Por qué?

-Pues por el simple hecho de que uno de los grandes pecados de la humanidad es la ingratitud. Después de toda la ayuda que brindó, se esperaba que su entierro fuese multitudinario. Por eso, los pocos que acudieron al cementerio del Puerto de la Luz se preguntaban: ¿dónde están las miles de bocas que alimentó, las familias que sostuvo, los enfermos que cuidó?

-¿Tienes alguna foto de él?

Entonces le mostré el retrato que le hizo su protegido José Gopar al que mi amigo confundió con su sobrino Juan.

-No, no se trata de ese Gopar –le corregí–, pero no me extraña que los confundas, al fin y al cabo a José Gopar le sucedió lo mismo que a Dali.

-¿El qué? –preguntó intrigado.

-Ser olvidado tras su muerte, que tuvo lugar el pasado dos de octubre en su domicilio de Escaleritas sin que ningún medio de comunicación se hiciera eco del óbito pese a haber sido un artista tan polifacético que no sólo destacó como pintor sino también como muralista, proyectista, diseñador de libros, trajes de época, grabador, cartelista e incluso realizador de alfombras del Corpus. Su extenso currículum incluía exhibiciones en ciudades como París, Copenhague, Nueva York, Estocolmo o Dallas y numerosos galardones, incluyendo el Premio Nacional de Pintura.

-¿Y qué ocurrió con la hermana de Dali?

-Tan sólo le sobrevivió cinco semanas, pues él falleció la medianoche del viernes 28 de mayo de 1999 a los setenta y nueve años.

-¿Tanto te impresionó su muerte que se te ha quedado grabada la fecha y hora exacta?

-Sí, porque aquella noche ocurrió algo muy extraño. Mi hermano estaba en casa de mis padres viendo la televisión en el piso de abajo. Pasada la medianoche, un espejo gigantesco, de casi dos metros de altura, que nos había regalado, se desprendió inexplicablemente de lo alto de la pared de las escaleras y cayó peldaño a peldaño sin romperse, hasta llegar al piso inferior, donde se hizo añicos al estrellarse a sus pies. En ese preciso instante sonó el teléfono. Paralizado, no podía imaginar quién llamaba a esa hora ni por qué, pero al descolgar resultó ser nuestro primo dándonos una mala noticia: quien nos había regalado el espejo acababa de fallecer.

-¡Dali!

-Sí, el único brujo de la Isleta. Ahora hay un centenar, pero ninguno tan original como él.

Suscríbete para seguir leyendo