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Crónicas de un rompesuelas

Baile con la muerte

El bailarín y coreógrafo Lorenzo Godoy puso fin a su vida en la sede del Ballet Contemporáneo de Las Palmas, institución que él mismo había fundado

Antigua sede de la Escuela de Ballet Contemporáneo de Las Palmas. | |

Antigua sede de la Escuela de Ballet Contemporáneo de Las Palmas. | | / Andrés Cruz

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Hace unos días, caminaba con varios amigos y familiares por la calle Terrero, cuando al llegar a lo que fue la Escuela de Ballet Contemporáneo de Las Palmas, nos detuvimos frente a su puerta. El edificio, aunque silencioso, parecía retener el eco de una época en la que la danza impregnaba cada rincón de la isla con su vitalidad.

-¿Recordáis quién murió aquí, hace cuarenta años? –dije, rompiendo el silencio que nos envolvía mientras observábamos el lugar.

-Lorenzo Godoy –respondieron casi todos.

-¿Quién es ese? –exclamó Antonio, el hijo de uno de los presentes.

-Lorenzo Godoy –comenzó a explicar su madre– fue un bailarín y coreógrafo que no solo impulsó el ballet contemporáneo canario, sino que lo llevó más allá de nuestras fronteras, alcanzando lugares que ningún otro bailarín isleño había pisado antes, como Europa, México, Venezuela y Estados Unidos.

-¿Cuántos años tenía cuando murió? –volvió a preguntar Antonio, imaginando que alguien con un currículo tan extenso debía ser un anciano.

-Tan solo 39 –respondió su madre–, lo que significa que murió en plena madurez artística, justo cuando su carrera prometía grandes logros, a pesar de lo cual su legado es impresionante: nada menos que 53 coreografías que colocaron a Gran Canaria en el mapa internacional de la danza. Por eso su desaparición generó una profunda inquietud. La noticia de su muerte se propagó como la pólvora, primero por la ciudad, luego por toda la isla, el archipiélago y, finalmente, la Península.

-¿Y se sabe qué lo llevó a acabar con su vida? –preguntó Antonio, con la curiosidad de quien acaba de desenterrar una historia olvidada.

-No, –contesté, sacudiendo la cabeza– pues su propia existencia constituyó, en muchos aspectos, un enigma.

-¿A qué te refieres? –insistió intrigado.

-Lorenzo Godoy fue un célebre desconocido. Todos lo recuerdan como un gran bailarín, pero en realidad sólo se dedicó a la danza profesional durante aproximadamente una década. Antes de eso era escaparatista.

- ¿Escaparatista? ¿Dónde? –preguntó sorprendido.

- Comenzó a trabajar a los 17 años en unos almacenes de esta ciudad. Año y medio después, se fue a Alemania, pero como entonces no pertenecíamos a la Unión Europea, lo enviaron de vuelta a Francia. Allí, tras algunos esfuerzos, consiguió trabajo en À la Belle Jardinière, una de las principales cadenas de tiendas de ropa.

¿Tuvo éxito?

- Tanto que fue seleccionado entre todos los escaparatistas de esa cadena para presentar la moda Prêt-à-Porter 1968-69 en el parque de exposiciones más grande de Francia, la Porte de Versalles. Posteriormente, le ofrecieron una plaza en Printemps Haussmann, uno de los grandes almacenes más prestigiosos del país. Además, realizó creaciones para firmas icónicas como Elizabeth Arden, Christian Dior, Helena Rubinstein y su talento fue reconocido con la medalla al mejor stand en el Palacio de Versalles. Por eso dominaba tan bien la escenografía y la iluminación. Aunque lo más curioso de su estancia en la ciudad del Sena fue que, a pesar de no ser estudiante, se involucró activamente en las protestas del mayo del 68 hasta que decretaron que todo extranjero que participase en una manifestación estudiantil sería expulsado de Francia.

-Es increíble –exclamaron la mayoría de los presentes, sorprendidos al descubrir esa faceta desconocida del escenógrafo–. ¿Y cómo acabó en el ballet?

-En su adolescencia, Lorenzo había recibido clases de danza en Las Palmas con el maestro Gerardo Atienza, y durante su estancia al otro lado de los Pirineos perfeccionó su técnica, llegando incluso a conocer a Nureyev. En 1971 regresó a su isla natal uniéndose al ballet de Gelu Barbu, del que se independizó seis años después para fundar El Ballet Contemporáneo de Las Palmas en 1978, que pronto se convirtió en uno de los eventos artísticos más destacados de la capital.

Mañana se cumplen cuarenta años del óbito de Lorenzo Godoy, cuyo trágico acto dejó una estela de interrogantes

- ¿Por qué? –preguntó Antonio.

- Porque, además de formar a cientos de alumnos, provocó una excepcional efervescencia artística y acercó el ballet a públicos muy diversos.

- ¿Fue un suicidio anunciado? –preguntó con seriedad.

- ¡Todo lo contrario! Aunque llevaba meses sumido en una depresión, nadie lo vio venir. En su última entrevista, un año antes de su muerte, además de quejarse de la falta de apoyo económico por parte de las instituciones dijo algo que aún resuena en mis oídos: «El danzarín es el hombre más solo del mundo, más que el poeta». Y señalando a la pared de su dormitorio añadió: «Me miro en el espejo pero no me veo, ando alrededor del cuarto pero nunca estoy».

Su madre, orgullosa de haber sido una de sus numerosas alumnas, volvió a tomar la palabra:

- Sus últimas coreografías eran oscuras e increíblemente tristes: piezas cargadas de melancolía, con luces tenues y música lúgubre. Era evidente que estaba pidiendo ayuda a gritos, pero cuando la mayoría nos dimos cuenta de que algo andaba realmente mal, ya era demasiado tarde.

- ¿Cómo se suicidó? –preguntó Antonio con una mezcla de temor y fascinación.

- El mismo día de su muerte, un sábado 25 de agosto, estuvo en su localidad natal, Agaete, despidiéndose de sus seres queridos sin que ellos sospecharan nada. Pasado el mediodía, regresó a Las Palmas. Al no acudir a una cita, sus familiares comenzaron a buscarlo. Finalmente, llegaron hasta aquí y vieron su coche estacionado en la acera de enfrente. Al forzar esta puerta, lo encontraron colgado de una viga, con una silla volcada en el suelo.

Todos nos quedamos en silencio, con la historia de Lorenzo pesando sobre nosotros como una lápida.

- ¿Se había ahorcado?

- Sí.

- ¿Por qué?

- Yo creo que todo empezó por un desengaño amoroso –respondió uno de los presentes–. Lorenzo estaba profundamente enamorado de alguien que no le correspondió, y eso fue un golpe devastador para él.

- No creo que fuera solo eso –replicó otro–. Lorenzo era demasiado fuerte para dejarse morir por un amor no correspondido. Lo que realmente lo destruyó fue otro tipo de decepción muchísimo mayor. Había fundado el Ballet Contemporáneo de Las Palmas, sacrificando en ello toda su energía, su tiempo y, finalmente, su vida, nunca mejor dicho. Como un padre, su mayor sueño era verlo crecer, pero no lo consiguió. Recuerdo que en su carta de despedida a sus alumnos mencionaba que no podía aguantar más, que había esperado demasiado. Su proyecto para una Escuela Oficial de Danza, diseñado para evitar la fuga de talentos del archipiélago, acabó archivado en un despacho de la Consejería de Cultura. Además, cuando descubrió que la Caja Insular de Ahorros iba a prescindir del ballet, se sintió traicionado. Para mí, esa fue la verdadera razón, porque su última actuación como bailarín, coreógrafo y director consistió en convertir su escuela en su cadalso como una forma de denunciar su situación.

- No estoy tan seguro –contestó un tercero–. Recuerdo que meses antes de fallecer, nos habló sobre una práctica a la que se había sometido con su primo, el psiquiatra y psicoanalista Manuel García Barroso, profesor de la Universidad de París y de la Facultad Libre de Psicología. Se trataba de la respiración holotrópica, técnica que lleva a los pacientes a un estado alterado de conciencia a fin de recuperar el trance perinatal. Aseguraba que gracias a ella había regresado al vientre materno. Desde entonces, Lorenzo cambió por completo. Se volvió obsesivo y en apenas cuatro meses, aquel hombre fuerte que conocíamos se vino abajo. Pienso que todo se debió a una crisis mental desatada por esa práctica.

-No lo creo –objetó un cuarto, que era médico–, aunque es cierto que la respiración holotrópica podría no ser adecuada para alguien en su situación, Manuel García Barroso era un profesional competente y, siendo su primo, debía conocer mejor que nadie su estado mental. Lo que realmente estaba llevándolo al borde del abismo era la idea, o mejor dicho, la obsesión, de estar siendo constantemente vigilado. Antes de morir, se ponía extremadamente nervioso cuando caminaba por la calle, mirando constantemente a su alrededor, convencido de que alguien lo seguía. Pero por increíble que parezca, podría haber estado en lo cierto.

-¿Por qué?

-Lorenzo despertaba tanta envidia como admiración. Por eso, lo acosaban con llamadas telefónicas a medianoche, en las que al contestar solo encontraba un inquietante silencio al otro lado de la línea. En mi humilde opinión, ese acoso constante y prolongado fue lo que lo llevó al límite, desencadenando un episodio de manía persecutoria que acabó empujándolo al suicidio.

-Eso son excusas –rebatió un quinto–. Lo que realmente ocurrió fue mucho más simple. Como tantas personas, especialmente aquellas dedicadas a las artes escénicas, Lorenzo tenía un profundo miedo a envejecer. Al igual que Dorian Gray, lo primero que veía en el espejo era el implacable paso del tiempo. Ese es el verdadero significado de aquella frase de su entrevista, se miraba, pero ya no reconocía su propio reflejo. La danza, como la actuación o el canto, es una profesión donde debes aceptar los años, y él no podía soportar la idea de llegar a los cuarenta. Creo que prefirió irse en la flor de la vida para evitar enfrentarse al paso del tiempo.

-¡En absoluto! –interrumpió violentamente su antigua alumna–. Lorenzo no era ningún cobarde, al contrario, fue un homosexual declarado en una época en la que eso constituía un delito y enfrentó cada dificultad con un valor impresionante. Recuerdo una ocasión en que se fue la luz en medio de una presentación. Cuando los organizadores, iluminadores y tramoyistas se habían resignado a cancelarla, él nos organizó a todos para ofrecer una clase de ballet completa ante un público que quedó absorto.

-Si era tan valiente, ¿qué fue lo que lo condujo al suicidio?

-La verdad es que llevaba tiempo deprimido –respondió el médico–, pero lo que le dio la puntilla fue este clima. Lorenzo era meteorosensible.

-¿Qué es eso?

-Así de denomina a las personas cuyo estado de ánimo cambia con las alteraciones meteorológicas. Hace cuarenta años no se hablaba de ello, pero desde entonces se ha investigado mucho sobre la influencia de la climatología en los suicidios. Aquel verano fue terrible, con calima, panza de burro y viento del nordeste. Se sabe que en tales condiciones los suicidios tienden a dispararse. Y no es algo exclusivo del archipiélago; otras partes del mundo también tienen sus ‘malos vientos’. Sin ir más lejos, cada región de España sufre uno: en el Ampurdán es la tramontana, en Aragón el cierzo, en Málaga el terral. Por eso, aunque en nuestro país se contabilicen once suicidios al día, la cifra real es mucho mayor y seguirá en aumento, ya que el cambio climático incrementará la frecuencia e intensidad de estos vientos.

-Entonces, ¿fue esta atmósfera densa y espesa, que hunde el ánimo de cualquiera, lo que finalmente lo llevó a tomar su última decisión?

-Lo único cierto –concluí– es que han pasado cuarenta años y aún seguimos buscando respuestas. ¿Crisis mental, sentimental, acoso, fracaso, gerascofobia, climatología hostil, o todo ello combinado? Jamás lo sabremos. Su muerte siempre será un enigma insondable pues no hay nada más irracional que el suicidio, a pesar de que cada 40 segundos alguien abandona este planeta voluntariamente. De hecho, esa misma tarde del 25 de agosto de 1984, en Los Ángeles, fallecía el novelista Truman Capote por una sobredosis.

-Lo que realmente es un enigma –añadí, mirando el edificio– es que, casi medio siglo después de haber presentado su proyecto para una Escuela Oficial de Danza aún no se haya materializado.

Apenas pronuncié esas palabras, un viento cálido y polvoriento nos envolvió, sacudiendo nuestras conciencias. Permanecimos allí, frente a la puerta del viejo ballet, donde hace cuarenta años murió un hombre y nació un mito que, como Lorenzo deseaba, no envejece.

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