Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

El futuro de las fiestas

Los papagüevos llegaron a la vida de Martín con solo un año

El pequeño es hoy un guardián de la tradición, el relevo generacional

Martín Aldana Guerra.

Martín Aldana Guerra. / JUAN CASTRO

Álvaro Minaya

Las Palmas de Gran Canaria

En Guanarteme y San Lorenzo suele verse a un pequeño e inquieto saltimbanqui rubio, siempre a la espera de la próxima fiesta de verano. En la Asociación de Vecinos de San Lorenzo y en la de Fiestas del Pilar de Guanarteme es, de un tiempo a esta parte, un sobrado conocido. Su pasión por los papagüevos, esas criaturas gigantes y huecas que hacen las delicias de pequeños y mayores en Canarias, es única e inigualable. Ese es Martín Aldana Guerra, un niño que aprecia la cultura canaria como nadie y que representa el necesario relevo generacional para las fiestas.

Con solo 11 recién cumplidos, Martín es todo un forofo de los papagüevos, sobre todo los de Guanarteme, San Lorenzo y Santa María de Guía. «Mi primer papagüevo lo tuve con cinco o seis años», recuerda. «Una tienda de Gáldar me creó la figura de un diablo a mi medida y hoy lo sigo conservando». Tiempo después, «un chico de Playa del Hombre, que se llama Eduardo, me enseñó un día cómo se hacía un papagüevo y yo empecé a hacer unos pocos».

Su madre, Raquel Guerra, asegura que «él siempre, ha sido un niño con mucha personalidad». Relata con ternura que el niño «al principio se mostraba reticente», pues los papagüevos «le daban un poco de respeto». «Cuando fue creciendo le fueron gustando más y entonces estuvo durante un par de años pidiéndome uno, pero yo no encontraba nada, porque tampoco hay demasiadas personas que se dediquen a la labor de hacerlos», explica. De hecho, crear un papagüevo es un proceso laborioso que Raquel afirma que puede llegar a costar «600 euros».

Un gran apasionado

A día de hoy, de todos los papagüevos que atesora, Cervantes es el favorito de Martín. «Es mi personaje favorito, lo sé todo sobre él», declara mientras corretea alrededor de la figura en la Plaza del Pilar. «Me lo trajeron los Reyes Magos en 2020, pero tardamos en poder utilizarlo por culpa del covid».

Sin embargo, «cuando a las 19:00 empezaba a sonar la música de los papagüevos durante el confinamiento, yo sacaba mi propio papagüevo y me ponía a bailar». No fue hasta el 12 de mayo de este año que «lo estrené en Arucas», en el I Encuentro de Papagüevos Arucas, Piedra y Flor. Tal es el cariño que le tiene a su Cervantes que quiso agradecérselo a su creador, Aarón Martín García, en persona.

El escenógrafo, arquitecto y gestor visual, dueño del taller AMG Estudio Creativo, tiene grabado en la retina aquel momento. «Estando en la Comisión de Fiestas de San Lorenzo, de repente, Martín interrumpió la reunión». El niño, con esa precocidad que le caracteriza, no dudó en dirigirse a él y espetarle «me gusta tu papagüevo» para, a continuación, irse como si nada hubiera pasado.

Un recuerdo similar guarda Ana Jesús, miembro de la Asociación de Vecinos de San Lorenzo. «Hará cosa de un año, lo trajo su tía a la asociación y me impresionó ver cómo a un niño tan pequeño le entusiasman tanto los papagüevos». A pesar de sus 74 años, ella y Martín tienen bastante en común, pues afirma que «sin papagüevos no hay fiesta».

Para García, el fanatismo del pequeño Martín no es algo fuera de lo común. «¡Si yo te contara la de niños que me escriben por Instagram con el móvil de sus padres sin permiso pidiéndome un papagüevo...!», garantiza entre risas por teléfono. Aunque no lo parezca, «los papagüevos tienen muchísima afición en los más pequeños, que cada vez son más protagonistas en las fiestas».

El artista asevera que «han pasado de ser un elemento de las fiestas a una escultura que puedes tener en un estante de tu casa». Por tanto, a la creación y venta «de estas estructuras» se les añade «un nuevo atractivo». En el caso de Martín, «sus padres vinieron a mi taller recomendados por el presidente de la Asociación de las Fiestas del Pilar de Guanarteme, Simón Urbano Morera, porque había restaurado un papagüevo para sus fiestas y le gustó el resultado».

«Martín es un gran apasionado de los papagüevos y, como fue creciendo, quería uno más grande», sostiene Aarón. «Para seguir ampliando su colección, el último que me ha pedido es otro diablo, que representa la parte más carnal, eufórica y divertida de las fiestas de la isla». Como novedad, «tendrá varias cabezas intercambiables y será parecido al que él ya tiene, que sigue el modelo que se utiliza en Agaete», adelanta.

El proceso de elaboración de los papagüevos que tanto le gustan a Martín «es un trabajo completamente artesanal» en el que García trabaja «la técnica tradicional con cartón fallero y encolados», antes de poner a punto «la policromía final en barro, uno de mis puntos fuertes». «Mientras espero a que se seque el barro de una figura, empiezo a elaborar la siguiente», concluye.

Por su parte, Isabel Ojeda, tía del menor, no duda en manifestar que «en este mundo, Martín parece un niño antiguo». Su afición por estas estructuras se remonta a la corta edad de un año, cuando su bisabuelo, Domingo Ojeda Ortega, llevó a Martín a ver la fiesta del Pilar. «Le impresionaron tanto aquellas cosas tan grandes, que ese niño se metió en un llanto que duró todo el día». Años después, Ortega, que fue un reconocido alfarero de Canarias, «le inculcó la afición y el arraigo a la cultura popular isleña».

Su curiosidad empezó a crecer hasta el punto de querer saber cómo se hace un papagüevo. «desde el clavo más pequeño hasta el más grande, cómo se confecciona, cuáles son las fiestas en las que salen a desfilar…». Sea como fuere, «este niño parece que tenía dentro una cosa escondida». Isabel confirma haber llorado «cuando ha visto cómo él abraza los papagüevos que le regalan y cómo los cuida».

Amor por la cultura

La otra cara de la moneda es que le toca «aguantar los vídeos que ve en YouTube y sus historias, aunque yo se las sigo». «Hablamos juntos de la cultura y las costumbres, pero ese es Martín, un pequeño niño con una característica especial muy grande, que es amar la cultura canaria», remata Isabel.

En su colegio hacen una fiesta del Papagüevo para se sienta a gusto y arropado por sus compañeros. «Él cree que debería haber talleres de papagüevos para niños en cada una de las fiestas porque cree que es injusto que se esté perdiendo la tradición entre los jóvenes», cuenta. A este respecto, la madre del niño cuenta que un día le dijo «qué raros son los niños de mi clase, que no les gustan los papagüevos». A estas edades, «el fútbol y las máquinas, hacen que todo el mundo esté cortado por el mismo patrón», sostiene Raquel.

Con su entusiasmo contagioso y su dedicación incansable, Martín Aldana inspira a otros a seguir sus pasos, convirtiéndose en un joven embajador de las tradiciones canarias. A través de su mirada, el pasado se entrelaza con el futuro, y la cultura de su tierra encuentra en él un guardián dispuesto a mantenerla viva para las generaciones venideras.

Suscríbete para seguir leyendo

TEMAS

  • fiestas
  • Cultura
  • San Lorenzo
  • Guanarteme
Tracking Pixel Contents