Un lagar convertido en cenizas junto a Bandama
Las llamas acaban con una prensa de vino en Los Hoyos con 200 años de antigüedad
«La casa estaba prácticamente en ruinas cuando vinimos y la restauramos», afirma la propietaria

LP/DLP

Un incendio consumió el pasado fin de semana uno de los lagares mejor conservados que pervivían a las faldas de la caldera de Bandama. Con unos 200 años de antigüedad, esta vieja estructura, utilizada hasta hace unas pocas décadas para prensar la uva y producir vino, era un testigo viviente de otros tiempos. Otros tiempos en los que la actividad vitivinícola reinaba en este valle de Las Palmas de Gran Canaria, donde hoy se conservan prácticamente una decena de lagares y bodegas con distinto grado de conservación y protección por su valor histórico y arquitectónico.
Eran la 1.20 de la madrugada cuando Gregoria Naranjo y su hija vieron como saltaba la palanca de la luz. «Me levanté para subirla y, entonces, vi las llamas», señala. El fuego se extendió rápidamente desde el punto de origen -al parecer, según les explicaron, todo habría partido de un cortocircuito- y consumió buena parte del lagar. «Los bomberos tardaron 35 minutos», indica. Los agentes, procedentes de los parques de Vegueta y Miller, emplearon más de 20.000 litros de agua para sofocar el incendio y salvaron la vivienda. La histórica prensa de tea, en cambio, sucumbió.
Vigas de tea
Un tablón tapa ahora las huellas del desastre. Todavía con el shock en el cuerpo dos días después de lo sucedido, esta familia trata de volver tímidamente a la normalidad. Tras el panel que ahora hace las veces de puerta, acceder al patio supone revivir lo que ocurrió en la madrugada del sábado al domingo. Las vigas de tea completamente calcinada, el olor a madera quemada bajo un fino chispi chispi de septiembre y escombros varios, salpicados de los cristales de puertas y ventanas que estallaron con el calor de las llamas.

Lagar en Los Hoyos de 200 años de antigüedad que se incendió durante el fin de semana. / José Carlos Guerra
Bajo esos escombros han quedado miles de recuerdos de toda una vida; o de varias, según se mire. Y es que esta vivienda data del siglo XIX. Con una arquitectura y características propias de las casas de campo que proliferaron en este valle al calor del ciclo agrícola de la viña, la finca estuvo rodeada de viñedos en otro tiempo -hoy sobreviven parte segregados con otros propietarios-, justo en las faldas de la Caldera de Bandama, donde reina el picón y el gris volcánico como en pocos lugares de Gran Canaria.
La uva con los pies
Esta familia llegó a la casa a comienzos de los años 2000. «Estaba en muy mal estado, prácticamente en ruinas», cuenta Gregoria. Poco a poco, con mucho esfuerzo, esmero y cariño, entre todos fueron rehabilitando toda la vivienda, respetando las fachadas y las proporciones originales del inmueble al estar protegidas. «En estos casos, es más complicado y costoso mantener lo antiguo y romper sin tocar el resto que construir desde cero», cuenta; y a pesar de eso lo hicieron, «tuvimos que apuntalar las paredes para evitar que se cayeran». Incluso, lograron conservar algunos de los suelos de madera originales, «este lo levantamos viga a viga, las lijamos, las restauramos», señala al techo de su cocina.
Así con todas las estancias. También lo hicieron con sumo cuidado con el lagar, el cual se conservaba prácticamente intacto a pesar de llevar unos años sin uso alguno. «Aquí se hacía vino escachando la uva con los pies», cuenta. Las pozas donde se prensaba la uva y donde se almacenaba el mosto, de cantería, lograron sobrevivir a la quema. «La bisabuela de la niña contaba que los hombres lo hacían solos, ella tenía que mirar desde la ventana porque a las mujeres no las dejaban, decían que con la regla iban a cortar el vino», indica.
Lo más duro ahora es el día después, «he llamado al Cabildo para ver si nos pueden ayudar de alguna manera», explica. Y es que se trata de una familia de bajos recursos -ella tiene una discapacidad reconocida- y hacer frente a una nueva restauración del lagar es una tarea compleja. En cualquier caso, se trata de un elemento que forma parte de una página de la historia de la Isla, sustento económico de numerosas familias durante generaciones.
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