El mundo de Lotta Karlefeldt: aviones, modelaje y películas de Suecia a Canarias
La escandinava cumple 65 años y celebra una vida cargada de emociones desde que sus padres dejaron el país nórdico para asentarse en Gran Canaria

Lotta Karlefeldt en el Muelle Deportivo. / Andrés Cruz
La madre de Lotta siempre le decía que «no estaba muy seca detrás de la oreja». Un dicho sueco para aquellos que todavía ven la vida con las gafas de la infancia. Dentro de poco esta sueca-canaria cumple 65 años, y piensa que dentro de 10 años ya será el momento de ‘madurar’ porque a día de hoy sigue viviendo y disfrutando la vida con la misma ilusión de una cría. Lotta Karlefeldt ha pasado la mayor parte de su vida en Gran Canaria, su familia fue una de las primeras en asentarse en la Isla y consiguió hacerse un nombre en la capital como modelo, extra en películas o azafata.
Sus padres llegaron a Canarias de vacaciones para salvar su matrimonio y se enamoraron de la Isla. «Cuando llegaron aquí esto era el paraíso, por ejemplo, en la calle Sagasta, en Las Canteras, no había ningún edificio de más de una planta, eran todo casas terreras. Era otro mundo. Además, el canario siempre ha tenido esa cercanía con la gente, y, por su puesto, también el clima», explica Karlefeld.
En el país escandinavo su padre Lennart Karlefeldt contaba con tres tiendas de ropa y su madre Gundaisy Ingerborg Karlefeldt con dos peluquerías. Para mudarse a Canarias lo vendieron todo y emprendieron nuevos negocios en la Isla. Su madre abrió la primera peluquería escandinava en La Puntilla y su padre fue el primer distribuidor de comida sueca de las Islas. Por su parte, Lotta creció entre dos mundos: el ambiente sueco de su casa y el mundo canario del exterior. A día de hoy no se decanta por llamarse de un solo sitio, en su lugar, ha acuñado el término ‘suecanaria’.
El primer potaje
Lotta comenzó su educación básica en un colegio español, por lo que en tres meses ya aprendió el idioma. «Hasta incluso rezaba en español si mi madre me reñía y ella decía, ‘Dios, ya mi niña se ha hecho católica, no es protestante, ahora está rezando el Padre Nuestro», recuerda. Al cumplir los seis años asistió al colegio sueco de la capital y ahí cursó toda su educación. Pero un año antes, con tan solo cinco años, se embarcó en una aventura que inclusive fue recogida en prensa. Fue la primera niña sueca en viajar sola en avión desde Canarias. Lotta iba acompañada de una azafata que la escoltaba en todo momento, pero en aquella época que una niña viajara sola era muy excepcional. Sin embargo, estos viajes que realizó todos los veranos para visitar a su familia, le inculcaron la pasión por la aviación que marcaría su futuro profesional.

Lotta Karlefeldt de pequeña con Santa Claus. / LP/DLP
La joven creció en un ambiente sueco, pero siempre se mantuvo en contacto con la cultura canaria a través de sus vecinos. «Los niños del barrio siempre andábamos jugando juntos y yo siempre paraba en la casa tía Pepa y tío Gabriel, que no eran mis tíos, pero les puse ese apodo», explica. «Ellos fueron los que me enseñaron un poco de la cultura canaria, a comer, por ejemplo, el potaje, el primer puré de lentejas, me lo comí en esa casa», detalla.
En su adolescencia frecuentó las discotecas como cualquier otra joven. Lo que no esperaba es que fuera el escenario en el que se le abrieron las puertas al mundo del espectáculo. Su melena rubia y sus ojos azules tan comunes en su país de origen, eran toda una rareza en Canarias, su madre también contó con multitud de admiradores durante su juventud. En una sala de fiestas del sur le propusieron participar en una película como extra y ella no lo dudó. Era el film Por la senda más dura, protagonizada por Lee Van Cleef, grabada en Sioux City. «Hacía de chica de cancán y me acuerdo que mi madre vino una noche a buscarme y no podía reconocerme porque ver a su hija sentada con un cowboy y con un corsé... se escandalizó», cuenta.
"Eres Indomable"
Nunca tomó clases de interpretación, pero Gran Canaria era escenario de grandes producciones y ella fue parte de muchas de ellas. «Hice varias cosas en el cine con Ágata Lys, por ejemplo, que en ese entonces era un sex symbol. Después también rodé una con Terence Stamp y Corinne Cléry», enumera. Lotta nunca olvidará su aparición en la película Ópalo de fuego, en la que fue colgada en un helicóptero con una metralleta y un bikini dorado como única vestimenta.

Lotta Karlefeldt en el rodaje de 'Por la senda más dura'. / LP/DLP
«Eres indomable», le decía su madre ante estas apariciones de su hija a la gran pantalla. «Mis padres quizás querían que yo estudiara alguna carrera o algo, pero para mí había otras cosas más interesantes. Y te digo que aun así, por no haber estudiado una carrera, me siento muy afortunada de la carrera que tengo en la calle», asegura.
Para ella, estos trabajos eran solo un pasatiempo, nunca tuvo la intención de convertirse en una estrella, y en realidad, estuvo muy influenciada por una amiga de la infancia. Una de sus compañeras del colegio sueco estuvo durante un año viviendo en su casa porque sus padres se vieron obligados a marcharse de las Islas mientras le quedaba un curso escolar por estudiar. Lotta define a esta joven como «muy teatral» hasta el punto de que ella finalmente sí se convirtió en actriz. «A esa edad eres como una esponja y yo creo que de ahí vienen los tiros», apunta.
Empresaria
Aunque no fue a la universidad, estudió estética con pretensiones de abrir la primera sucursal de la marca Body Shop en la capital grancanaria. Sin embargo, en el Archipiélago no le salía rentable, por lo que decidió montar una en Suecia. Su partida no estuvo motivada únicamente por razones profesionales, sino que también conoció en la Isla a un sueco del que se enamoró y partieron al país nórdico, aunque a cada rato volvía a Canarias porque el clima le parecía demasiado hostil. «Ahí me lancé en el mundo de la cosmética internacional con muy buenas ventas. Yo era vendedora nata, vendo hielo a los esquimales y arena al Sáhara», comenta.

Lotta Karlefeldt en un vuelo cuando trabajaba de azafata. / LP/DLP
Permaneció en su país natal durante cinco años trabajando en un stand de un centro comercial, pero su pasión era estar por los aires, por lo que se apuntó a un curso de aviación en Palma de Mallorca durante un mes y comenzó a volar. Viajaba en vuelos internacionales a Suecia, Noruega, Alemania, Italia o Inglaterra, entre otros países. «Me sentí muy orgullosa de ser azafata porque en ese entonces era algo muy bonito, muy respetuoso, porque no somos como dice mucha gente camareras de aire, somos salvavidas en el aire», afirma.
Una dura noticia
Una enfermedad la alejó prematuramente de la aviación. Con 36 años le diagnosticaron hipertiroidismo y tuvo que renunciar a su trabajo. «Fue en un vuelo en el que me empecé a sentir mal y no entendía por qué y ya los médicos empezaron a investigarlo», confiesa. Antes de dejarlo se dio como margen un año para conocer mundo, por lo que se mudó a Madrid e hizo vuelos internacionales con los que visitó gran parte de América. «Fui a Miami, Orlando, Cancún, La Habana. Conocí mucho mundo y a mucha gente», rememora.

Lotta Karlefeldt acompañada de su madre Gundaisy Ingerborg Karlefedt. / LP/DLP
Cuando finalmente dejó la profesión y pasó por un proceso de recuperación de un año empezó a trabajar como modelo para una empresa de cuero y después en la joyería Saphir, en Triana. «Estuve trabajando ahí con guantes blancos vendiendo Rolex, y diamantes también», destaca.
Al enfermar su madre se dedicó a cuidarla hasta su fallecimiento hace cuatro años. Tras su muerte viajó a Suecia para transportar las cenizas de su madre al nicho donde también está ubicado su padre. «Estoy en paz, la tengo a mi lado, yo hablo con ella todos los días», señala. Ambas tenían una relación muy estrecha, y a pesar de haberlo asimilado, Lotta no puede evitar una lágrima al recordarla. El próximo 16 de octubre cumple sus 65 años y asegura que en Suecia es una fecha muy especial. «Son los últimos cartuchos de juventud, cuando tienes 70 ya tienes que asentar la cabeza», considera. Aunque Lotta tiene vitalidad para mucho más de un margen de cinco años.
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