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Crónica

El héroe desenmascarado

Se cumplieron 91 años de la llegada de Charles Lindbergh a Las Palmas, el primer piloto en cruzar el océano Atlántico, conectando América y Europa en un histórico vuelo en solitario y sin escalas

Chalé de Gerardo Miller, calle Dr. García Castrillo 29, escenario de una inquietante fiesta de disfraces. |

Chalé de Gerardo Miller, calle Dr. García Castrillo 29, escenario de una inquietante fiesta de disfraces. | / LP/DLP

Era la noche del 25 de noviembre de 1933, y la tranquilidad de Ciudad Jardín se veía interrumpida por el bullicio que emanaba de Villa Flores, el chalé de Gerardo Miller, director gerente de la conocida firma familiar Miller & Co. La vivienda, una discreta casa solariega, sin alardes arquitectónicos, estaba rodeada de un amplio y frondoso jardín que la mantenía aislada del resto de la ciudad, ocultándola en un rincón que invitaba a la intimidad. Pero aquella no era una noche cualquiera: el legendario aviador Charles Lindbergh no sólo estaba allí, sino que en su honor se preparaba una fiesta que, sin lugar a dudas, quedaría grabada para siempre en la memoria de los pocos afortunados que tuvieron el privilegio de ser invitados a ella.

El legendario as de la aviación, conocido mundialmente como ‘el águila solitaria’, había llegado el día anterior al Puerto de La Luz, amarando su hidroavión Albatros con una destreza que hacía honor a su reputación. Viajaba acompañado de su esposa, Anne Morrow, en un vuelo destinado a la exploración de nuevas rutas aéreas. Sin embargo, el mal tiempo había alterado su itinerario, desviándolos hacia Las Palmas y brindándole a nuestra ciudad el privilegio de su inesperada visita.

Mientras los Miller compartían una íntima cena con los Lindbergh en su comedor de Villa Flores, el salón comenzaba a llenarse con lo más selecto de la aristocracia isleña y la colonia extranjera. Los invitados, en su mayoría vecinos de la exclusiva Ciudad Jardín, llegaban luciendo disfraces que convirtieron la velada en un auténtico espectáculo de originalidad y elegancia:

Carlos Mauricio Blandy, director de la prestigiosa firma Blandy Brothers y Compañía, llegó vestido de nazi, provocando tantas risas incómodas como expresiones de curiosidad entre los asistentes. Su esposa, Jane Rymer, optó por un sencillo disfraz de vendedora de cerillas, aportando un aire de humildad al elegante desfile de disfraces. Sus hijas, Peggy y Joan, encantaron a los presentes con sus atuendos de colegialas londinenses, mientras que el prometido de Joan, el joven abogado Francisco Bravo de Laguna y Manrique de Lara, demostró su romanticismo al aparecer vestido como un trovador provenzal, como si se dispusiera a dedicar versos a su amada.

El aviador, al escuchar cómo las doce campanadas del reloj de carillón resonaban en el salón, se despidió cortésmente de los presentes, disculpándose por no poder prolongar su estancia en aquella animada velada

Pero sin duda, la familia más estrafalaria fue la de Dudley Oliveira-Davies, representante de la firma Blandy, quien causó sensación disfrazándose de Miss Gran Canaria arrancando aplausos por su audaz sentido del humor, mientras su cónyuge, Helen Moran, no se quedó atrás, acaparando las miradas con un espectacular disfraz de vampira, que algunos recordaban haber visto un año antes en la película Drácula. Por su parte, Dagmar, la hija adolescente de ambos, añadió un toque desenfadado y menos siniestro a la velada, disfrazándose de un personaje que arrancaba sonrisas allá donde iba, Mickey Mouse.

El súbdito noruego Christian Fredrick Staib, cónsul de Dinamarca y representante de la naviera Fred Olsen, sorprendió a todos con un disfraz de mexicano en tanto que su mujer, Silvia, llevaba otro de cazadora. Por otro lado, Enrique Fisher Quiney llamó la atención vistiendo como un apache que evocaba los vastos paisajes del Lejano Oeste, al mismo tiempo que su esposa, Doris Rosamund Miller, sobrina del anfitrión, optó por un atuendo más moderno y sofisticado, encarnando a una vendedora de modas que parecía salida de alguna de las tiendas más exclusivas.

Como si se dirigieran a celebrar su boda, J.M. Bendall, de la compañía Elder y Fyffes, apareció enfundado en un traje de novia y Mr. Bendar en otro de novio a la usanza danesa. La señora de Bannerman, por su parte, eligió la sencillez de un disfraz de camarera, mientras Leonard Hamaton Pilcher, reconocido cultivador y exportador agrícola, sorprendió con un atuendo judaico que no pasó desapercibido y Sydney Head, alto empleado de la Gran Canary Coaling, con el de un reputado sastre de Manchester, epicentro de la industria textil inglesa.

Entre los canarios, la creatividad no se quedó atrás: el letrado Diego Cambreleng Mesa decidió homenajear al invitado de honor, disfrazándose de ayudante de vuelo; Carlos Puiguriguer, con un aire más formal, se presentó como un notario de época; el ingeniero metido a arquitecto, Laureano de Armas Gourié, expresidente del Cabildo, eligió un disfraz acorde al cargo que desempeñaba, presidente del Sindicato Agrícola del Norte de Gran Canaria, apareciendo como presidente de otro sindicato, el de los corredores de la recientemente colapsada bolsa de valores; y finalmente, Pedro Bravo de Laguna y del Castillo, último coronel honorífico de Fuerteventura también optó por disfrazarse de presidente, pero de una ficticia república independiente de la isla majorera, despertando risas y comentarios.

Villa Flores vibraba con el bullicio de los invitados cuando, tras la cena, Gerardo Miller, el anfitrión, fiel a sus raíces, apareció en el salón vestido de escocés, con falda incluida, y acompañado por su esposa, Musa Brown, ataviada de vendedora de flores. Ambos escoltaban a los Lindbergh, quienes, sin necesidad de disfraz, acaparaban toda la atención. Los asistentes, entre emocionados y expectantes, se acercaron para saludar al héroe de la aviación, pero cuando algunos quisieron fotografiarse con él, se negó rotundamente.

-Sólo permito fotografías al aire libre –declaró con serenidad, pero en un tono firme que no admitía réplica.

Aquello desató una oleada de rumores entre los presentes. Algunos aseguraban que se trataba de otra de las muchas supersticiones de los pilotos, pero lo más desconcertante de la noche aún estaba por llegar. Mientras Lindbergh recorría el salón saludando cariñosamente a los invitados y compartiendo con todos una breve y animada charla, saludó cordialmente al señor Blandy, que lucía su disfraz de nazi, intercambiando algunas palabras con él, pero al encontrarse con Leonard Hamaton Pilcher, ataviado como un hebreo, su actitud cambió radicalmente.

Charles Lindbergh.

Charles Lindbergh. / Bettmann

Aquel gesto no hizo más que avivar las especulaciones. Desde hacía tiempo, circulaba el rumor de que Lindbergh albergaba simpatías pronazis, una idea que inquietaba y fascinaba a partes iguales, especialmente en un contexto donde las inclinaciones hacia la extrema derecha no eran tan infrecuentes. Apenas seis días antes, la Confederación Española de Derechas Autónomas había ganado las elecciones generales de la Segunda República, a pesar de las declaraciones de su líder, José María Gil-Robles, quien no dudaba en señalar los nexos existentes entre su partido y el nacionalsocialista, aun sabiendo que el recién nombrado canciller imperial, Adolf Hitler, había transformado Alemania en una dictadura que perseguía implacablemente al comunismo y promulgaba leyes antisemitas. Aunque eso no era lo más grave, ya que un mes antes el primogénito del recientemente fallecido dictador Miguel Primo de Rivera había fundado otra organización política aún más extremista: Falange Española.

Pero el nazismo no sólo tenía partidarios en nuestra piel de toro. El año anterior, en Londres, se había fundado la Unión Británica de Fascistas, y en la comunidad británica de Las Palmas circulaban rumores de que incluso los Windsor, atemorizados por el avance del ‘terror rojo’, miraban con cierto optimismo la deriva totalitaria alemana, especialmente después de que la Gran Depresión multiplicase las probabilidades de un estallido revolucionario.

Ajeno a todo aquello, como si de una moderna Cenicienta se tratase, el aviador, al escuchar cómo las doce campanadas del reloj de carillón resonaban en el salón, se despidió cortésmente de los presentes, disculpándose por no poder prolongar su estancia en aquella animada velada. Explicó que él y su esposa debían madrugar para continuar su viaje al día siguiente, razón por la cual se disponían a regresar de inmediato al Hotel Metropole, donde se alojaban.

Tras su partida, la celebración continuó hasta bien entrada la madrugada, pero algo había cambiado en el ambiente. Para algunos, la velada había sido un momento inolvidable, una oportunidad única e irrepetible de compartir una noche con una leyenda viva. Para otros, la actitud del Lindbergh añadió un toque sombrío y perturbador a lo que debía ser una noche de fiesta.

Todos en aquel salón lo sabían, aunque nadie se atreviera a admitirlo: el héroe de la aeronáutica había sido desenmascarado, en parte porque él y su esposa eran los únicos que habían acudido sin disfraz a Villa Flores, donde la élite grancanaria –de origen o adopción– se reunía bajo una apariencia de despreocupación, mientras el mundo más allá de sus muros se tambaleaba. La comunidad inglesa había iniciado años atrás su lenta pero inexorable decadencia en el archipiélago de un país que, dos semanas después, sería testigo de una insurrección anarquista y, al año siguiente, de la mayor sublevación obrera de su historia. Por todo ello, aunque jamás llegaran a confesarlo, algunos de los allí presentes estaban dispuestos a inclinar la cabeza ante el yugo y las flechas, e incluso ante la esvástica, con tal de ahuyentar el espectro de la hoz y el martillo, que se cernía sobre sus fortunas como una amenaza ineludible.

Aunque el uniforme de Carlos Mauricio Blandy no fuera más que un disfraz, simbolizaba la promesa de orden y seguridad a cualquier precio. Y mientras los presentes alzaban sus copas, celebrando una alegría tan ilusoria como sus trajes, ninguno se percataba de que el auténtico disfraz no lo llevaban ellos, sino la presencia intangible que serpenteaba a su alrededor: el totalitarismo, silencioso e implacable, dispuesto a brindarles protección frente a cualquier amenaza, salvo las guerras que desencadenaría.

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