Recuerdo a Lolita 'Pluma' en su 121 aniversario
Uno de los personajes más populares de la historia de Las Palmas de Gran Canaria nació en la calle Osorio de la Isleta a las seis de la mañana del 4 de marzo de 1904, María de los Dolores Rivero Hernández, que se convertiría en Lolita 'Pluma'

Lolita 'Pluma', en un retrato de José Gopar. / LP/DLP
Miguel Rodríguez Díaz de Quintana
Hace unas fechas, la prensa recordaba los acontecimientos del rocambolesco divorcio establecido entre Lolita 'Pluma' y su marido. El abogado que llevó este procedimiento puntualizaba detalladamente en el escrito los pormenores de este largo proceso, que no se había podido resolver porque Lolita estaba siempre declarada en rebeldía al no comparecer cuando era requerida por el Juzgado de Primera Instancia Número Tres de Familia.
El artículo del letrado nos traslada a la época en que descubrimos el verdadero natalicio de la que fue, andando el tiempo, uno de los personajes más populares de la historia de Las Palmas de Gran Canaria. Precisamente, en este mes de marzo, Lolita hubiera cumplido los 121 años de su llegada al mundo. Pero no fue en la villa de Arucas, como reza el único carnet de identidad que la doncella obtuvo a los ochenta y dos años de edad, aunque resulta obvio el porqué de este trueque en la certificación.
Sus antecedentes
Paco Rivero González y su primera mujer, Lolita Hernández, los jóvenes progenitores de la muchacha, son aruquenses, pobres, pero honrados. El padre es el guardia municipal de Bañaderos, al ofrecérsele la misma dedicación en Las Palmas, el matrimonio se establece en el Puerto de La Luz, y como el proyecto se demora, el rico comerciante porteño, Guillermo Cabrera González, le ofrece el puesto de tartanero, en cuyo oficio, que empieza a ser muy demandado por la llegada de los castles ingleses, sería muy pronto un consumado profesional.
Establecidos los cónyuges en la calle Osorio de la Isleta, allí nació, a las seis de la mañana del 4 de marzo de 1904, una niña a la que seis días más tarde se llevó a bautizar a la iglesia de La Luz, imponiéndose el nombre de María de los Dolores Rivero Hernández. Fue apadrinada por el opulento protector de su padre, el referido don Guillermo, y por la tía carnal de la neófita, Cristina Rivero González. Nuestra Lolita iba a ser una más entre quince hermanos nacidos del primer matrimonio del progenitor, porque el tartanero se casaría otras dos veces más y llegaría a procrear, según se dice, más de veinte hijos.

DNI de Lolita 'Pluma' / LP/DLP
La pequeña Lolita va a ser criada por una de sus tías paternas, solterona, pues con tantos sobrinos hay que ayudar a la familia. Sus primeras letras las aprende en el salón de la calle Humiaga, que sirve también de iglesia, hasta que en aquel local se erija, andando el tiempo, la parroquia del Carmen.
Pasan los años y Francisco Rivero considera que no es suficiente lo que gana en su empleo de tartanero para mantener a su numerosísima prole y decide volver a su Arucas natal. Allá, en las medianías, tiene unos terrenos que se propone cultivar. Con su hato de cabras y ayudando en el cultivo de las plataneras, está convencido que incrementaría las posibilidades de obtener mejores ingresos.
Será pues, en el hogar de su casita rural de la villa norteña, donde Lolita pasará su juventud entre un ambiente agrícola que tiene que compartir con la larga prole de sus hermanos, un engranaje familiar compuesto por padre, madrastras y hermanastros. Sin embargo, su aniñado carácter la hace feliz. Lógicamente, tiene que atender cada dia las labores de la casa, hasta que logra encontrar un puesto como cigarrera en la fábrica de tabacos de la familia Caballero, para cuya firma se entretiene confeccionándolos.
La vida de Lolita es similar a la de cualquier joven de su entorno. Además, tiene cierto atractivo. Y ya con veinte años hay deseos de que la muchacha contraiga matrimonio. Hay arreglos entre las familias para que surja un esposo, un noviazgo que a la isletera no debió de interesar mucho, pues hasta la fecha no mostraba entusiasmo por mocear.
Santiago Alemán Rodríguez es el elegido. Es un tirajanero nacido en Tunte, con cuyos padres, José y María del Rosario, se había afincado en La Goleta atendiendo el ofrecimiento de pastor del terrateniente aruquense don Juan Suárez. La boda se celebró en la “catedral” de Arucas al atardecer del 30 de diciembre de 1925. Lolita tiene veintiún años y el tirajanero cifra los veinticuatro.
Tras el enlace, que bendice el prelado doméstico de Su Santidad, don Francisco Hidalgo, empezará el calvario de la recién casada, porque el nuevo matrimonio se fue a vivir a la casa de sus suegros en Montaña Cardones, por lo que la nuera no iba a ser una hija más para la exigente suegra, que observa que la mujer de su hijo es como una niña grande, atolondrada y muy complicada, y raro es el día en que las dos mujeres no se enzarzan a gritos y recriminaciones. Lolita está amargada y totalmente ausente de sus obligaciones matrimoniales. Todo va mal en la casa rural de la familia. Así pasan doce años, y tras una corta enfermedad, fallece la exaltada doña Rosario, la suegra, dejando a la hija polìtica sola con el suegro y el marido, quien ya hacía años que se entretenía con otra mujer, decidiendo los dos hombres apartarla definitivamente del que hasta entonces era su hogar..
Lolita se había quedado sola. Tiene treinta y tres años y vuelve al amparo del entorno familiar donde pasa algún tiempo. Pero ya su personalidad independiente no soporta aquel ambiente rural y decide escapar del “encarcelamiento” aruquense.
Su vuelta a la capital
Sin saber a dónde ir, un antiguo conocido le propuso que fuera a instalarse en las Cuevas del Provecho, ubicadas en la ladera contigua al castillo de Mata, Allí asentó su primera residencia, y conoció a un vendedor de verduras apodado el Garrafón, con quien establece cierta amistad y le proporciona compañía, hasta que un día, aquel compañero la agrede brutalmente y se rompe momentáneamente la relación. Por sus contactos con el mercado de Vegueta donde la pareja había ido a vender sus mercancías, un medianero, conociendo lo ocurrido, le alquila a Lolita un cuartucho en los alrededores de la plaza. Poco tiempo después cambia de domicilio y vive en el risco de San Nicolás, Y será desde las laderas del barrio donde comienza su verdadera locura y empieza a pasear sus originalísimos y exclusivos atuendos que ella misma confecciona y a embadurnarse la cara de pintura al carboncillo.
En aquellos años, el popular tránsito conocido como Camino Nuevo, ya bautizado como calle Bravo Murillo, es el epicentro de la ciudad, el lugar de moda donde se concentra el mayor movimiento ciudadano. En la remodelada vía, adornada de árboles y palmeras, se encuentran instaladas las más vanguardistas empresas; casas de hospedajes, bares, cafeterías, cervecerías, churrerías, delegaciones administrativas, farmacias, tabaquerías, peluquerías y administración de lotería. Sobresalen también en aquella vía la popular gallera de riñas de ejemplares ingleses, la Casa de Socorro y la estación central de coches de la empresa Melián y Compañía.
La transitada zona, que cuenta incluso con el hotel Unión, va a ser ahora el nuevo sector donde Lolita comenzará a entrar en la historia. Formará parte del popular grupo de personajes que también deambulan por la ciudad, como los celebrados Andrés el Ratón, Juanito Argumento y Pepe Cañadulce. La popularidad que empieza a adquirir la isletera se verá reforzada al alcanzar el sobrenombre de Gilda. El motivo fue la película que en 1947 anunció el cine Cuyás con este título, protagonizada por la actriz Rita Hayworth. La proyección originó en la ciudad un gran escándalo al prohibir el obispo Pildain su asistencia bajo pena de excomunión. Aquel comentado alboroto provocó que el populacho del sector de Bravo Murillo, donde Lolita deambulaba diariamente, la bautizara con el nombre del personaje que encarnaba la estrella, famosa por la bofetada que le dio en la cinta a Glenn Ford.
Lolita sale y entra con mucha familiaridad en todos los bares y cafeterías de aquel amplio recinto, en donde la suelen invitar a café, tapas y bocadillos.
Su traslado al Puerto
Comienza la década de los años sesenta con una masiva afluencia de turismo nórdico. Entre la playa de las Canteras y el Parque Santa Catalina se forma el núcleo más internacional del sector, en donde Lolita se va a encontrar como pez en el agua. Al recinto le dan vida los bares La Peña, Guanche, Central y Casablanca y los restaurantes Jeremías y El Avión, todos ellos son hervideros de comensales nacionales y extranjeros, que empiezan a familiarizarse con la protagonista de aquella zona porteña.
Las mesas de las terrazas del Casablanca, el Derby y el Río acogen tertulias diarias de artistas y periodistas, como los asiduos José Gopar, Pepe Dámaso, Orlando Hernández y Salvador Sagaseta, quienes con sus pinturas y escritos van a convertir a la portuaria en un mito sin precedentes. Fue así como en este ambiente variopinto y colorista se bautizó internacionalmente el Catalina Park, y la deambulante recibe el nuevo apodo de Lolita Pluma, un sobrenombre que le vendrá bien a Orlando Hernandez para su obra Lolita Pluma o el sueño de una ilusión.

Lolita 'Pluma', en un retrato de José Gopar. / LP/DLP
El entusiasmo por la reina del parque también contagiará a otros artistas, como a Braulio, que le dedicó una de sus celebradas canciones, al crítico de arte, José Luis López Pedrol, autor del ensayo literario, Lolita Carnaval, a la poetisa Ángela Hernández Ramos, que le dedica uno de sus poemas, y al cineasta aficionado, Pedro Siemens, que realizó sobre ella un interesante cortometraje.
Cuidadora de gatos
Así van a transcurrir los años de Lolita, con sus ventas de chicles, sus estrafalarios atuendos y complaciendo a los turistas que se paran para admirarla y llevarse en sus cámaras fotográficas su imagen como si de un souvenir típico se tratara, y preocupándose además por sus gatos, que tiene controlados en los alrededores del castillo de la Luz, en el muelle pesquero, y en el entorno del complejo turístico Fataga del propio parque.
Y llegamos a sus últimos años. Su postrero hospedaje lo tiene oficialmente en el hostal Viera de la calle Pedro del Castillo. Como nunca ha tenido carnet de identidad, los responsables del establecimiento que tienen que ajustarse a las leyes de hostelería le ayudan a obtenerlo. Lolita tiene entonces ochenta y dos años y la tramitación del documento, sin aportar la partida de nacimiento, debió de ser el motivo de que, en el amaño que se realizó, se cambiara el lugar de su natalicio.
Siete meses después de obtener las legítimas señas de identidad Lolita falleció en el Hospital Insular. Fue sepultada el domingo 22 de febrero de 1987 en el cementerio de San Lázaro. Tras el féretro, los monjes hermanos de la Resurrección que acompañaban a la musa desaparecida cerraban el capítulo de la canaria más universal que ha tenido Gran Canaria, que vivió como quiso vivir y que aún, a casi cuarenta años de su muerte, sigue siendo el personaje popular más recordado de nuestra historia.
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