Los barrios de viviendas de protección oficial se vacían por falta de atractivo
Su tamaño, mala accesibilidad y un entorno sin equipamientos condenan al abandono las construcciones del desarrollismo, desfasadas para los usos de hoy

Viviendas del barrio de Escaleritas. / Juan Carlos Castro
La periferia de Las Palmas de Gran Canaria se levantó a gran velocidad entre los años 50 y 80, impulsada por el éxodo rural y el fuerte crecimiento demográfico. Para hacer frente a la escasez de vivienda, el franquismo apostó por la construcción masiva de polígonos residenciales en suelo barato. La rápida construcción de esa época del llamado desarrollismo franquista motivó que la calidad de los materiales y las viviendas se redujera y, ahora, el parque público del extrarradio son zonas con poco interés para nuevos inquilinos.
El estudio Políticas públicas de vivienda y calidad residencial en las periferias urbanas de la segunda mitad del siglo XX de los geógrafos Juan Manuel Parreño Castellano y Claudio Moreno Medina de la ULPGC recuerda que, en el II Plan Nacional de la Vivienda, se fijó un modelo con pisos de apenas 42 metros cuadrados, sin garaje y con salones de 14 metros cuadrados, dormitorios de seis, cocinas mínimas y aseos de un metro cuadrado. El coste medio bajaba a 25.000 pesetas, frente a las 90.000 de una vivienda estándar.
Barrios como Escaleritas, Buenavista, Schamann, Las RehoyasLa Feria del Atlántico o Jinámar nacieron bajo estas fórmulas. Con el tiempo, se convirtieron en espacios con déficits estructurales: falta de ascensores, escasez de zonas verdes, viviendas pequeñas, baja calidad constructiva y carencia de equipamientos. Todo ello los hace poco atractivos en el mercado actual y ha favorecido la pérdida de población. En Escaleritas, por ejemplo, se pasó de 15.471 vecinos en 2005 a 11.529 en 2022, según detalla el estudio.
El estudio destaca que muchas familias intentan dejar el barrio cuando mejora su situación económica
Los investigadores señalan nueve factores de rechazo. El nuevo estilo de vida ha convertido estos pisos en incómodos. Los jóvenes ahora buscan espacios más grandes para un estilo de vida más compartido entre los habitantes. «El trabajo doméstico era algo residual, necesario, pero de escaso valor que era realizado por la esposa en solitario o con las otras mujeres de la casa, de ahí los escasos metros de las cocinas», ejemplifica la investigación. Además, en la actualidad predominan familias con menos miembros, mientras que las viviendas cuentan, en su mayoría con tres dormitorios que respondían a la familia estándar de dos padres y varios hijos.
Nuevas realidades
Los inmuebles tampoco fueron pensados para el teletrabajo, una modalidad que es cada vez más utilizada y que poco a poco se ha ido incorporando a la arquitectura de las nuevas viviendas. «La escasez de metros y la falta de infraestructuras hace que las viviendas de estos polígonos sean disfuncionales» para este tipo de usos. Asimismo, la falta de aparcamiento privado se convierte en un problema al estar en la periferia, ya que existe una dependencia constante del coche en algunos barrios en los que la frecuencia de guaguas no es la ideal.
La investigación también señala la falta de ascensores, lo que resta accesibilidad a los residentes mayores, así como menor atractivo en el mercado inmobiliario. La falta de espacios libres como parques, zonas deportivas o de socialización empeoran la calidad de vida de los barrios. «En este sentido, es habitual que las familias intenten dejar estos barrios cuando tienen su primer hijo y consiguen que sus condiciones económicas mejoren», reflejan.

. Colocación de ascensores en los edificios de la calle Ruperto Chapí, en La Paterna. / Andrés Cruz
La baja calidad constructiva también ahuyenta a nuevos residentes, ya que es necesario continuos trabajos de mantenimiento. También afecta el alejamiento de algunos de estos barrios al centro de la ciudad y la falta de transporte público frecuente en algunas zonas. El estigma que acarrean algunos barrios también echa para atrás a los nuevos vecinos: «La política de concentración de viviendas económicas para colectivos con bajos recursos se ha convertido en un elemento de estigmatización social, algo que tiene un gran peso en el mercado de la vivienda».
El estudio plantea varias soluciones: más transporte público, creación de equipamientos y espacios peatonales, programas de regeneración socioeconómica, reducir la densidad de algunas zonas y un plan específico para mejorar la accesibilidad de los mayores.
Medidas para paliar el rechazo inmobiliario
Los investigadores plantean una serie de recomendaciones que podrían mejorar la situación. Los autores proponen algunas cuestiones como la creación de zonas de espacio libre y público, buscar soluciones a la falta de aparcamiento, mejorar la frecuencia de guaguas, apoyar la adaptación de los inmuebles e impulsar programas de regeneración o reposición de los barrios como ha sucedido con las viviendas sociales de El Polvorín, Tamaraceite o las Rehoyas Altas. Así como tratar de una manera diferenciada la problemática de las personas mayores residentes o crear programas de regeneración dirigidos a la mejora socioeconómica de los vecinos. Y es que el artículo destaca que la construcción de estas viviendas se centró en solucionar de forma rápida el problema existente, postergando la creación de otros usos y dotaciones y, «por supuesto, la adecuación de los espacios libres».
En la investigación ponen como ejemplo el barrio de Jinámar, que reúne todos los problemas que se analizan en el documento. «Hoy en día, a pesar de las medidas tomadas, es un barrio segregado, desestructurado, con un grave problema de exclusión social, y estigmatizado para el resto de la población insular», explican.
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