Crónicas de un rompesuelas
El club de los poetas muertos
El pasado martes 4 de noviembre se cumplió un siglo de la muerte de Alonso Quesada, figura esencial de las letras canarias y miembro de la célebre «generación de los tres»

Busto de Alonso Quesada, en la calle León y Castillo. | / ANDRÉS CRUZ
La noche del miércoles 4 de noviembre de 1925, Saulo Torón recibió la llamada que tanto temía. Los familiares de Alonso Quesada le pedían que acudiera urgentemente a su casa en Santa Brígida. Su amigo, el poeta que había buscado refugio en el campo huyendo de la tuberculosis que devoraba sus pulmones, se moría.
Saulo llegó cuando ya era demasiado tarde para las palabras. Alonso Quesada yacía en su lecho, atrapado en las tinieblas de la muerte. Saulo lo llamó en varias ocasiones, pero no hubo respuesta. El silencio del moribundo pesaba más que cualquier palabra. Solo una vez Alonso le miró con los ojos muy abiertos, queriendo decirle algo. Se incorporó por unos segundos, como si un último aliento de vida quisiera romper la agonía, pero volvió a caer. Pocas horas después fallecía.
Aquella imagen quedaría grabada para siempre en la mente de Saulo. Décadas más tarde, cuando le preguntaron qué escena de la vida real no olvidaría jamás, respondía sin dudar: «Son muchas, pero la que más me impresionó fue la agonía y muerte de Alonso Quesada». Tan profundo fue su dolor y su lealtad que incluso se encargó de sufragar todos los gastos funerarios.
Pero aquella no era la primera vez que Saulo sufría la pérdida de un amigo poeta. Cuatro años antes, en 1921, había vivido la de Tomás Morales, aunque de manera muy diferente, pues en aquella ocasión no fue testigo directo de la agonía.
Saulo recordaba perfectamente aquella noche. Todos sabían ya que no había remedio. Tomás Morales vivía en el número 10 de la calle de Pérez Galdós, una casa de dos plantas con un jardín al fondo. Allí se reunían Rafael Romero, Claudio de la Torre, Manolo González y otros amigos, esperando en silencio el desenlace de la enfermedad. Tomás yacía en el piso alto mientras ellos aguardaban abajo, y de vez en cuando su esposa, Leonor Ramos de Armas, les daba noticias de su estado.
Saulo se había sentido muy unido a Tomás Morales, quien apenas era nueve meses mayor que él. Pero con Alonso, un año más joven, había sido diferente. Con él tuvo que confrontar la muerte cara a cara, sostener la mirada de aquellos ojos abiertos que buscaban decir lo indecible.
Mientras velaba la muerte de Alonso Quesada, Saulo rememoraba la vida de quien se ocultaba tras aquel seudónimo literario, Rafael Romero, nacido 38 años antes en Las Palmas.
Había cursado el bachillerato en el Colegio de San Agustín, donde trabó amistad con Tomás Morales y Néstor Martín-Fernández de la Torre, pero el destino truncó sus ambiciones académicas; como único hijo varón de una familia numerosa, tuvo que convertirse en el sostén del hogar y hacerse cargo de su madre, dos tías y tres hermanas.
Desde muy joven comenzó a colaborar en prensa, actividad que llenaba su alma pero no su estómago. Así que para subsistir tuvo que compaginarla con un empleo que vivió como un exilio interior: oficinista en sucesivas entidades como el Banco de España, el de África Occidental Británica y finalmente la Junta de Obras del Puerto. Sólo en sus últimos años logró escapar de aquel presidio burocrático para abrir una librería, su verdadero refugio.
Así, como sucedió con Fernando Pessoa, convivieron en él dos personas radicalmente distintas: el luminoso poeta Alonso Quesada y el oscuro oficinista Rafael Romero, dualidad irreconciliable que forjó su visión moderna e irónica del mundo. Y mientras Rafael Romero apenas salió de Gran Canaria en dos ocasiones –la primera debido a una breve estancia familiar en Alcoy durante el destino militar de su padre, y la segunda con ocasión de un breve viaje a Madrid en 1918–, Alonso Quesada desplegaba la sensibilidad cosmopolita de un gran viajero.
Aquella dualidad, tensada entre el anhelo de horizontes lejanos y el cautiverio insular de un náufrago sin esperanza de rescate, late en sus versos:
Montes de fuego, donde ayer sentía mi adolescencia el ansia de otros lares… Soledad, aislamiento, pesadumbre… El corazón siempre en un punto misterioso y el alma sobre el mar ¡blanca!… ¡El velero que no pasa jamás del horizonte!…
Quizás por eso, la literatura fue su única forma de evadirse y de trascender las fronteras de esta isla en la que se veía atrapado, lo cual le llevó a acabar adquiriendo una vasta cultura. Pero su cosmopolitismo no solo se revelaba en sus saberes literarios sino en su vida diaria, especialmente en la estrecha relación de amor y odio que a lo largo de su corta vida mantuvo con la colonia inglesa en Gran Canaria, desde que con tan solo 22 años comenzara a trabajar en la casa Elder.
Pero a pesar de todo, Alonso luchó toda su vida por hacer resonar su voz poética con fuerza y claridad. Diez años antes de morir publicó su primer poemario, El lino de los sueños, con una portada de Néstor cargada de simbología masónica. Le seguirían dos obras más, aunque la mayor parte de su producción sólo vería la luz póstumamente.
Dicho vínculo poético lo unió a Tomás Morales y Saulo Torón, distanciándolos del resto de creadores de su tiempo hasta conformar un núcleo propio: la llamada «generación de los tres», pues aquella amistad triangular surgida en su juventud se afianzó con los años, alimentada por la colaboración en la redacción de Ecos, su participación en las tertulias literarias y las coplas humorísticas con las que satirizaban el ambiente social y cultural de la ciudad. Incluso sus personalidades, tan dispares, se complementaban: la introversión de Alonso encontraba su contrapeso en la vitalidad arrolladora de Tomás, mientras Saulo equilibraba el trío con su sencillez y modestia.
Fruto de aquella colaboración, Llanura, la pieza teatral de Alonso, se estrenó el 25 de octubre de 1919 en el Teatro-Circo del Puerto, bajo la dirección de Saulo y su grupo «Primero de Mayo». En los ensayos, Alonso conoció a una de las actrices, Rita Suárez Morales, una hermosa joven, de apenas diecisiete años, hija del célebre maestro de La Puntilla José Suárez León. Un año después se casaban. De su unión nació Amalia Romero Suárez, que quedó huérfana de padre con solo dos años.
Como escribiera Claudio de la Torre sobre Tomás Morales, Saulo Torón y Alonso Quesada: «vivieron estrechamente unidos pero soñaron increíblemente separados»
Por eso, sobrevivir a sus amigos fue un golpe devastador para Saulo, que quedó como único custodio de la memoria de aquella relación poética a tres bandas.
Posteriormente, el estallido de la Guerra Civil lo llevó a apartarse voluntariamente de la vida pública literaria. Permaneció en ese silencio hasta casi el final de sus días, cuando los poetas más jóvenes lo animaron a volver a publicar. Uno de aquellos poemas nació por insistencia de Plácido Fleitas, Pedro Lezcano, Manuel Morales y Felo Monzón, quienes lo reclamaron para la inauguración de un busto en honor a Alonso con motivo del trigésimo aniversario de su muerte. El día del homenaje, Saulo leyó emocionado aquellos versos frente al bronce que reproducía el rostro de su amigo perdido.
Allí, ante a la estatua, le preguntó por el más allá, con la esperanza de que los tres volverían a encontrarse:
Háblame, Rafael, que hable tu bronce, / que el bronce es elocuencia en muchos casos. / Dime que es verdadero / todo lo que sentimos y anhelamos; / que hay una dicha cierta / tras de este afán y este bregar de espanto. / Que hemos de vernos juntos / otra vez, como antaño, / los que en la vida fuimos compañeros, / los que en el Arte fueron soberanos: / Néstor magnífico y Tomás egregio, / cantores máximos del mar Atlántico.
El bronce permaneció en silencio, pero Saulo oyó una respuesta. La poesía que los había unido en vida seguiría reuniéndolos más allá de la muerte. Y en cada verso que sobreviviera a sus autores, la generación de los tres continuaría conversando, eternamente joven, en el corazón de sus lectores.
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