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Crónicas de un rompesuelas

De sendero rural a calle moderna: el Callejón de la Vica, hoy Domingo J Navarro, revive el pasado de Las Palmas

El Callejón de la Vica, hoy calle Domingo J. Navarro, fue la arteria vital que conectaba los riscos de Triana con la costa: camino de ida y vuelta para pescadores y marineros que vivían del océano

El callejón de la Vica, a la derecha de la imagen, en su recorrido hacia el litoral de Triana.

El callejón de la Vica, a la derecha de la imagen, en su recorrido hacia el litoral de Triana. / La Provincia

Hay calles que son ríos de memoria, testigos silenciosos de historias que fluyen bajo los pies de quienes ignoran que caminan sobre el pasado. En el barrio de Triana, una calle guarda un secreto a voces: antes de honrar a Domingo J. Navarro fue conocida como el Callejón de la Vica, arteria vital que entre los siglos XVIII y XIX latió al ritmo de pescadores, marineros y gentes humildes que forjaron, con sus manos curtidas por el sol y la mar, la identidad de esta ciudad.

Este antiguo sendero serpenteante conectaba el Risco de San Nicolás, San Francisco y San Lázaro con la costa, trazando un cordón umbilical entre la piedra y el agua, entre las casas cueva de los marinos y pescadores y las embarcaciones donde se ganaban su sustento diario.

El callejón que serpenteaba entre huertas y mareas

Desde la altura del Castillo de San Francisco, algunas fotografías de finales del siglo XIX muestran una ciudad en plena transformación. A la izquierda, el primitivo Muelle de Las Palmas se adentra en el océano y más arriba la recién creada calle Bravo Murillo es apenas un sendero de tierra. En el centro de la imagen, al borde del mar, se alza la ermita de San Telmo junto a su modesto parque, que se extiende tras el nuevo Gobierno Militar, aún en construcción.

Pero es hacia la derecha de la fotografía donde el pasado se hace visible con mayor intensidad. Porque lo que hoy conforma la trama urbana entre el final de la calle Mayor de Triana y el de la avenida Primero de Mayo era entonces un vasto tapiz de huertas: las de los antiguos conventos de San Lázaro y San Bernardo, que se desplegaban generosas, atravesadas por un sendero sinuoso, flanqueado por dos encalados muros, que serpenteaba entre los cultivos como una culebra blanca. Era el Callejón de la Vica, nombre que el tiempo ha borrado de la memoria colectiva.

El Callejón de la Vica conectaba el risco de San Nicolás con Triana, para que sus gentes pudieran bajar hasta el mar sin tener que rodear las huertas que los separaban. Su recorrido era irregular, caprichoso, adaptándose a la geografía como el agua que busca su cauce. Un trazado que, al antojo del clima, podía ser de tierra o lodo.

El callejón debió de arrancar cerca de la actual Oficina de Información Turística, y desde allí se adentraba en un mundo rural que hoy cuesta imaginar. En algunos tramos apenas era una angosta vereda entre fincas que se estrechaba al bordear algunas viviendas aisladas, cobertizos o corrales.

La única de estas modestas edificaciones que aún pervive se encuentra en el número 19 bis de la calle Domingo J. Navarro, donde se alza un portón tras cuya fachada se ocultaba, hasta hace poco, una casa de vecindad de fines del XIX, en cuyos pequeños habitáculos se hacinaban las familias más necesitadas de la zona, y hoy constituye la sala polivalente del Teatro Cuyás.

Pero para los pescadores de los riscos, el Callejón de la Vica no era un simple sendero, sino su arteria vital. Cada mañana lo recorrían, cuando la oscuridad de la noche aún no había acabado de disiparse, desde sus casas, rumbo a la ermita de San Telmo.

Junto al templo, en el antiguo muelle, se construían y reparaban embarcaciones, se calafateaban cascos, se cosían redes o se cocinaba el humilde caldo de pescado con gofio que templaba el cuerpo antes de hacerse a la mar.

San Telmo era el centro vital de los costeros, el lugar donde la vida de los riscos se encontraba con el Atlántico. Allí pululaban no solo los marineros y pescadores, sino sus familias: mujeres que remendaban redes o vendían pescado, niños que jugaban entre barcas y aquellos ancianos que aún podían trabajar. Todos vivían de los frutos que el océano les obsequiaba a diario. Pescaban y marisqueaban por fuera de la portada arrancándole al mar sus viandas. Y cuando la jornada terminaba, cuando las barcas quedaban varadas en la arena y las redes tendidas, desandaban el camino, desde la costa, retornando a sus cuevas, a sus chozas de los riscos, siguiendo el mismo callejón que ahora los devolvía a su hogar.

Quizás por eso, el callejón tenía cierto aspecto sombrío, nunca mejor dicho. Transitado por gentes humildes y situado en lo que entonces eran las afueras de la ciudad, apenas estaba iluminado, lo que implicaba que quienes se atrevían a recorrerlo de noche lo hiciesen con el alma en vilo, conscientes de que en cualquier recodo podía surgir algún atracador enmascarado amparado por las sombras. De hecho, la prensa de la época atestigua que el callejón fue escenario de aparatosas caídas, atracos a mano armada e incluso un infanticidio.

¿Pero de dónde procede su nombre? Vica o bica es un viejo canarismo de origen portugués que designaba a una fuente o, más exactamente, uno de sus caños. Según algunos, esta brotaba en las huertas del viejo convento de San Bernardo, cuyas paredes ruinosas bordeaba el sendero; otros aseguran que en realidad estaba mucho más abajo, en Triana, donde a principios del siglo XVIII se instaló un pilar de agua que acabó dando nombre no solo al callejón, sino también al topónimo Pilarillo Seco, que sobrevive en la pequeña calle que se extiende entre Triana y Francisco Gourié, como un eco olvidado de aquella agua que un día dejó de manar.

Lo único seguro es que, brotara donde brotase, el callejón perdió su acuoso nombre con el fallecimiento del célebre médico Domingo J. Navarro, cuyas honras fúnebres fueron celebradas por el ayuntamiento el lunes 25 de enero de 1897 en la Parroquia de San Francisco, tras las cuales, el alcalde accidental, Rafael Massieu y Falcón, descubrió una lápida donde figuraba su nombre en su último domicilio: la esquina de la calle Triana con el callejón.

De ese modo, a partir del año siguiente, la travesía pasó a ser conocida con el nombre de aquel doctor que tanto se preocupó por la salud de sus conciudadanos. Pero como un personaje de su categoría merecía algo más que un callejón, este adquirió el rango de calle, y en un guiño del destino, posteriormente sería su sobrino nieto, Fernando Navarro, quien construiría gran parte de las casas que realmente consumaron esa transformación.

Así, el Callejón de la Vica, hoy calle Domingo J. Navarro, es mucho más que un accidente toponímico en el callejero de Las Palmas de Gran Canaria. Es un testimonio vivo de la evolución urbana de una ciudad que supo transformarse sin olvidar del todo sus raíces. Del sendero rural y marinero a la calle moderna, del fango y el polvo al asfalto y las aceras, el recorrido condensa varios siglos de historia.

Por ello, en cada metro de esta calle aún late el recuerdo de los habitantes de los riscos bajando al alba, de las huertas que atravesaba, de los peligros en las noches de plenilunio, de la transformación urbana que trajo consigo la gentrificación. Caminar por ella es, para quien sepa escuchar el clamor silencioso de las piedras, recorrer la memoria colectiva de una ciudad que borró su pasado mientras construía su futuro.

Pero por más que pase el tiempo, las ciudades, como las personas, nunca dejan de ser lo que fueron. Y el Callejón de la Vica, aquel camino de pescadores y marineros aún sigue latiendo bajo los adoquines de lo que hoy es la calle Domingo J. Navarro.

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