La segregación en Las Palmas de Gran Canaria expulsa a los africanos a los barrios más pobres
La población europea se concentra en zonas de alta calidad urbana, mientras que la latinoamericana habita mayoritariamente en la Ciudad Alta y barrios más asequibles

Vista de Zárate, uno de los barrios con más presencia de personas africanas. / Jose Carlos Guerra
La población extranjera continúa transformando el área metropolitana de Las Palmas de Gran Canaria, donde ya representa casi el 13% del total de residentes. Sin embargo, pese a su creciente peso demográfico, los patrones de asentamiento siguen dibujando un mapa urbano muy diferenciado por origen, según revela una investigación elaborada por los geógrafos Juan Manuel Parreño Castellano y Víctor Jiménez Barrado, titulada 'Segregación residencial y modelos de localización de la población de origen extranjero a partir de indicadores espaciales'. El estudio analiza la evolución de la segregación residencial durante una década y confirma una tendencia general a la reducción de los niveles de separación espacial entre grupos, aunque con importantes matices que afectan sobre todo a las personas nacidas en África y Europa.
Según los autores, la segregación residencial ha disminuido durante la última década en los tres grandes contingentes analizados: europeos, latinoamericanos y africanos. En particular, los sudamericanos presentan actualmente los valores más bajos, mientras que europeos y africanos siguen mostrando índices más elevados. Aun así, los investigadores advierten de que una menor segregación no implica necesariamente una mejora de las condiciones de vida, ya que muchos inmigrantes siguen instalándose en zonas de baja calidad residencial debido a su menor nivel de renta y a las dinámicas del mercado de la vivienda, cada vez más tensionado.
El estudio revela, además, que la estructura demográfica del área metropolitana ha cambiado considerablemente. La población nacida en el extranjero ha crecido más de un 65 % desde 2003, y se observa un notable aumento de la población latinoamericana, mientras que varios grupos europeos como alemanes, franceses o portugueses han reducido su presencia en la capital, según recoge el estudio. Las comunidades africanas, por su parte, han experimentado un crecimiento más moderado pero constante, destacando especialmente las procedentes de Marruecos, Senegal y Nigeria.
Europeos y latinos
Este cambio en la composición poblacional tiene un impacto directo en los modelos residenciales. Los investigadores identifican tres patrones bien diferenciados según el origen. En primer lugar, la población europea tiende a concentrarse en áreas con mayor valor paisajístico, urbanístico e inmobiliario. Entre los enclaves en los que más residen destacan los barrios históricos del centro de la capital como son como Vegueta, Triana y Ciudad Jardín, o también las zonas costeras de Telde. Estas áreas están vinculadas a rentas elevadas y viviendas de mayor calidad, y configuran un modelo residencial caracterizado por la preferencia por entornos tranquilos, mayor privacidad y proximidad a los principales servicios urbanos.
En contraste, la población latinoamericana se concentra en la Ciudad Alta y en los barrios construidos entre los años cincuenta y ochenta, donde abundan las promociones de vivienda pública, los bloques de protección oficial y las áreas de autoconstrucción. Se trata de espacios con menor calidad habitacional, pero más asequibles en términos de precio del suelo y de alquiler, lo que los convierte en la alternativa más accesible para este colectivo. Aun así, el estudio subraya que la comunidad latinoamericana presenta una capacidad de integración residencial ligeramente mayor, favorecida por afinidades lingüísticas y culturales.
La renta, el factor clave
El grupo que presenta un patrón de localización más complejo y segregado es el de los nacidos en África. Su presencia se concentra en tres tipos de espacios muy específicos: los polígonos de vivienda pública más estigmatizados com Jinámar, Zárate, Las Remudas u Hoya de la Plata, algunas zonas de autoconstrucción situadas en laderas y riscos con menor accesibilidad, y determinadas áreas del centro urbano próximas al Puerto y la playa de Las Canteras. Estas últimas, pese a ser zonas de renta media y alta, incluyen edificios degradados en alquiler turístico residualizado, lo que genera microespacios de segregación dentro de secciones censales aparentemente prósperas. Para explicar estas pautas, los autores destacan la importancia de las redes comunitarias, la búsqueda de alquileres más asequibles y, en algunos casos, situaciones de discriminación en el acceso al mercado inmobiliario.
La renta aparece como el factor determinante en la localización de la población extranjera. El estudio señala que la correlación entre nivel de ingresos y presencia de europeos es positiva y elevada, mientras que en los casos de africanos y latinoamericanos es inversa, especialmente para los primeros. Esta desigualdad económica condiciona de manera clara el acceso a la vivienda y reproduce patrones de exclusión que persisten incluso cuando la segregación residencial global disminuye.
Políticas para la cohesión
Los autores apuntan que los modelos de segregación del sur de Europa, como España en general y la capital grancanaria en concreto, son menos extremos que los observados en ciudades estadounidenses. Pero aclaran que esto no significa que las desigualdades habitacionales sean menores. De hecho, los grupos más vulnerables siguen viviendo en las áreas de menor calidad residencial, con peores conexiones, viviendas más antiguas y menor acceso a servicios. Por su parte, los europeos actúan como dinamizadores del mercado inmobiliario en zonas de alto valor, contribuyendo a procesos de gentrificación y turistificación en barrios estratégicos de la capital.
La investigación destaca que el área metropolitana de la ciudad se encuentra en un proceso de transformación que refleja, por un lado, la creciente diversidad cultural y, por otro, las tensiones asociadas a la vivienda y a la desigualdad socioeconómica. La evolución de la segregación, aunque positiva en términos generales, no es suficiente para garantizar una verdadera cohesión social. Por ello, los autores insisten en la necesidad de diseñar políticas urbanas que reduzcan la desigualdad residencial, amplíen la oferta de vivienda asequible y eviten que la ciudad avance hacia escenarios de mayor fragmentación socioespacial.
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