El túnel del tiempo
Un estrecho pasadizo oculto entre edificios de Triana fue testigo de juegos infantiles, pasiones furtivas, reuniones clandestinas y hasta del rescate financiero más discreto de la historia de la Isla

La puerta metálica de la derecha tapa la entrada al antiguo pasadizo. / José Pérez Curbelo
Los pasadizos secretos alimentan nuestra fascinación por lo oculto. Vías que atraviesan ciudades antiguas, conectando palacios con iglesias, viviendas con plazas, siempre al margen de la mirada pública. Toda urbe que se precie tiene al menos uno, y aunque nos los figuremos bajo el Vaticano, Versalles o el Kremlin, como si fueran patrimonio exclusivo de las viejas capitales europeas, Las Palmas de Gran Canaria también esconde los suyos.
No, no me refiero al célebre túnel entre la Casa del Gobernador y la Catedral, que la fértil imaginación de Néstor Álamo inventó para atraer más visitantes a la Casa de Colón. Tampoco al que supuestamente habría conectado los conventos de San Francisco y de las Clarisas para los encuentros carnales del clero -fantasía desmentida por las excavaciones arqueológicas-. Ni siquiera a aquellos pasajes secretos que habrían permitido a los clérigos huir de la Catedral ante los ataques piráticos, pues cuando se construyó la mayor parte del templo, en el siglo XVIII, los corsarios ya eran cosa del pasado.
A diferencia de aquellos, este pasadizo no se sitúa en el reino de la leyenda, sino que se encuentra en el número 26 de la calle Viera y Clavijo, donde una discreta puerta metálica custodia la entrada a uno de los secretos mejor guardados del barrio de Triana. Tras franquearla, se accede a un angosto callejón empedrado, vestigio de una antigua serventía de apenas dos metros de anchura, que a finales del siglo XIX quedó encajonada entre las traseras de dos hileras de viviendas: las que se asoman a la calle Domingo J. Navarro -diseñadas en su mayoría por Fernando Navarro en 1896, por encargo de José Franchy del Castillo- y las que miran hacia la calle Perdomo.
Pronto, este callejón sin nombre heredó el del antiguo callejón de la Vica cuando este fue rebautizado como calle Domingo J. Navarro. Así, con el paso de los años, la memoria colectiva terminó por entremezclar ambos trazados, y ya son pocos quienes pueden recordar con claridad por dónde discurría realmente el callejón original; especialmente después de que las sucesivas ampliaciones que experimentaron las casas colindantes fueron cubriendo el nuevo callejón por arriba, hasta transformarlo en un pasadizo.
Todas las casas que lo flanqueaban disponían de un acceso al callejón, empleado como entrada de servicio. Puertas traseras reservadas para la servidumbre, conforme a la costumbre de la época que exigía mantener las labores domésticas alejadas de las estancias donde residían los señores. Pero el callejón no era solo un espacio funcional, los hijos de los señores lo convirtieron en su patio de juegos y algunos adultos en escenario de encuentros furtivos. Según se cuenta, José Franchy y Roca le dio un uso aún más clandestino al aprovechar ese discreto acceso a su casa de Domingo J. Navarro -que su padre, José Franchy del Castillo, había construido para él- para preservar la identidad de quienes acudían a los conciliábulos políticos que en varias ocasiones organizó en su hogar. Así, el humilde callejón servía por igual a la inocencia infantil, a las pasiones prohibidas y a las conspiraciones políticas.
Un estrecho pasadizo oculto entre edificios de Triana fue testigo de juegos infantiles, pasiones furtivas, reuniones clandestinas y hasta del rescate financiero más discreto de la historia de la Isla
El pasadizo atravesaba toda la manzana hasta desembocar al jardín trasero de la casa de Jaime Sintes Llabrés, en el número 89 de Triana, pues su señorial fachada de tres plantas guardaba otro secreto: tras la primera crujía no se alzaba un palacete, como cabría imaginar, sino un amplio jardín interior que se extendía en silencio entre dos pabellones de una sola planta.
En 1939 la Caja Insular alquiló el pabellón derecho, en cuya esquina trasera, oculta tras una puertecilla decrépita, se encontraba un acceso al pasadizo, mientras que el de la izquierda lo ocupaba una sucursal del Banco Hispano Americano. La segunda planta de la casa, por su parte, albergaba las oficinas de la Comisaría General de Abastecimiento y Transportes.
Conforme aumentaba su actividad, la Caja Insular de Ahorros fue acometiendo sucesivas ampliaciones, ocupando progresivamente todo el espacio interior compuesto por el patio, el jardín, los dos pabellones, el antiguo local de la comisaría y, más adelante, las dependencias del Banco Hispano Americano.
Asimismo, a medida que disminuía la necesidad de trabajadores domésticos en cada hogar gracias a la llegada de electrodomésticos como la lavadora, los vecinos comenzaron a tapiar las puertas que comunicaban con el pasadizo. Poco a poco, el uso de aquel corredor quedó relegado a los empleados de la Caja, que ya no lo recorrían para salir a Viera y Clavijo, sino para alcanzar la parte trasera del hoy desaparecido garaje Khuner, en la calle Perdomo, donde la entidad guardaba sus vehículos. Así, el viejo pasadizo, antaño vivo y transitado, terminó convertido en un atajo silencioso al servicio de la rutina bancaria.
Para entonces, ya hacía tiempo que su salida a la calle Viera y Clavijo contaba con un portalón enrejado, ocultando el pasadizo a los viandantes.
Pero el pasadizo también comunicaba con los jardines de la vivienda trianera de Matías Vega Guerra -casado con una nieta de Jaime Sintes y, por entonces, presidente del Cabildo de Gran Canaria y de la propia Caja Insular de Ahorros-, quien, consciente del uso que José Franchy y Roca había hecho de aquel corredor y temeroso de los vaivenes políticos que pudieran sobrevenir, lo mantenía oculto tras su jardín, exigiendo a sus vecinos que lo mantuvieran transitable, como posible ruta de escape en caso de necesidad.
Por ello, cuando la Caja Insular acabó comprando la casa a la familia Sintes y exigió un acceso más amplio al pasadizo, este tuvo que abrirse a través del jardín de don Matías.
Lo que la Caja Insular de Ahorros no imaginaba entonces era que décadas después aquella salida los sacaría de una crisis sin precedentes cuando el jueves 7 de marzo de 1974, un bulo comenzó a propagarse por toda la isla: la entidad estaba en quiebra. El pánico se desató de inmediato. Desde primera hora de la mañana, miles de clientes asediaron sus oficinas, desesperados por rescatar sus ahorros.
La oficina principal, incapaz de atender a todos sus clientes al no contar con suficiente dinero en efectivo, tuvo que solicitarlo a la sucursal del Banco de España, situada en la cercana calle León y Castillo, que introdujo los fondos discretamente en la oficina de Triana, desde la calle Viera y Clavijo a través del pasadizo.
Tras el traslado de la Caja Insular de Ahorros a su actual ubicación con la llegada del nuevo milenio y la posterior adquisición del edificio por otra entidad financiera -Cajamar Caja Rural- para convertirlo en su nueva sede en Gran Canaria, el estudio de arquitectura encargado de la reforma contempló inicialmente la posibilidad de habilitar el viejo pasadizo como acceso independiente al salón de actos del banco. Más adelante, se valoró destinarlo a salida de emergencia. Sin embargo, ambas propuestas fueron finalmente descartadas al no cumplir los requisitos mínimos exigidos, quedando de nuevo relegado a su silenciosa condición de reliquia oculta.
Aun así, cuando el edificio se inauguró en 2018, se decidió conservar el acceso al pasadizo mediante una puerta situada en el salón de actos.
Hoy, este pasadizo que una vez fuera testigo silencioso de juegos infantiles, encuentros clandestinos y hasta del audaz rescate de una oficina bancaria, ha quedado reducido a un modesto papel: servir como almacén para varios bares y restaurantes de la zona.
Sus actuales usuarios, ocupados en el ajetreo diario de sus negocios, desconocen por completo que entre esos muros de piedra resonaron antaño los pasos apresurados de sirvientes, el murmullo de los amantes, las risas de los niños y los susurros de los conspiradores.
Y así, el pasadizo, auténtico túnel del tiempo, permanece como recordatorio tangible de que hasta las fachadas más comunes esconden historias extraordinarias.
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