Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Gloria y desdicha del Castillo de San Cristóbal

Es el momento para la restauración definitiva de la fortaleza, sobre todo cuando Las Palmas de Gran Canaria se encamina a postularse como candidata a capital europea de la cultura

Castillo de San Cristóbal

Castillo de San Cristóbal / La Provincia

Miguel Rodríguez Díaz de Quintana

Las Palmas de Gran Canaria

Desde que nuestra ciudad se vio obligada a salir del encerrado cinturón de sus murallas para crear nuevos núcleos de vecindad y expandir su población, las vetustas piedras del torreón de San Pedro Mártir, en la costa de San Cristóbal, no han gozado de buena salud. Su fortaleza es, por así decirlo, la cenicienta de los castillos españoles, a pesar de que la Asociación Nacional de Amigos de los Castillos de España se empeñó desde hace tiempo en lograr su conservación.

Mucho pecaríamos si quisiéramos tomar como eje y joya de la arquitectura militar a esta centenaria fortaleza insular de la que, en realidad, apenas nada le queda de castillo, y lo escaso que posee se confunde hoy con las ennegrecidas rocas de su entorno.

Pero no hay nada más exacto y veraz que ciudad y castillo se hallen íntimamente ligados a nuestro paisaje y a los acontecimientos de nuestra historia. Su abandono, del que no debiera existir justificación alguna, sigue siendo para todos los que presumimos de ser isleños, digno de compasión. Si bien su silueta no ha dado nunca un aire de majestad y decoro, nadie duda de que precisamente por su sencillez respira canariedad por los cuatro costados.

No se trata, pues, de salvar un monumento. Se trata de salvar algo nuestro; y más allá de eso, de salvar los valores culturales del país. Es muy triste que siendo Las Palmas de Gran Canaria una de las ciudades españolas que más puede presumir de un brillante pasado bélico, aunque por desgracia pocas han sido las reliquias arquitectónicas de sus murallas, puertas y reductos conservados, las defensas que se hicieron desde nuestras costas en tantas históricas guerras europeas contra el inglés, el francés y el holandés, que limpiaron las aguas de piratas y corsarios dejaron de ser nuestros litorales teatro de acontecimientos castrenses. Tras todas estas gloriosas defensas, nuestro torreón dobló para siempre las páginas de aquellos tiempos en que vio morir a tantos hombres que hacían patria.

Con el tiempo, los alrededores del castillo, que estaban junto a la batería de Santa Isabel y al reducto del Cristo, comenzaron a poblarse de pequeñas viviendas, levantando sus casas pescadores de Fuerteventura y Lanzarote.

Pronto destacó en la zona la popular Sebastiana ‘la sardinera’, una enorme mujer majorera, blanca y rubia, que vivía solitaria en una casucha que ella misma había construido en la playa. Parte de su sustento lo lograba a base de las escenas frívolas que representaba a la sombra del castillo de tarde en tarde.

El mordaz espectáculo, que divertía a los coteros y hacía protestar al clero de Santa Ana, consistía en que por medio real, ‘la sardinera’ se levantaba su falda agujereada y mostraba, durante breves segundos, su inmenso trasero pálido como la nieve.

A veces, a esas veleidades de nuestro pasado, solían acudir espectadores de más calidad económica y refinada, a quienes dándole doble precio, la majorera hacía el mismo número, pero dándose la vuelta. En medio de estas representaciones frívolas de antaño y lanchones varados en los arrecifes de aquella playa, llega el año 1919 en que la fortaleza y los doscientos metros cuadrados que lo circundan fueron puestos en subasta pública, ya que no tenía para el Ejército ninguna misión que cumplir. Un joven e intrépido teniente de Infantería es el único que concurre como postor y obtiene la adjudicación del castillo por la cantidad de 1.825 pesetas, que si lo traducimos a la moneda actual, costó 10 euros con 97 céntimos.

Así vemos cómo aquel hijo de Vegueta, José María García Martín, se convierte en el nuevo alcaide de la fortaleza. A ella acude en los atardeceres del estío con doña Catalina Alemán, su mujer, y los cinco hijos del matrimonio, quienes después de la merienda al pie del torreón se entusiasman divertidos cogiendo por los alrededores lapas y cangrejos. Quince años más tarde, don José, ya con el grado de capitán, es destinado a la penitenciaría de Santa Cruz de Tenerife, y como tiene que incorporarse a su nuevo destino traspasa por aquel mismo precio su propiedad castrense al guiense, Joaquín Álamo Moreno.

Lo importante es no dejar que sigan muriendo a pedazos estas entrañables históricas piedras cuando todavía tienen bastantes años por delante para servir a nuestra comunidad.

El nuevo dueño de la fortaleza la poseerá por espacio de veinte años, pues en 1954, a su primo, Néstor Álamo, se le antoja adquirirla y lo consigue con una espléndida rebaja, pues el pariente la liquida por mil pesetas (seis euros). El polifacético hijo de Santa María de Guía, que confiesa que es un enamorado de todo aquel litoral de La Laja, quiere instalar en el torreón una especie de museo, donde incluso años después levanta una pequeña torre circular hacia el otro extremo de la playa, que aún se conserva. Siete años más tarde, el cronista oficial de la isla de Gran Canaria traspasa su admirado castillo por venta al abogado Antonio Valle Ramos, que lo adquiere en 1961 ante el notario Ramón Risueño y al regreso de su luna de miel con su esposa Margara Bordes Caballero.

La pareja llegó de París con la idea de asociarse a una prestigiosa firma de la Côte d’Azur para instalar en la fortaleza una especie de restaurante de gran lujo, pero como tiempo después de la compra falleció en Niza el francés de referencia, el letrado isleño se desilusiona y no tiene ánimos suficientes para emprender en solitario las tareas propias de tan complicada empresa.

Por este revés decide desprenderse de la fortaleza y es entonces cuando la propiedad la adquiere en 1966 un grupo de empresarios: Diego Cruz Naranjo y Sebastián Martín Viera. El proyecto de los nuevos «alcaides» no cambiaba para nada las anteriores ideas de Antonio Valle, solo que los propietarios ambicionaban darle al castillo unas perspectivas más gigantescas y artísticas. Se ideaba instalar una cúpula de cristal con los ‘Poemas del mar’ de Néstor de la Torre grabados a fuego.

El resultado presupuestario de esta obra arrojaba una cantidad considerable de millones, al tiempo que se tropezaron con ciertos problemas económicos y administrativos, ya que para su reconstrucción la Delegación Provincial de Bellas Artes emite una serie de prohibiciones.

Ante los nuevos contratiempos, el grupo propietario comienza en 1974 a ofrecer su castillo tanto al Ayuntamiento como al Cabildo de Gran Canaria. Siendo alcalde Fernando Ortiz Wiott se estudiaba en la corporación municipal la posible adquisición, pero sería el organismo insular quien tras ciertas negociaciones lo compraría por la cantidad de 2,5 millones de pesetas.

Se pensó que estando la fortaleza en manos del Cabildo iba a ser la hora de su restauración definitiva, pero no ha sido así, a pesar de las leves intervenciones de los arquitectos cabildicios dentro de sus murallas.

Creemos que ya es el momento de la restauración definitiva. Estamos en vísperas de que Las Palmas de Gran Canaria se postule como candidata para ser elegida capital europea de la cultura y sería ridículo que se ostentara tan atractivo galardón encontrándose muchas de nuestras reliquias en el más completo abandono.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents